viernes, 27 de diciembre de 2019

Los que se marchan de Omelas, de Ursula K. Le Guin


Con un estruendo de campanas que hizo alzar el vuelo a las golondrinas, la Fiesta del Verano penetró en la deslumbrante ciudad de Omelas, cuyas torres dominan el mar. En el puerto, los gallardetes ponían notas multicolores en los aparejos de los buques. En las calles, entre las casas de tejados rojos y paredes encaladas, entre los tupidos jardines y en las avenidas flanqueadas de árboles, ante los enormes parques y los edificios públicos, avanzaban las procesiones. Algunas eran solemnes: ancianos vestidos con ropas grises y malvas, maestros artesanos de rostros graves, mujeres sonrientes pero dignas, llevando en brazos a sus chiquillos y charlando mientras avanzaban. En otras calles, el ritmo de la música era más rápido, un estruendo de tambores y de platillos; y la gente bailaba, toda la procesión no era más que un enorme baile. Los chiquillos saltaban por todos lados, y sus agudos gritos se elevaban como el vuelo de las golondrinas por encima de la música y de los cantos. Todas las procesiones avanzaban ascendiendo hacia la parte norte de la ciudad, hacia la gran pradera llamada Campos Verdes, donde chicos y chicas, desnudos bajo el Sol, con los pies, las piernas y los ágiles brazos cubiertos de barro, ejercitaban a sus caballos antes de la carrera. Los caballos no llevaban ningún arreo, excepto un cabestro sin freno. Sus crines estaban adornadas con lazos de color plateado, verde y oro. Dilataban sus ollares, piafaban y se pavoneaban; se mostraban muy excitados, ya que el caballo es el único animal que ha hecho suyas nuestras ceremonias. En la lejanía, al norte y al oeste, se elevaban las montañas, rodeando a medias Omelas con su inmenso abrazo. El aire matutino era tan puro que la nieve que coronaba aún las Dieciocho Montañas brillaba con un fuego blanco y oro bajo la luz del Sol, ornada por el profundo azul del cielo. Había exactamente el viento preciso para hacer ondear y chasquear de tanto en tanto las banderas que limitaban el terreno donde iba a desarrollarse la carrera. En el silencio de los amplios prados verdes podía oírse cómo la música serpenteaba por las calles de la ciudad, primero lejana, luego más y más próxima, avanzando siempre, un agradable presente difundiéndose en el aire, que a veces reverberaba y se condensaba para estallar en un inmenso y alegre repicar de campanas. 

¡Alegre! ¿Cómo es posible hablar de alegría? ¿Cómo describir a los ciudadanos de Omelas?

jueves, 26 de diciembre de 2019

Simulacro, de Ken Liu

 


[Una] fotografía no es solo una imagen (en el sentido en que lo es una pintura), una interpretación de lo real; también es un vestigio, un rastro directo de lo real, como una huella o una máscara mortuoria.

SUSAN SONTAG
PAUL LARIMORE:
¿Estás grabando ya? ¿Empiezo? Vale.
Anna fue un accidente. Tanto Erin como yo viajábamos mucho por asuntos de trabajo y no queríamos ataduras, pero no todo se puede planificar, y cuando nos enteramos nos llevamos una verdadera alegría. De algún modo nos apañaríamos, dijimos. Y así fue.
Anna no fue un bebé dormilón. Había que cogerla en brazos y acunarla para que se fuera adormeciendo poco a poco, sin que en ningún momento ella se rindiera en su pertinaz lucha contra el sueño. No podías quedarte quieto. Como después del parto Erin estuvo varios meses con problemas de espalda, era a mí a quien le tocaba pasear por la noche después de las tomas, con la cabecita de la niña contra mi hombro. Aunque sé que seguramente me notaba agotado e impaciente, lo único que recuerdo ahora es lo unido que me sentía a ella mientras durante horas deambulábamos por el salón, iluminado únicamente por la luz de la luna, conmigo canturreándole.
Y yo deseaba sentirme así de unido a ella, siempre.
No tengo ningún simulacro suyo de aquella época. Los prototipos eran muy voluminosos, y el sujeto tenía que permanecer inmóvil durante horas. Impensable con un bebé.
Este es el primer simulacro que tengo de ella. Tendrá unos siete años.
—Hola, cielo.
—¡Papá!
—No seas vergonzosa. Estos hombres han venido para hacer un documental sobre nosotros. No hace falta que hables con ellos. Tú haz como si no estuvieran aquí.
—¿Podemos ir a la playa?
—Ya sabes que no. No podemos salir de casa. Además, fuera hace demasiado frío.
—¿Vas a jugar a las muñecas conmigo?
—Sí, claro. Jugaremos a las muñecas todo el tiempo que quieras.

lunes, 23 de diciembre de 2019

El Ankuto Pila, de Jorge Accame

 


En casi todas las selvas del norte argentino existe un animal que raramente se muestra a los ojos del hombre. Es esquivo y sabe ocultarse con extraña habilidad. La gente lo llama Ankuto Pila. Se trata de una especie de oso flaco sin pelo (pila significa en quichua precisamente “pelado” o “desnudo”), no mayor que un perro ovejero, con orejas de mono, cuerpo fofo (pero, paradójicamente, provisto de una fuerza descomunal) y pellejo sobrante y suelto que se desdobla abdomen abajo como las olas de un arroyo. Algo parecido al Aye-aye de Madagascar, aunque de color pardo claro y brillante y sin ojos saltones. Aún nadie ha podido estudiar bien sus características; se cree sin embargo que pertenece a la misma familia del coatí.

Los contados campesinos que han cazado un ankuto (casi siempre cachorros que han perdido a la madre) y lo mantuvieron en cautiverio, pudieron comprobar sus propiedades de rastreador. Este animal sirve para rastrear cualquier cosa, pero su instinto parece conocer una principal obsesión: es un sabueso infalible para hallar víctimas heridas o muertas por grandes felinos.

viernes, 20 de diciembre de 2019

Julieta y el mago, de Manuel Peyrou


El mago Fang no se llamaba Fang, sino Prudencio Gómez. Era hijo del general Ignacio Gómez y nieto y bisnieto, respectivamente, del coronel y del sargento mayor del mismo nombre. Su tío, el general Carballido, era uno de los siete contusos de la batalla del Arsenal, y su primo, hijo de aquél, viajaba desde hacía años por Europa para curarse de un «surmenage» adquirido durante la campaña de la Sierra. Sería fácil deducir de esto que los militares, antiguos y contemporáneos, constituían el único orgullo de la familia Gómez; sería fácil, pero incorrecto, porque también contaba con curas en número suficiente para reforzar su vanidad.

La vida del niño Prudencio Gómez se dividió entre el asombro de los desfiles militares y la práctica de la religión. Ayudaba a la misa en la parroquia de otro de sus tíos, el padre Gómez, famoso por lo campechano y liberal. Esta liturgia precoz tuvo indudable importancia en su vida. Era un niño, no creía en símbolos, sino en realidades. Con el tiempo sospechó que todo eso se parecía a la magia, y quiso realizar experimentos más convincentes, con un resultado palpable. Sería alargar la historia (y no hay ningún motivo para ello) relatar las veces que fracasó en su intento de extraer un huevo de gallina de la boca del padre Gómez, ante la chanza benévola de éste; o recordar el dramático instante en que casi se asfixia por haber olvidado de pronto el sistema —aprendido por correspondencia— de salir de un baúl herméticamente cerrado. Es mejor llegar al día en que, convertido en Fang, debuta en su ciudad natal ante un público asombrado y entusiasta.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Iturrazpe y los Hayn, de Federico Jeanmaire


La lluvia rajaba la tierra. Literalmente. Con algún esfuerzo, el hombre esquivó dos grietas enormes que se extendían a través del barro de la calle y estacionó su coche justo enfrente de una vieja casa, a la salida de Coronel Lombardi. La vivienda mostraba signos evidentes de deterioro. Y el pueblo era un calco de San José, el sitio de donde provenía el hombre que acababa de estacionar entre las grietas. Le parecía increíble haber conducido tantas horas para llegar casi al mismo lugar desde donde había partido. Definitivamente, todos los pueblos de la provincia estaban cortados por la misma tijera, se entretuvo pensando quizá para no bajarse y quedar expuesto al diluvio. Y pensó más cosas, con los ojos fijos en el parabrisas. Por ejemplo, que no llevaba un paraguas y que no llevar un paraguas en esas circunstancias provenía de una muy desagradable escasez cultural: nadie, absolutamente nadie, utilizaba paraguas en la provincia. El paraguas era un objeto diseñado para el uso exclusivo de los porteños. Un asunto afeminado, para cualquier varón del interior. Un imposible. Y este último pensamiento, lo enfrentó de manera ineludible contra su actual debilidad. Tendría que bajar y mojarse, nomás. Ser hombre. Joderse.

Así que.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Juguetes, de Osvaldo Soriano

 


El primer regalo del que tengo memoria debe haber sido aquel camión de madera que mi padre me hizo para un cumpleaños. No me gustó y no lo usé nunca quizá porque lo había hecho él y no se parecía a los de lata pintada que vendían en los negocios. Muchos años después lo encontré en casa de uno de mis primos que se lo había dado a su hijo. Era un Chevrolet 47 verde, con volquete, ruedas de retamo y el capó que se abría. Las ruedas y los ejes seguían en su lugar y las diminutas bisagras de las puertas estaban oxidadas pero todavía funcionaban.

Mi padre se daba maña para hacer de todo sin ganar un peso. En San Luis construyó una casa en un baldío de horizonte dudoso, cubierto de yuyos y algarrobales. El gobierno de Perón le había dado un crédito para vivienda y él se sentía vagamente humillado por haberlo merecido. Nunca supe cómo hacía para ocultar su condición de antiperonista virulento, de yrigoyenista nostálgico en los tiempos del Plan Quinquenal. En cambio yo me criaba en aquel clima de Nueva Argentina en la que los únicos privilegiados éramos los niños, sobre todo los que llevábamos el luto por Evita.

martes, 17 de diciembre de 2019

El nene, de Mariano Quirós

Tengo tres hijos, pero conmigo vive solo Quique, el más grande. Los otros dos, los mellizos, se fueron tras el rastro de su madre hace ya unos cuantos años y no he vuelto a tener noticias. Se habrán hecho una vida más interesante y ahora no les importará venir para estos lados. O bien puede que no se resignen y sigan buscando a la madre. La verdad es que a esta altura ya no me preocupo. Acá en el pueblo hay otros problemas que atender.

A mi hijo Quique todos le dicen el Nene. Tiene veintiséis años y es como de mi tamaño —yo soy un hombre grande, metro noventa y por lo menos ciento diez kilos—, entonces que le digan el Nene me parece una falta de respeto, a Quique y a mí. Por eso es que me molesta tanto cuando, en medio de alguna conversación, me distraigo y me refiero a él, a mi hijo, con ese apodo de mierda. Me pasa sobre todo en los asados, cuando me largo a comentar algo. De repente, por ejemplo, en medio de una historia que estoy contando y de la que fuimos parte Quique y yo, me sale decir el Nene. Me duele por el chico, que así queda como más abombado.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Cosas, de D. H. Lawrence

Eran unos auténticos idealistas de Nueva Inglaterra. Pero de eso hacía mucho tiempo: antes de la guerra. Algunos años antes de la guerra se conocieron y se casaron; él era un joven alto y de ojos intensos que procedía de Conneticut, y ella una muchacha de estatura mediana, recatada y con aspecto de puritana que había nacido en Massachusetts. Los dos tenían algo de dinero. No demasiado, sin embargo. Incluso juntando ambas cantidades no llegaba a tres mil dólares al año. Así y todo, eran libres. ¡Libres!

¡Ah! ¡La libertad! ¡Ser libre para vivir la propia vida! ¡Tener veinticinco y veintisiete años, un par de auténticos idealistas con un amor compartido por la belleza y una cierta inclinación hacia la «filosofía hindú» —lo que significaba, por desgracia, hacia la señora Besant— y unas rentas de algo menos de tres mil dólares al año! Pero ¿qué es el dinero? Todo lo que uno desea es vivir una vida plena y hermosa. En Europa, por supuesto, en la fuente y el origen de la tradición. Probablemente podría hacerse en Estados Unidos: en Nueva Inglaterra, por ejemplo. Pero renunciando a una cierta dosis de «belleza». La auténtica belleza requiere mucho tiempo para madurar. Lo barroco solo es bello a medias, maduro a medias. No, el verdadero apogeo plateado, el auténtico ramo dorado y dulce de la belleza tenía sus raíces en el Renacimiento, no en ningún otro período más reciente y más vacuo.

viernes, 13 de diciembre de 2019

La sospecha, de Pablo De Santis

Usted espera en silencio frente al escritorio de su jefe mientras él termina de firmar unos papeles. Cuando su jefe descubre su presencia le señala unos recortes de diarios que ha extendido sobre el escritorio, entre sándwiches abandonados y vasos descartables con restos de café. La noticia es de la semana pasada: el gerente de una empresa papelera abrió una caja que parecía contener un regalo y el envío estalló. Perdió la vista de un ojo y dos dedos de la mano derecha. La otra noticia es de un año antes (los recortes están un poco amarillentos): esa vez la caja de cartón enviada por correo explotó en la oficina de una curtiembre, durante la noche, sin dejar heridos. A los dos ataques siguieron mensajes exaltados enviados a los periódicos y escritos a máquina. Los paranoicos rechazan las computadoras porque temen que espíen sus archivos y el interior de sus mentes. Hubo antes incidentes menores, explica su jefe. Los ataques son esporádicos, pero hay un incremento en el poder de los explosivos: la próxima vez puede que vuele una casa, una oficina, una empresa entera.

Usted menciona grupos preocupados por pozos de petróleo, ballenas y pingüinos, pero su jefe lo interrumpe. Han trazado un perfil del sospechoso: es un hombre solo, un obsesivo, seguramente aficionado al ajedrez y a las palabras cruzadas. A través de complicados cálculos y diagramas que unen oficinas de correo, vida social, antecedentes educativos y problemas con la ley han aparecido los nombres de cinco sospechosos, todos masculinos. Su jefe le informa de que a usted le toca vigilar a uno que vive en las afueras de Bariloche.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Hermanos de las máquinas, de Richard Matheson

Salió a la luz del sol y caminó entre la gente. Se alejaba de las negras profundidades del metro. En su cerebro, la infinidad de susurros de la ciudad sustituyó el rugido distante de la maquinaria subterránea.

Recorría la calle principal. Hombres de carne y hombres de acero pasaban a su lado, yendo y viniendo. Movía las piernas muy despacio, y sus pasos se confundían con miles de otros pasos.
Pasó por un edificio que había sucumbido en la última guerra. Hombres y robots retiraban afanosos los escombros para volver a construir. Una nave de control flotaba sobre ellos, donde otros hombres vigilaban desde arriba que se hiciera bien el trabajo.

A ratos se mezclaba con la multitud y a ratos se separaba de ella. No le daba miedo que lo vieran. Era diferente de los demás, pero solo por dentro. A simple vista no se notaba. Los postes de visión situados en cada esquina no detectarían el cambio. Tanto de cuerpo como de cara era como los demás.

Miró al cielo. Era el único. Los demás no sabían nada del cielo. Había que liberarse para verlo. Vio el destello de un cohete que pasaba por delante del sol y las naves de control que flotaban en un cielo azul lleno de nubes esponjosas.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Paulina, de Laura Ponce

Las filas de vehículos avanzan y vuelven a detenerse frente a los puestos de control. Está oscuro todavía y la llovizna de hace un rato perla los vidrios; dentro del colectivo hace un frío de morirse. Paulina mira la hora en el celular. Las seis de la mañana. Va lento el asunto, murmura entre dientes. Tiene ganas de hacer pis. Los golpes en el vidrio la sobresaltan. La puerta se pliega con un chasquido y suben dos guardias armados; al igual que el resto de los pasajeros, Paulina se arremanga para que puedan escanearle el código de identificación.

Cuando la barrera se levanta, el colectivo arranca perezosamente, pasa debajo del cartel que dice: «Bienvenido / Ciudad Autónoma de Buenos Aires» y toma la subida a la autopista. Paulina no mira sobre su hombro, sabe que los puestos de control y el río van quedando atrás; siente una especie de íntima satisfacción, como cada vez que entra a la ciudad, pero no quiere ponerse contenta.Es demasiado pronto para eso, piensa.

martes, 10 de diciembre de 2019

La segunda muerte del padre, de Cristina Jurado

Las lágrimas más amargas que se derramarán sobre nuestra tumba 
serán las de las palabras no dichas y las de las obras inacabadas. 
Harriet Beecher Stowe

La criatura apareció cuando murió su padre y ella se quedó huérfana por segunda vez. En realidad, él había muerto muchas veces antes, cada vez que desaparecía. No recordaba cuántas. Su memoria era un contable falible: llevaba las cuentas como quería y tenía tendencia a redondear por lo alto cuando se trataba de ausencias.

El día antes de su muerte, viajó miles de kilómetros para verlo sin saber cómo iba a hallarlo. Se encontró con él aquella mañana, cuando llegó a una casa que no era la suya, sino la de su padre. No lo reconoció. Se parecía, pero nada tenía que ver con él. Era la misma cara, el mismo cabello rizado, el mismo lunar en la mejilla, los mismos labios carnosos. Pero ahora el pómulo estaba hundido, el pelo casi desaparecido, la piel amarillenta, consumida por el cáncer y la quimioterapia.

Él se alegró de verla. Al menos, eso dijo, y luego se hundió en el sopor de la morfina. Ya no volvió a hablar voluntariamente. Contestaba en monosílabos si se le preguntaba, emitiéndolos en forma de susurro, pero sus palabras se fueron haciendo cada vez más difíciles de entender.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Lucecitas rojas, de Primo Levi

El suyo era un trabajo tranquilo. Tenía que estar ocho horas al día en una sala oscura en la que a intervalos irregulares se encendían las lucecitas rojas de las lámparas piloto. No sabía qué significaban; eso no formaba parte de sus funciones. A cada encendido debía reaccionar apretando determinados botones cuyo significado tampoco conocía. Sin embargo, su misión no era mecánica; los botones tenía que elegirlos él rápidamente y conforme a criterios complejos que variaban día a día y, además, dependían del orden y del ritmo con que los pilotos se encendían. En resumen, no era un trabajo estúpido: era un trabajo que se podía hacer bien o mal; a veces era bastante interesante; uno de esos trabajos que dan la oportunidad de complacerse en la propia prontitud, en la propia inventiva y en la propia lógica. Pero no tenía una idea precisa del resultado final de sus actos. Solo sabía que había un centenar de salas oscuras y que todos los datos decisivos convergían desde algún lugar a una central de clasificación. También sabía que, de algún modo, su trabajo era juzgado, pero no sabía si aisladamente o sumado al trabajo de los demás: cuando sonaba la sirena se encendían otras lucecitas rojas en el dintel de la puerta y su número indicaba un juicio y una calificación global. A menudo se encendían siete u ocho. Solo una vez se encendieron diez y nunca menos de cinco; por ello tenía la impresión de que sus asuntos no marchaban demasiado mal.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Pequeñas mujercitas, de Solange Rodríguez Pappe

Mientras llenaba cajas y cajas con basura sacada de la casa de mis padres, vi a la primera mujercita correr hasta el sofá y escabullirse bajo sus patas con un grito de alegría eufórica. Tampoco es que me sorprendiera demasiado topármela. Ser hija de una pareja de acumuladores que durante toda su vida no habían hecho más que almacenar bolsas vacías de papel, recipientes plásticos y bichos de porcelana aumenta la posibilidad de que, si haces una exploración profunda, des con cosas muy extrañas escondidas en el hogar de tu infancia.

Una de las actividades preferidas de mi aburrida niñez era revisar cajones para hurgar en su contenido, pero desafiándome a dejar las cosas tal como las había encontrado. Así, di con una colección de llaveros de la Segunda Guerra Mundial, unos posavasos pornográficos y con la colección de puñales que guardaba celosamente mi padre bajo las tablas de la cama. «¡Ya has estado trasteando entre las cosas!», vociferaba mi madre si notaba un leve cambio de orden entre alguno de los cientos de objetos recolectados y luego me daba unos buenos bofetones con la mano abierta o un golpe de cinturón en las palmas. «Aprende de tu hermano, que jamás da qué hacer». Obvio, desde que tenía memoria Joaquín había pasado jugando en la calle, con sus carritos, con su bicicleta, con sus patines, con su pandilla, con sus noviecitas. Se había negado a ser uno de los tantos adminículos de colección de mi madre.

jueves, 5 de diciembre de 2019

La otra semana, de Joy Williams

—El cuerpo de bomberos nos cobró trescientos setenta y cinco dólares por el traslado de la serpiente —dijo Francine.

—Eso me lo perdí —dijo Freddie—. ¿Vinieron los bomberos? ¿Con el camión rojo y toda la pesca?

—Había una serpiente de cascabel en el patio y llamé a los bomberos. Tenían un chisme alargado…

 Era una especie de vara con un gancho al final. Metieron la serpiente en una caja y la soltaron en alguna parte. Y no debería habernos costado nada porque es uno de los servicios que prestan a sus abonados, que es la razón de que todo el mundo llame a los bomberos cuando aparece una serpiente en el patio. Pero nosotros no estamos abonados, Freddie. Me informaron a posteriori. No hemos pagado la factura y sus servicios no están incluidos en los impuestos sobre la propiedad, que tampoco hemos pagado.

—A lo mejor me estaba dando un baño.

—El coste es excesivo, ¿no crees? Estuvieron cinco minutos.

—¿Por qué no machacaste a la bestia con una azada?

—Es muy civilizado por parte del cuerpo de bomberos sacarlas vivas. ¿Por qué no somos abonados, Freddie? Si la casa empezara a arder, vendrían, pero el servicio nos costaría veinticinco mil dólares por hora. Eso es lo que me dijeron cuando llamé para quejarme.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Algo de muerte, algo de fuego, de Peter Straub

El origen e incluso la naturaleza del Taxi Mágico de Bobo constituyen todavía un misterio, y el Taxi sigue siendo tan enigmático como cuando apareció por primera vez ante nosotros sobre el suelo de serrín. Por supuesto que no le faltan exégetas: estoy en posesión de varias carpetas de papel manila repletas hasta reventar de análisis relativos al Taxi y de especulaciones sobre su naturaleza y construcción.

«La industria Bobo» amenaza con convertirse en una empresa gigante.

Como se recordará, durante muchos años el examen del Taxi por parte de mecánicos especializados e imparciales formaba parte de la representación. Este examen, tan minucioso como sólo los técnicos más expertos podían llevar a cabo, nunca reveló nada que lo diferenciara de los otros vehículos de su misma clase. Tampoco poseía ningún dispositivo ni mecanismo especial que lo capacitara para asombrar, deleitar o aterrorizar como aún sigue haciendo.

martes, 3 de diciembre de 2019

Laberintos, de Ursula K. Le Guin

He hecho todo lo posible por usar mi ingenio y conservar mi coraje, pero ahora sé que no podré soportar más tiempo esta tortura. Mis percepciones del tiempo son confusas, pero creo que desde hace varios días me di cuenta de que ya no podría mantener mis emociones bajo un control estético, y ahora la crisis física es también casi total. No puedo realizar ninguno de los movimientos grandes. No puedo hablar. Respirar, en este pesado aire extraño, se hace más difícil. Cuando la parálisis llegue a mi pecho moriré: probablemente esta noche.

La crueldad del extraterrestre es refinada, pero irracional. Si todo el tiempo tuvo la intención de dejarme morir de hambre, ¿por qué no se limitó a retirarme la comida? En cambio me la dio en cantidades, montañas de comida, todas las hojas de un cierto arbusto que yo podía desear. Sólo que no estaban frescas. Eran hojas recogidas del suelo; estaban muertas. El elemento que las hace digeribles para nosotros había desaparecido, y era lo mismo que comer piedrecillas. Sin embargo allí estaban, con todo el aroma y la forma del «greenbud», irresistible para mi intenso apetito. No al principio, por supuesto. Me dije, no soy una niña, ¡comer cosas recogidas del suelo! Pero el estómago se impone a la mente. Después de un tiempo me pareció mejor masticar algo, cualquier cosa, que calmara el dolor y las ansias en las tripas. Y comí, comí, me moría de hambre. Ahora, es un alivio estar tan débil como para no poder comer.

sábado, 30 de noviembre de 2019

El acertijo, de Stanislaw Lem

El padre Cincán, el Doctor Magnéticus, se hallaba sentado en su celda, y en aquel monacal silencio, mientras estudiaba el comentario de Clorofanto Omnicki sobre el famoso fragmento sexto, "Acerca de la creación de los robots", el crujido de sus huesos resonaba con fuerza cuando se movía, pues había decidido dejar de practicar la mortificación mediante los ungüentos. Concentrado, tras haber terminado el versículo que aborda la programación del Universo, ojeaba las coloreadas láminas que representaban al Señor en el acto de insuflar el espíritu en el hierro, su preferido entre todos los metales. En ese momento, el padre Clorián entró en la celda sin hacer ruido y permaneció tranquilamente junto a la ventana para no interrumpir las meditaciones de tan eximio teólogo.

-¿Qué tal, mi Cloriancito? ¿Qué me cuentas? -lo saludó poco después el padre Cincán, levantando sus cristalinos ojos del volúmine.

-Señor y Padre -dijo aquel-, le traigo el Halogénico, el libro que el Santo Oficio proscribió recientemente; un libro nacido del susurro satánico que fue escrito por el terrible Marmagedón Lapidor. Incluye la descripción de los obscenos experimentos con los que este intentó derrocar al Poder verdadero.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Vacío, de Andrés Caicedo

A lo mejor no he debido estarme tanto tiempo en la casa de Angelita, porque cuando salí todo estaba vacío. Casi que me vuelvo para atrás. Voltié la cara y ella me estaba diciendo adiós desde la ventana. Por primera vez estuvimos juntos más de una hora. Nos amamos por primera vez. Ella me dijo adiós desde la ventana.

Yo no podía regresar. Yo tenía que irme. Le sonreí a su cara que salía por la ventana y empecé a caminar toc toc toc por el pavimento resquebrajado. Me había metido las manos a los bolsillos. Recorrí muy despacio su calle, los sauces que crecen a lado y lado, y la iluminación de mercurio, todo eso vacío. No podía regresar, sus papás no demoraban en llegar, y quién sabe si con un hermano. Yo no quiero morir tan joven. Vacía la esquina de la casa de Angelita. Y la luna llena. Esa luna llena que se está llenando desde hace cuatro días y hoy es cuando está más llena. Hoy es la noche del peligro, mano.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Maestras argentinas: Clara Dezcurra, de Roberto Fontanarrosa

Clara Dezcurra toma la pluma y escribe la fecha. “16 de julio de 1840”. Luego, con la misma letra minúscula y erguida, agrega el encabezamiento: “Querida Juana”. Finalmente, tras alisar el papel que tiene la textura y la consistencia del hojaldre, embebe la pluma en la tinta negra, y redacta: “Ayer decidí cambiar el método que siempre utilizamos. Quise darle a mis chicos una alternativa diferente que los arrancara de la enseñanza rutinaria. Esta vez, en clase de Habla Hispana, dejé de lado nuestra clásica composición ‘Voyage autour de mon bureau’ y quise sorprenderlos con algo propio, conocido, cercano. Fue entonces cuando les propuse escribir sobre ‘La vaca’”.

Clara Dezcurra no lo sabe, pero ha introducido un hábito de escritura que será, luego, por décadas, indicador y modelo en las escuelas criollas.

martes, 26 de noviembre de 2019

Salsa Carina, de Claudia Piñeiro

Se detiene frente a la góndola de conservas. Quiere hacer una rica salsa, la mejor que haya hecho. Aunque sea la misma de siempre. No cocina bien, pero sabe que preparando buenos acompañamientos cualquier plato mejora. Tres recetas alternó hasta el hartazgo en estos veinticuatro años de matrimonio. Veinticuatro años. Salsa de champiñones para las carnes, crema de puerros para los pescados y salsa Carina, de tomate, para las pastas. Se había apropiado de una receta de un viejo libro de cocina y la había rebautizado con su propio nombre. Una mentira piadosa. No sabe qué sería una mentira «impiadosa», cuando ella miente lo hace por piedad. Se agregan al tomate vegetales picados en trozos muy pequeños: zanahorias, puerro, alcaparras. Ya los había cortado esa mañana, lo estaba haciendo cuando apareció Arturo en la cocina. Como todos los primeros sábados de cada mes, vendrían sus hijos, Marcela y Tomás, que ya vivían solos. Luego de varios desencuentros habían llegado a ese arreglo: el almuerzo del primer sábado del mes era sagrado. Por eso su asombro cuando Arturo le dijo que la dejaba. Nada habría cambiado si lo dejaba para después de comer. O sí.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Yad vashem, de Etgar Keret

Entre la exhibición de los judíos europeos antes del ascenso del nazismo y la de la Kristallnacht había una barrera de cristal transparente. Esta partición tenía un significado simbólico directo: para los no iniciados, la Europa de antes y de después de la noche de ese pogrom histórico podía parecer la misma, pero en realidad una y otra eran universos totalmente distintos. Eugene, que caminaba rápido, con su guía jadeante unos pasos detrás, no había notado ni la partición ni el significado simbólico. El choque fue perturbador y doloroso. Un hilo de sangre salía de sus narices. Rachel murmuró que no se veía bien y tal vez estaría bien que regresaran al hotel, pero él sólo se metió un trozo de papel higiénico en cada fosa nasal y dijo que no era nada y que debían continuar.

       —Si no te ponemos hielo se va a hinchar —intentó de nuevo Rachel—. Vamos. No tienes que… —entonces se detuvo a media frase, tomó aire y agregó: —Es tu nariz. Si quieres que sigamos, seguiremos.

viernes, 22 de noviembre de 2019

El anillo, de Isak Dinesen

Una mañana de verano, hace ciento cincuenta años, un joven hacendado danés y su mujer salieron a dar un paseo por sus tierras. Hacía una semana que se habían casado. No les había sido sencillo casarse, ya que la familia de la mujer pertenecía a una clase social más elevada y más rica que la del marido. Pero los dos jóvenes, ahora de veinticinco y diecinueve años, se habían mantenido firmes en su propósito durante diez años; al final, los orgullosos padres de ella habían tenido que claudicar.

Eran maravillosamente felices. Los encuentros furtivos y las llorosas y secretas cartas de amor pertenecían ahora al pasado. Se habían unido ante Dios y ante los hombres; podían ir del brazo a la luz del día y viajar en el mismo carruaje, y pasearían y viajarían de este modo hasta el final de sus días. Su lejano Paraíso había descendido a la tierra y se había revelado sorprendentemente lleno de cosas de la vida diaria: con bromas y gracias, desayunos y cenas, perros, heno y ovejas. Sigismund, el joven marido, se había prometido a sí mismo que en adelante no habría ninguna piedra en el sendero de su esposa, ni lo oscurecería sombra alguna. Lovisa, la esposa, sentía que ahora, cada día y por primera vez en su joven vida, se movía y respiraba en perfecta libertad porque no tenía secretos con su marido.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Ptosis, de Guadalupe Nettel

El trabajo de mi padre, como muchos en esta ciudad, es un empleo parasitario. Fotógrafo de profesión, se habría muerto de hambre -y con él toda la familia- de no haber sido por la propuesta generosa del Dr. Ruellan que, además de un salario decente, le otorgó a su impredecible inspiración la posibilidad de concentrarse en una tarea mecánica, sin mayores complicaciones. El doctor Ruellan es el mejor cirujano de párpados de París, opera en el Hôpital des 15/20 y su clientela es inagotable. Algunos pacientes prefieren incluso esperar un año para obtener una cita con él en vez de optar por un médico de menor renombre. Antes de intervenir, nuestro benefactor le exige a sus pacientes dos series de fotografías: la primera consiste en cinco tomas cercanas -de ojos cerrados y abiertos- para que quede constancia de su estado antes de la operación. La segunda se lleva a cabo una vez practicada la cirugía, cuando la herida ya ha cicatrizado. Es decir que, por más satisfactorio que les parezca el trabajo, vemos a nuestros clientes sólo dos veces en la vida. Aunque en ocasiones ocurre que el doctor cometa alguna falla -nadie, ni siquiera él es perfecto-: un ojo queda más cerrado que el otro o, por el contrario, demasiado abierto. Entonces la persona se vuelve a presentar para que le tomemos una nueva serie por la cual pagará otros trescientos euros, pues mi padre no tiene la culpa de los errores médicos. A pesar de lo que pueda pensarse, las cirugías de los párpados son muy frecuentes y sus razones innumerables, comenzando por los estragos de la edad, la vanidad de la gente que no soporta las marcas de vejez en el rostro; pero también los accidentes de coche que a menudo desfiguran a los pasajeros, las explosiones, los incendios y otra serie de imprevistos: la piel de un párpado es de una delicadeza insospechada.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

El hacha, de Agota Kristof

Pase, doctor. Es aquí, sí. Yo le he llamado, sí. Mi marido ha tenido un accidente. Sí, creo que es un accidente grave. Muy grave. Hay que subir al primer piso. Está en nuestro dormitorio. Por aquí. Discúlpeme, la cama no está hecha. Como comprenderá, me he alarmado cuando he visto tanta sangre. No sé si tendré el valor de limpiar todo esto. Creo que iré a vivir a otro sitio.

Aquí está la habitación, venga. Está aquí, al lado de la cama, sobre la alfombra. Tiene un hacha clavada en el cráneo. ¿Quiere examinarlo? Sí, examínelo. Vaya accidente más estúpido, ¿verdad? Se cayó de la cama mientras dormía y cayó sobre esta hacha.

Sí, el hacha es nuestra. Suele estar en el salón, al lado de la chimenea, sirve para cortar ramas.

martes, 19 de noviembre de 2019

El ascensor que bajó al infierno, de Pär Lagerkvist

El señor Smith, un próspero hombre de negocios, abrió el elegante ascensor del hotel y, amorosamente, tomó del brazo a una grácil criatura que olía a pieles y a poder. Se acurrucaron juntos en el blando asiento, y el ascensor empezó a bajar. La mujercita le ofreció su boca entreabierta, húmeda de vino, y se besaron. Habían cenado en la terraza, bajo las estrellas. Ahora salían a divertirse.

—Cariño, qué divinamente lo pasamos arriba —susurró ella—. Qué poético fue estar allí contigo, sentados bajo las estrellas. Así tiene que ser el verdadero amor. Porque tú me quieres, ¿no es cierto?
El señor Smith le respondió con un beso aún más largo. El ascensor seguía bajando.

—Me alegro de que hayas venido, cariño —dijo el hombre—. De lo contrario, me hubiera sentido muy decepcionado.

—Pues no puedes imaginar lo insoportable que estaba él. Cuando iba a vestirme, me preguntó que adonde iba. Voy adonde me place, contesté, no estoy prisionera. Entonces, deliberadamente, se sentó y estuvo contemplándome mientras me cambiaba y me ponía mi nuevo vestido color crema. ¿Crees que me sienta bien? Por cierto, ¿te gusta este o prefieres el rosa?

—Todo te sienta bien, querida —aseguró el hombre—. Pero jamás te había visto tan encantadora como esta noche.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

¿A que tienes miedo?, de Raquel Castro

Comenzaba a oscurecer. Diana caminaba por un callejón empedrado del centro de Coyoacán. Le desesperaba no poder ver con nitidez a más de dos metros de distancia, como suponía que veía sin anteojos la gente que los necesita, aunque intuía que, en su caso, se debía a la iluminación escasa de esa hora de la tarde: cuando ya no hay luz de día, pero todavía no es de noche y no sirve de nada que las farolas de la calle estén prendidas.

De pronto, escuchó pasos detrás de ella y tuvo que reprimir un escalofrío cuando giró la cabeza y no distinguió a nadie cerca: hasta donde alcazaba a ver, la calle estaba vacía. Apretó el paso, tratando de avanzar tan veloz como pudiera sin soltarse a correr.

¿A qué le tienes miedo?, se preguntó. Nunca le había asustado la oscuridad y estaba acostumbrada a estar sola, así que no podía ser eso lo que la inquietaba.

martes, 12 de noviembre de 2019

El escritor de la familia, de E. L. Doctorow

En 1955 murió mi padre y su anciana madre aún vivía en una residencia de la tercera edad. La mujer tenía noventa años y ni siquiera se había enterado de que él estaba enfermo. Temiendo que el disgusto la matase, mis tías le dijeron que se había trasladado a Arizona por su bronquitis. Para la generación inmigrante de mi abuela, Arizona era el equivalente en Estados Unidos a los Alpes, el lugar adonde uno iba por salud o, para ser más exactos, el lugar adonde uno iba si tenía el dinero necesario para ir. Dado que mi padre había fracasado en todos los negocios de su vida, ése fue el aspecto de la noticia en el que se centró mi abuela, el hecho de que su hijo por fin había alcanzado cierto éxito. Y fue así como mientras nosotros, en casa, llorábamos su pérdida con una mano delante y otra detrás, mi abuela alardeaba ante sus amistades de la nueva vida de su hijo en el aire seco del desierto.

Mis tías habían decidido esa línea de acción sin consultarnos y eso suponía que ni mi madre ni mi hermano ni yo podríamos visitar a la abuela porque supuestamente nosotros, como familia que éramos, también nos habíamos trasladado al Oeste. A mi hermano Harold y a mí no nos importó: la residencia había sido siempre una pesadilla, con todos aquellos ancianos allí sentados mirándonos mientras intentábamos entablar conversación con la abuela. Ella tenía un aspecto espantoso, padecía un sinfín de males y se le iba la cabeza. No verla tampoco representaba una decepción para mi madre, ella nunca se había llevado bien con la vieja y no la visitaba ni siquiera cuando aún podía. Pero lo molesto fue que mis tías habían actuado como era habitual en esa rama de la familia, ejerciendo la autoridad en nombre de todos: por un lado, ellas, las auténticas ciudadanas por lazos de sangre; por otro lado, los demás, ciudadanos inferiores por lazos matrimoniales. Era precisamente esta actitud la que había atormentado a mi madre durante toda su vida de casada. Sostenía que la familia de Jack nunca la había aceptado. Se había enfrentado a ellos durante veinticinco años como intrusa.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Sangre Correr, de Laura Rodríguez Leiva

La sangre que sale de la nariz choca contra la porcelana del lavamanos. Mientras tanto, Mabel ve las gotas y recuerda aquella vez en la clase del colegio. Todos los vestidos de baño eran iguales y las niñas del curso tampoco se diferenciaban mucho entre sí: eran bajitas, rozagantes y con los ojos alegres por estrenar el uniforme de natación que, como era inicio de año, no tenía el color mareado que solía tener en julio o agosto. Había un ambiente jovial que el profesor trataba de manejar con seriedad porque la clase de natación, decía, «no se trataba de entrar en la piscina por diversión, como si estuvieran en paseo familiar».

Tal como dispuso el profesor, Mabel respondió al llamado de la lista y se sentó en el borde de la piscina a chapalear. Luego, entró al agua y siguió el calentamiento de los músculos y los ejercicios de respiración. El profesor anunció que se harían unas cortas tandas de competencia por estilos durante la última parte de la clase. Mabel estaba alegre, se sentía la mejor en apnea. Entonces, llegada la hora, se sumergió con entusiasmo.

domingo, 10 de noviembre de 2019

El ángulo del horror, de Cristina Fernández Cubas

Ahora, cuando golpeaba la puerta por tercera vez, miraba por el ojo de la cerradura sin alcanzar a ver, o paseaba enfurruñada por la azotea, Julia se daba cuenta de que debía haber actuado días atrás, desde el mismo momento en que descubrió que su hermano le ocultaba un secreto, antes de que la familia tomara cartas en el asunto y estableciera un cerco de interrogatorios y amonestaciones. Porque Carlos seguía ahí. Encerrado con llave en una habitación oscura, fingiendo hallarse ligeramente indispuesto, abandonando la soledad de la buhardilla tan sólo para comer, siempre a disgusto, oculto tras unas opacas gafas de sol, refugiándose en un silencio exasperante e insólito. «Está enamorado», había dicho su madre. Pero Julia sabía que su extraña actitud nada tenía que ver con los avatares del amor o del desengaño. Por eso había decidido montar guardia en el último piso, junto a la puerta del dormitorio, escrutando a través de la cerradura el menor indicio de movimiento, aguardando a que el calor de la estación le obligara a abrir la ventana que asomaba a la azotea. Una ventana larga y estrecha por la que ella entraría de un salto, como un gato perseguido, la sombra de cualquiera de las sábanas secándose al sol, una aparición tan rápida e inesperada que Carlos, vencido por la sorpresa, no tendría más remedio que hablar, que preguntar por lo menos: «¿Quién te ha dado permiso para irrumpir de esta forma?». O bien: «¡Lárgate! ¿No ves que estoy ocupado?». Y ella vería. Vería al fin en qué consistían las misteriosas ocupaciones de su hermano, comprendería su extrema palidez y se apresuraría a ofrecerle su ayuda. Pero llevaba más de dos horas de estricta vigilancia y empezaba a sentirse ridícula y humillada. Abandonó su posición de espía junto a la puerta, salió a la azotea y volvió a contar, como tantas veces a lo largo de la tarde, el número de baldosas defectuosas y resquebrajadas, las pinzas de plástico y las de madera, los pasos exactos que la separaban de la ventana larga y estrecha. Golpeó con los nudillos el cristal y se oyó decir a sí misma con voz fatigada: «Soy Julia». En realidad tendría que haber dicho: «Sigo siendo yo, Julia». Pero ¡qué podía importar ya! Esta vez, sin embargo, aguzó el oído. Le pareció percibir un lejano gemido, el chasquido de los muelles oxidados de la cama, unos pasos arrastrados, un sonido metálico, de nuevo un chasquido y un nítido e inesperado: «Entra. Está abierto». Y Julia, en aquel instante, sintió un estremecimiento muy parecido al extraño temblor que recorrió su cuerpo días atrás, cuando comprendió, de pronto, que a su hermano le ocurría algo.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Los embriones del violeta, de Ángelica Gorodischer

Se dio vuelta bajo las mantas, rugieron los torrentes. Alcanzó a detener la punta de un sueño que hablaba de Ulises: escuchó la respiración tranquilizadora de la noche en Vantedour. Bonifacio de Solomea se estiró a los pies de la cama y sacó la lengua rosa para la rutina de un aseo perezoso. Pero no había amanecido, y los dos volvieron a dormirse. Atravesado en el umbral de la puerta, Tuk-o-Tut roncaba.

Del otro lado del mar, los Matronas mecían a Carita Dulce. Habían transportado con cuidado el huevo al aire libre, fijándose dónde pisaban para no tropezar, para no sacudirlo, y lo habían destapado. La cuna enorme se movía al compás de la canción y el sol amarillo pasaba entre las hojas de los árboles y le lamía los muslos. Se movió, se frotó contra las paredes suaves de la cuna y lloriqueó. Los Matronas cantaron y una de ellos se acercó y le acarició la mejilla. Carita Dulce sonrió y volvió a quedarse dormido. Los Matronas suspiraron y se miraron entre ellos, arrobados.

En la isla era por la tarde: los clavicordios tocaban la Sonata Nº 17 en Si Bemol Mayor. Theophilus se preparaba para atacar nuevamente: Saverius había terminado su discurso y él había estado planeando una respuesta brillante. Pero dentro de él resonó la frase: Esta alma también ama a Cimarosa. ¿Se le escapaban las palabras que había pensado decir, la importancia de una conjunción adversativa, el matiz de un adjetivo para calificar un tanto peyorativamente el pretendido modelo universal de la percepción?, y le pareció que Saverius empezaba a mostrarse demasiado satisfecho.

Retorcido como una soga, barbudo y sucio, oliendo a vómito y a sudor, hizo otro esfuerzo para sentarse. Apoyó con fuerza la mano izquierda en el suelo, apretando, apretando para que no temblara, y se agarró a una mata de pasto. Alzó la derecha, se sujetó al tronco del árbol y empezó a izarse. Estaba mareado y una saliva biliosa le llenaba la boca. Escupió, y un poco de baba se le deslizó por la barbilla.

jueves, 7 de noviembre de 2019

Desastres íntimos, de Cristina Peri Rossi

La botella de lejía no se abrió. Patricia se sintió frustrada y, luego, irritada. Nuevo tapón, más seguro, decía la etiqueta del envase. El sábado había hecho las compras, como todos los sábados, en un gran supermercado, lleno de latas de cerveza, conservas, fideos y polvos de lavar. La marca de lejía era la misma y, al cogerla del estante, no advirtió el nuevo sistema de tapón. Ahora, mayor comodidad, decía la etiqueta, y la leyenda le pareció un sarcasmo. Eran las siete menos cuarto de la mañana; tenía que darle el biberón a su hijo, vestirlo, colocar sus juguetes y pañales en el bolso, bajar al garaje, encender el auto y apresurarse para llegar a la guardería, antes de que las calles estuvieran atascadas y se le hiciera tarde para el trabajo. Arterias, llamaban a las calles; con el uso, unas y otras se atascaban: el colapso era seguro.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Desde la oscuridad, de Juan-Jacobo Bajarlía

A Enrique Anderson Imbert


—Se acercan.

La frase se propagó como una corriente de electrones. El primer hombre hubiera tenido ya dos mil años. El segundo, mil. El tercero que la pronunció, apenas si fue escuchado.

Dos puntas galácticas, lechosas, avanzaban. Hacía más de dos mil años que se movían y desaparecían, y luego volvían a la oscuridad.

Se acostumbraron. El cosmos era un instrumental preciso, de relojería, un mecanismo perfecto, demoníaco. El choque jamás se produciría. Sobre esta idea el hombre había elaborado toda su ciencia.

A los que veían algo más que dos puntas galácticas se les consideraba enfermos. El planeta era una esfera. Se lo podía recorrer en un instante. Las estrellas no dejarían de brillar desde el otro lado, en esa misma zona oscura en que aparecían y desaparecían las puntas galácticas.

Los hombres se movían. Que unos murieran y otros nacieran, significaba muy poco en la Tierra. Los cementerios tenían menos posibilidades de existencia que las nurserys. Pero de este lado se alzaba el amor, se construían ciudades y nuevos seres poblaban la superficie. Del otro lado, las guerras parlan monstruos, proyectaban una gangrena que erosionaba la corteza terrestre. De pronto sentían un temblor, un extraño choque subterráneo. Es un terremoto cuyo epicentro está en NN. Los que se atrevían a contradecir esa verificación, pasaban a categoría de alienados.

martes, 5 de noviembre de 2019

Verde rojo anaranjado, de Mariana Enriquez

Hace casi dos años que se convirtió en un punto verde o rojo o anaranjado en mi pantalla. No lo veo, no deja que lo vea, que nadie lo vea. Habla muy de vez en cuando, al menos conmigo, pero nunca enciende su cámara, así que no sé si sigue teniendo el pelo largo y la flacura de pájaro; parecía un pájaro la última vez que lo vi, en cuclillas sobre la cama, con las manos demasiado grandes y las uñas largas.

Antes de cerrar la puerta de su habitación con llave, desde adentro, había pasado dos semanas de, según decía, escalofríos cerebrales. Suelen ser un efecto secundario de la discontinuación de antidepresivos y se sienten como gentiles descargas eléctricas dentro de la cabeza; él los describía como el calambre doloroso del golpe en el codo. Yo no creí nunca que sintiera eso. Lo visitaba en su habitación oscura y lo escuchaba hablar de ese y otros veinte efectos secundarios y era como si recitara el Vademecum. Yo conocía a muchos que habían tomado antidepresivos y a ninguno le daban cortocircuitos en la cabeza, nada más engordaban o tenían sueños extraños o dormían demasiado.

Siempre tenés que ser tan especial, le dije una tarde; él se tapaba los ojos con el brazo. Y pensé que estaba harta de él y de todo su teleteatro. Esa tarde también me acordé de cuando, después de tomar media botella de vino, le bajé los pantalones y el calzoncillo y le lamí la pija y se la acaricié y con sorpresa y un poco de enojo la rodeé con la mano y empecé a moverla con el ritmo que yo sabía irresistible hasta que él me puso una mano en la cabeza y dijo: «No va a funcionar.» Me fui rabiosa, después de tirar la botella de vino tinto sobre las sábanas, y no volví a visitarlo en una semana; nunca hablamos de lo que había pasado, nunca vi rastros de una mancha roja. Ya no estaba enamorada de él, solamente quería demostrarle que estaba exagerando esa tristeza sin motivo. No sirvió, como no servía enojarse ni acusarlo de mentir.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Eso, de Antonio Pereira

El caballero se apeó de la acera. Unos pasos le bastarían para cruzar la calzada. Enfrente se medio abría la puerta del bar, lo justo para anunciarse con una huella de luz eléctrica sobre el empedrado. El caballero se acercó al resplandor amigo que lo atraía con el poder de la costumbre. Abrió la puerta del todo y un momento se detuvo en el umbral, antes de descender los dos escalones que remediaban el desnivel del establecimiento con la calle. Le gustaba aparecer así, en aquella altura relativa, dominando al cónclave de habituales. Y deprisa le hacían hueco: en un lugar sin corrientes, eso por descontado; pero también a su autorizada palabra, en la ronda de la conversación. Y era justo, pues ciertamente los conocimientos de don Ventura parecían manar de un pozo inagotable.

En aquella ocasión, don Ventura se quedó perplejo bajo el dintel: el pequeño bar, por rareza, estaba vacío de parroquianos. Bajó la breve escalera pina y fue a sentarse en un lugar a salvo de aprensiones, junto a la estufa donde bien olían las hojas del eucalipto. Sobre una banqueta tosca dejó caer el cuerpo cansado.

—¡Asco de domingos…! —refunfuñó, sin siquiera mirar para el hombre que estaba detrás del mostrador.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Invasión, de David Roas

Para Núria Pujol

Agua caliente. Estropajo (de dos tipos: aluminio y fibra verde). Mr. Proper (ahora se llama Don Limpio). Amoníaco. Guantes de goma. Nuria lo tiene todo preparado. Hoy se ha propuesto atacar la mancha que hace unos días apareció en la alfombra por culpa del manazas que derramó su bebida sobre ella.

Había tardado en decidirse a comprarla, por el precio y por sus dudas ante aquel capricho innecesario (en palabras de su madre). El apartamento enseguida se lo agradeció. Desde que la instaló en el salón (término exagerado para calificar sus escasos ocho metros cuadrados) que hace las veces de comedor, despacho y salita para ver la tele, el piso no solo le parecía más amplio sino, sobre todo, mucho más acogedor. Ahora sí le apetecía pasarse horas entre sus estrechas paredes. Sentada en el pequeño saloncito, dejando que la alfombra acariciase sus pies descalzos, Nuria se sentía, por fin, feliz en su nuevo hogar.

Su madre le ha dicho que si quiere limpiarla bien evite mojar mucho la alfombra, que pulverice sobre la mancha una mezcla —a partes iguales— de amoníaco y detergente. Entonces pasas una esponja, pero sin frotar (paradoja que no se atrevió a rebatir). Y sin prisa, que te conozco. Déjala que se seque por sí sola. Ni se te ocurra ponerla al sol.

jueves, 31 de octubre de 2019

La muerte y su traje, de Santiago Dabove

—En mi juventud me tocó ver y actuar en un acontecimiento singular y terrible que tuvo por escenario las inmediaciones del antiguo Chuculito —no quiero mentar su nombre actual—, gran lago del Perú y Bolivia. Fue aquello durante el carnaval de 18…

Yo ya soy viejo y han pasado muchos años desde entonces, pero aun ahora, no puedo ver una mascarada sin estremecerme por el recuerdo de aquel horror…

Sé que aquello sucedió, sé que no es un sueño, pero también los sueños «suceden» y el alma anda entre sueños. Si quisiera hacer una evocación rápida y sintética, para mí mismo, como un «aguafuerte», pondría sombras, trazos de luz como gritos desesperados, vapores de alcohol y de narcóticos, un chisporroteo, una ancha risa diabólica…

El que así había hablado era Mr. Cunningham, hombre huesudo y recio, de facciones enérgicas, pero que tenía una actitud meditabunda y esos ojos forma almendra, algo oblicuos y soñadores de algunos ingleses. Tomó el vaso de cerveza entre sus dedos largos y hábiles y empezó a hacer girar circularmente el resto del líquido que quedaba para ver si hacía espuma. Como no la hiciera, apartó el vaso y pidió al mozo whisky añejo, de ese del norte de Escocia, que pone elocuentes hasta a los mismos ingleses. Se sirvió una buena porción con poca soda, para avivar los recuerdos, según decía, y a lostres amigos que lo escuchábamos silenciosos, en ese café también silencioso (¡qué suerte!) nos contó lo siguiente:

—Yo era joven —dijo—, tenía veinticuatro años; era en los tiempos en que la Compañía de Londres me envió a Sud América, ¡oh, sí! Compañía que explotaba productos medicinales. Mi padre estaba en ella como director, y yo, muchacho activo, hábil de manos y no tan sonso, ¡no sonso!, parece que les gusté para venir a América. Mi misión era por el norte, el trópico. Se trataba de algo nuevo, pero no complicado. ¡Oh, no complicado, pero muy bien pensado!… ¿Ustedes conocen el árbol de la coca, no?, es oriundo del Perú y de esos lugares. Todos los indios, y otras gentes más que no son indios, peruanos y bolivianos, mascan la coca. ¿Nunca vieron? Le ponen un poco de cenicita o potasa para que largue más, y mascan, mascan. La Compañía de Londres vio eso de los arbolitos y dijo: aquí hay ganancia. ¿Quién fue el de la idea? Oh, nunca se sabe quién tiene las ideas. Me enviaron a mí para trasplantar el árbol de la coca a una colonia inglesa. Yo era hijo de arboricultores. Yo hice lo que había que hacer. Los peruanos y bolivianos discutían el presupuesto, los impuestos, las rentas públicas y quién ocuparía el gobierno. Esta, la de gobernar, es industria de veinte países sudamericanos… Yo me llevaba del Perú y Bolivia varios miles de plantitas de la coca para aclimatarlas en colonias inglesas. No pasó mucho, no mucho, que nosotros en Inglaterra nos apoderamos del mercado mundial de cocaína. Pero sudamericanos aumentan presupuesto, piden plata a ingleses y se muestran los dientes y sables porque no tienen riqueza y el presupuesto anda mal por muchos militares y políticos que tienen muchas ideas de gobierno y finanzas y para aplicarlos hacen revoluciones…

miércoles, 30 de octubre de 2019

Una hoja escrita a mano, de Carolina Sanín Paz

Leí una hoja escrita a mano en la que se decía que el universo entero, con su polvo, su gente, sus animales y sus plantas, piedras y metales, y aun con cosas que no son estrellas ni se mueven y que no sabemos lo que son, ni si son ya cosas o no lo son todavía, está contenido o representado o comprendido en cada hombre. Creo que en la hoja se entendía hombre como hombre y mujer, o sea, que se sugería que aparte de las letras y los ángeles, de la suerte y la basura, en el hombre está también comprendida la mujer.

En las hojas, según se decía en la hoja escrita, están los árboles; no solo el árbol del que la hoja cae, sino también los demás árboles: el genealógico, el del bien y el mal y aquellos que no tienen hojas y de los que cuelgan los ahorcados. En la hoja se decía que cada parte del ser humano (su nariz, su cansancio, el diente que se le afloja en un sueño y el que muda cuando niño) puede traducirse como una parte de la ciudad, una parte del país y una parte del mundo. Se decía que el corazón es como el sol o, mejor dicho, que decir corazón es decir sol, y que el corazón y el sol también son el león. Se decía que el corazón, el león y el sol son lo mismo que el oro. Y que cuando uno dice “oro”, “león”, “corazón” o “sol”, también está diciendo “rey”.

martes, 29 de octubre de 2019

Sin perdón, de István Örkény

Les di veinte forintos a los dos enfermeros que lo colocaron en la camilla y lo bajaron a la ambulancia. También en la clínica di veinte a cada una de las enfermeras, a la diurna y a la de noche, y les pedí que lo cuidaran. Dijeron que no me preocupara, que ellas cada media hora se iban a asomar a verlo, aunque por suerte el paciente no estaba inconsciente. Al día siguiente era domingo, así que pude ir a visitarlo. Seguía estando consciente, pero ya casi no hablaba. Por el paciente de la otra cama me enteré de que las enfermeras no aparecieron ni una sola vez, lo cual no era de extrañar, porque entre las dos tenían que atender a ciento sesenta enfermos. Los médicos tampoco lo habían examinado: dijeron que el lunes lo revisarían en detalle. Eso siempre es así, dijo el vecino, cuando el enfermo ingresa el sábado al mediodía.

Salí al pasillo y busqué una enfermera, pero no encontré a ninguna de las del día anterior. Después de mucho buscar, logré dar con la que estaba de guardia. También le di veinte forintos, y le pedí que le echaran una mirada de vez en cuando a mi padre. Hubiera querido encontrarme también con el médico. Todavía en casa había metido un billete de cien forintos en un sobre, pero la enfermera me dijo que al médico lo habían llamado para una transfusión a la sala de las mujeres. Que podía confiar en ella, hablaría con él. Regresé a la sala de los enfermos, donde el vecino me tranquilizó diciendo que seguramente el médico de guardia no tendría tiempo de examinar a los enfermos, así que era mejor que no le hubiese podido entregar el dinero. De todas maneras solo al día siguiente vendrían los especialistas, ellos ya tendrían tiempo de ocuparse de él.

-¿Necesitas algo? -pregunté.

-Gracias, no necesito nada.

-Te traje algunas manzanas.

-Gracias, no tengo hambre.

Me quedé sentado una hora más junto a su cama. Hubiera querido conversar con él, pero ya no sabía de qué. Un rato después le pregunté si le dolía algo. Dijo que no. De manera que tampoco le pude hacer más preguntas en cuanto a eso. Estuvimos callados todo el tiempo. La relación entre nosotros era púdica y reservada, hablábamos solo de hechos. Pero los hechos que ayer todavía hubiéramos podido mencionar, para hoy perdieron importancia y se convirtieron en nada. De sentimientos nunca intercambiamos palabra.

-Entonces me voy -le dije después.

-Anda, hijo -contestó.

-Mañana vendré y hablaré con el médico.

-Gracias -dijo.

-El especialista solo viene por la mañana.

-No es tan urgente -dijo, y su mirada me acompañó hasta la puerta.

A las siete de la mañana me llamaron para decirme que había muerto durante la noche. Cuando entré en la 217, en la cama ya había otro en su lugar. Su vecino me tranquilizó, diciendo que no sufrió nada, solo suspiró levemente y ese fue el final. Sospeché que quizás el vecino no decía la verdad, porque se me ocurrió que en su lugar yo también hubiera dicho lo mismo, pero luego intenté convencerme de que no me había engañado y que de verdad mi padre había muerto sin sufrir.

Tuve que cumplir muchas formalidades. En la oficina de admisión se me acercó una enfermera, pero no era ninguna de las del sábado, ni tampoco la que estaba de guardia ayer, sino una que no había visto hasta entonces, la cual me entregó el reloj de oro de mi padre, sus lentes, su billetera, su encendedor y la bolsa con las manzanas. Le di veinte forintos y seguí dictando los datos. Luego se me acercó un hombre con gorra de cuero y se ofreció para lavar, afeitar y vestir el cuerpo. Fue él quien lo dijo así, “el cuerpo”, con lo cual seguramente quiso hacer sentir que, aunque la persona en cuestión ya no vivía, no sería totalmente un cadáver hasta que no fuese lavado y vestido.

Aún tenía conmigo los cien forintos metidos en el sobre. Se los entregué. Rasgó el sobre, miró adentro y luego, con un gesto rápido, se quitó la gorra y ya no se la volvió a poner más en mi presencia. Dijo que iba a arreglar todo muy bonito, que mandase un traje y ropa interior limpia, que con toda seguridad yo iba a quedar conforme. Le respondí que por la tarde vendría con la ropa interior y con un traje oscuro, pero que ahora quería ir a verlo.

-¿Quiere ver el cuerpo? -me preguntó, asombrado.

-Quiero verlo -dije.

-Sería mejor después -me aconsejó.

-Quiero verlo ahora -dije-. No pude estar a su lado cuando murió.

A regañadientes me condujo al depósito de cadáveres, que estaba en un edificio aparte, en el centro del parque de la clínica. El sótano estaba iluminado con una bombilla muy fuerte y había que bajar por unas escaleras de piedra. Ahí, sobre el asfalto, al pie de las escaleras, estaba tendido boca arriba mi padre. Sus piernas abiertas, los brazos también, tal como pintan en los cuadros a los héroes muertos. Pero él no tenía ropa y de una de sus fosas nasales sobresalía un pedacito de algodón y había otro pegado a su muslo izquierdo. Seguramente ahí había recibido la última inyección.

-Ahora todavía no puede verse nada -dijo el de la gorra de cuero, como justificándose. Se mantuvo a mi lado, ahí en el helado sótano, con la cabeza descubierta-. Pero tendrá que verlo cómo va a quedar cuando lo vista.

No dije nada.

-¿Pasó mucho tiempo enfermo? -preguntó después.

-Mucho -dije.

-Estoy pensando -dijo- en que voy a cortarle un poco el cabello. Eso contribuye bastante.

-Como quiera -dije.

-¿Se peinaba con la raya al lado?

-Sí -dije.

Se calló. También yo me mantuve callado. Ya no podía decir nada, ni podía hacer nada, ni podía dar dinero a nadie más. No podía remediar nada, ni siquiera mandándome enterrar vivo a su lado.

jueves, 17 de octubre de 2019

La calle de los mendigos, de Mario Levrero

Extraigo un cigarrillo y lo llevo a los labios; acerco el encendedor y lo hago funcionar, pero no enciende. Me sorprende, porque hace pocos momentos marchaba perfectamente, la llama era buena, y nada indicaba que el combustible estuviera por agotarse; es más: recuerdo haberle puesto piedra nueva, y una nueva carga de disán, hace apenas unas horas.

Acciono, sin resultado, repetidas veces el mecanismo; compruebo que se produce la chispa; entonces, con un cuentagotas, vuelvo a llenar el tanque de disán.

Tampoco enciende, ahora.

En varios años nunca había fallado así. Me propuse buscar el desperfecto.

Con una moneda le quito nuevamente el tornillo que cierra el tanque; esto no parece contribuir a desarmarlo. Con la misma moneda, quito luego el tornillo correspondiente al conducto de la piedra; sale también un resorte, que está enganchado a la punta del tornillo. En el otro extremo, el resorte lleva una pieza de metal, parecida a la piedra (que también sale, junto con algunos filamentos, blancos y del largo del resorte, en los que nunca me había fijado). El encendedor sigue siendo una pieza entera; en nada he adelantado quitando estos tornillos.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Blackout, de Gabriela Alemán

Yo seguía guardando historias en las que alguien salía herido. De un tiempo acá me interesaban menos pero las archivaba de igual manera, por si algún día lo volvía a encontrar. Sabía qué le gustaba escuchar; lo conocía, con intermitencias, más de dos décadas. Había aprendido, en el transcurso de ese tiempo, qué fibras tocar para que su mirada se incendiara como la llama de una vela al fondo de una bebida turbia. Él había reconocido esa misma luz en mí cuando ni sabía que la tenía. Mientras los otros profesores pretendían enseñarme logaritmos o a reconocer la hipotenusa en un triángulo rectángulo, él me llevaba a hacer trabajo de campo en la ciudad. La llamaba arqueología nocturna. Tenía un don especial para reconocer los lugares que estaban a punto de extinguirse.

Pierde el que se emborracha primero: es lo único que recuerdo como enseñanza de esos años. A donde entráramos, era lo que susurraba en mi oído al franquear la puerta. Era lo último que recordaba antes de colapsar sobre mi cama, si llegaba a mi casa de madrugada. Era mi canto de sirena. La melodía en su voz no dejaba espacio para la decepción o el engaño. Cuando la entonaba me volvía su cómplice. Él no sabía cómo me halagaba serlo; aunque, a veces, pensaba que sí lo sabía, lo sabía demasiado bien.