martes, 17 de septiembre de 2019

Piscinas vacías, de Laura Ferrero

Años atrás me preguntaron en una entrevista de trabajo si había sido una niña solitaria. Pensé que era una pregunta extraña, y que tenía muy poco o nada que ver con el hecho de que me dieran un empleo que consistía básicamente en atender llamadas en un despacho de abogados.
Les contesté que no, que nunca había sido una niña solitaria. Convencida, sin titubear. Porque sí, porque me he convertido en una persona con habilidades sociales y una agenda llena de planes que, aunque no me interesen en absoluto, no dejan de ser planes. Sin embargo, de pequeña no era una niña agradable.
No me preguntaron nada más acerca de mi capacidad de socialización, pero tampoco me dieron el empleo. Tal vez la respuesta adecuada hubiera sido que sí, que había sido una niña solitaria y con problemas.
He hecho muchas entrevistas de trabajo. Me han preguntado muchas cosas pero no, por ejemplo, por qué tengo estas cicatrices en los brazos, estas cicatrices que parecen una cremallera, la sonrisa torcida de un personaje recién salido de una película de terror.
Nadie lo ha hecho. Aunque también es porque acostumbro a llevar manga larga.
Mi madre se marchó poco después de que mi hermano Juan muriera ahogado en la piscina del jardín. Fuimos mi padre y yo los que nos quedamos en aquella casa enorme, con esa piscina vacía que se convirtió en un eterno símbolo de duelo.

La piscina nunca volvió a conocer los rumores del agua. En otoño se llenó de hojas secas y más tarde fui añadiendo a sus profundidades juguetes que ya no me servían, como esa pelota de goma que se pinchó o el triciclo de mi hermano. No la llenamos de agua sino de ruinas, de objetos inservibles. Sé que a mi padre le molestaba que me sentara en la escalera de metal a la que Juan no había llegado a agarrarse. Pero a mí me gustaba hacerlo. Me quedaba ahí. Con mi uniforme y el abrigo azul, con mi libreta de dibujo en las rodillas. Miraba la piscina embelesada, fascinada por aquel agujero inútil. Cuando llegaba mi padre, corría para dentro de casa con las manos heladas y la nariz roja por el frío.
Él trabajaba mucho. Supongo que no quería volver a casa porque estaba llena de cosas ridículas como una piscina vacía, fotos de un hijo muerto y una hija que acumulaba desperdicios en un extraño hueco del jardín.
Mi madre me llamaba de vez en cuando por teléfono. Escuchaba su voz frágil y quebradiza. Hizo como las aves migratorias a las que yo tanto admiraba. Supongo que necesitaba un tiempo.
Yo iba a la escuela. Me acostumbré a vivir de la compasión que me tenían los demás. Los niños me ofrecían sus bocadillos a la hora del recreo y las maestras me daban chocolatinas a escondidas. Lo notaba: me tenían lástima. Como a un polluelo que se ha quedado solo en el gallinero.
No tenía amigos. Y sí, respondiendo a la pregunta de aquel despacho de abogados, fui una niña muy solitaria.
Me invitaban a los cumpleaños porque las madres se apiadaban de mí y de mi pobre padre, aunque no me extrañaría que cualquiera de ellas se hubiera querido ir a la cama con él, como compensación, también, para que no estuviera triste. Qué extraña manía tenemos los seres humanos de querer reparar cosas ajenas.
A veces echaba de menos a Juan. Había sido un incordio para mí porque era pequeño y, ya se sabe, los hermanos pequeños molestan a las hermanas mayores. Yo tenía seis años cuando desapareció. Él, tres. Recuerdo que en mi séptimo cumpleaños le pregunté a mi padre si él habría cumplido ya cuatro. Me contestó que en el cielo no se cumplían años.
Los muertos no tienen edad.
Pensaba mucho en él y, aunque no quería que volviera para siempre, sí tenía ganas de verlo otra vez, de contarle que papá había mandado vaciar la piscina o que mamá se había ido a vivir con los abuelos porque estaba triste: él se había muerto.
Me consolaba pensar que el cielo tampoco parecía estar lejos. Era lo azul de arriba, así que con un poco de impulso seguro que se llegaba. Desde el balcón de la habitación de mis padres, el mismo balcón que daba a la piscina vacía, el trayecto era más corto, un pequeño salto hacia arriba. Un par de alas y a volar.
Robé material en la escuela: tijeras grandes, muchos rollos de celo, pegamento y un ovillo de lana del cajón de las manualidades. Aquel día, cuando llegué a casa, no me senté en la escalera de la piscina. Me fui directamente a la despensa, donde cogí un par de cajas de cartón grandes. Las desmonté y empecé a dibujar.
Pensé en los ángeles de los pesebres de Navidad y me dije que yo sería como ellos. Serían unas alas grandes las que propiciaran mi ascensión hasta los cielos, donde vería a Juan y, con un poco de suerte, al niño Jesús.
No tardé demasiado en hacer las alas. Me enfadaba cada vez que el trazo me quedaba irregular o cuando recortaba por fuera de la línea que había dibujado. Tracé las alas de manera que estuvieran unidas y, después, hice dos agujeros en el centro, cogí el ovillo de lana y me armé de paciencia para hacerlo pasar por esas minúsculas aberturas. Luego me até un fuerte lazo en el pecho y me enrollé el resto de la lana alrededor del cuerpo para que las alas resistieran.
Me había quedado una chapuza y el hilo de lana me apretaba demasiado. Sabía que con esas alas no iba a llegar muy lejos, tal vez ni siquiera podría alcanzar el muro que separaba nuestro jardín del de los vecinos. Me senté en el balcón a llorar con las alas torcidas atadas a la espalda.
Les pegué una patada a las tijeras, que cayeron directamente a la piscina. También tiré abajo el resto del ovillo de lana. Me sentía inútil y no podía parar de llorar.
De repente oí el ruido metálico de la puerta automática del jardín. Clic. Se empezó a abrir lentamente y supe que el coche de mi padre iba a entrar. Conocía muy bien el ruido del motor.
Entonces, sin saber por qué, me enderecé, me subí a la barandilla del balcón y pensé en volar. En los aviones, en Superman. Pensé que solo hacía falta desear una cosa con muchas ganas para que sucediera. Lo deseé con todas mis fuerzas y salté. Me acordé, creo, de Juan; qué envidia le iban a dar mis alas. Sería la primera niña voladora, con solo siete años, me decía a mí misma.
Sentí que caía muy rápido, por la cabeza se me pasaron muchas imágenes y una de ellas era la de mi hermano sin manguitos el día en que se cayó a la piscina y gritó de aquella manera.
Ya no recuerdo nada más. Solo el hospital. Mi padre y mi madre, que volvió porque pensaba que también yo me iba a morir. Lloraba a los pies de la cama del hospital y me miraba los brazos vendados, la pierna levantada. La cara desfigurada de arañazos y golpes. Los ojos inyectados en sangre.
Cuando me preguntaron por qué lo había hecho, les dije la verdad; quería volar. Mi madre volvió a casa y empezó a visitar a un psiquiatra que le recetó pastillas que dejaba siempre encima de su mesita de noche. Sentía una enorme lástima por mí y por esas cicatrices que después de un tiempo empezaron a formar parte de mí y de mi fracasado intento por subir a las alturas. Mi madre me mandó a un psicólogo que les dijo que yo era una niña solitaria, que necesitaba afecto, cosa que creo que agudizó su depresión. Las explicaciones de los médicos nunca me han convencido. ¿Acaso sabían lo que era querer irse de casa y volar? ¿Acaso habían conocido a Juan y habían escuchado sus gritos antes de ahogarse?
Ahora todo eso ya da igual. El hecho es que nunca me devolvieron mis alas fallidas. Las debieron de tirar a la basura, aunque siempre he creído que las escondieron en la piscina vacía, llena de objetos inútiles, que con el paso de los años fue atesorando el horror del recuerdo de los hijos muertos o casi muertos.
Cuando en la entrevista de trabajo me preguntaron si había sido una niña solitaria, quizás debí contarles todo esto. Tal vez entonces me hubieran dejado coger el teléfono en aquel despacho de cuatro abogados arrogantes que probablemente no sabían lo que es estrellarse contra una piscina vacía. Lo que es escuchar el grito de un niño que no lleva manguitos y que siempre tendrá tres años.

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