viernes, 19 de junio de 2020

Gertrudis pide un consejo, de Clarice Lispector

 


Se sentó de manera que su propio peso «planchara» la falda arrugada. Se arregló el pelo, la blusa. Ahora, era sólo esperar.

Afuera, todo estaba muy bien. Podía ver los tejados de las casas, las flores rojas en una ventana, el sol amarillo desparramado sobre todas las cosas. No había hora mejor que las dos de la tarde.

No quería esperar porque le entraría miedo. Y así no daría a la doctora la impresión que deseaba causar. No pensar en la entrevista, no pensar. Inventaría rápidamente una historia, contaría hasta mil, se acordaría de cosas buenas. Lo peor es que sólo recordaba la carta que había mandado. «Muy señora mía, tengo diecisiete años y quería…». Idiota, absolutamente idiota. «Estoy cansada de andar de un lado para otro. A veces no logro dormir, incluso porque mis hermanas duermen en la misma habitación y son muy inquietas. Pero no logro dormir porque me quedo pensando en cosas. Ya decidí suicidarme, pero no quiero ya. ¿Usted no me podría ayudar?, Gertrudis».

¿Y las otras cartas? «No me gusta nada, soy como los poetas…». ¡Oh, no pensar! ¡Qué vergüenza! Hasta que la doctora acabó por escribirle, llamándola a su consultorio. Pero, finalmente, ¿qué le iría a decir? Todo tan vago. Y la doctora se reiría… No, no, la doctora, encargada de menores abandonados, que escribía consejos en las revistas, tenía que entender, incluso sin que ella hablara.

¡Hoy iba a suceder algo! No pensar 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7… De nada servía. Había una vez un chico ciego que… ¿Ciego por qué? No, él no era ciego. Hasta la vista la tenía muy bien. Ahora sabía por qué Dios, pudiendo tanto, inventaba personas lisiadas, ciegas, malas. Sólo por distracción. ¿Mientras esperaba? No, Dios nunca necesita esperar. ¿Qué es lo que hace entonces? Está ahí, aunque todavía creyera en Él (yo no creía en Dios, me bañaba justo después del almuerzo, no usaba el uniforme del colegio y había decidido fumar), aunque todavía creyera en fantasmas, no podría hallar gracia en la eternidad. Si fuera Dios, hasta ya habría olvidado cómo empezó el mundo. Hace ya tanto tiempo y con los siglos por delante… La eternidad no comienza, no termina. Sentía un pequeño vértigo, cuando procuraba imaginarla, y Dios, siempre en todas partes, invisible, sin forma definida. Se rió, acordándose de cuando absorbía ávidamente las historias que le contaban. Se había vuelto muy libre… Pero eso no significaba estar contenta. Y era exactamente lo que la doctora iba a explicar.

De hecho, en los últimos tiempos, Tuda no lo estaba pasando nada bien. Ya sentía una inquietud sin nombre, ya una calma exagerada y repentina. Frecuentemente le daban ganas de llorar, que en general se reducían a las ganas únicamente, como si la crisis se completara en el deseo. Unos días, llena de tedio, irritada y triste. Otros, lánguida como una gata, embriagándose con los menores acontecimientos. Una hoja que caía, un grito de niño, y pensaba: un momento más y no soportaré tanta felicidad. Y realmente no la soportaba, aunque no supiera propiamente en qué consistía esa felicidad. Caía en un llanto sofocado, desahogándose, con la impresión confusa de que se entregaba a no sé quién y no sé de qué forma.

A las lágrimas seguía, acompañando los ojos hinchados, un estado de suave convalecencia, de aquiescencia en todo. Sorprendía a todos con su dulzura y transparencia y, aún más, lograba una levedad de pajarillo. Daba limosnas a todos los pobres, con la gracia de quien arroja flores.

En otras ocasiones, se llenaba de fuerzas. Su mirada se volvía dura como acero, áspera como espinas. Sentía que «podía». Había sido hecha para «liberar».

«Liberar» era una palabra inmensa, llena de misterios y de dolores. ¿Cómo había sido amena hace días, cuando se destinaba a otro papel? ¿Qué otro? Todo era confuso y sólo se expresaba bien con la palabra «libertad» y en los pasos pesados y firmes, en el rostro pesado que adoptaba. En la noche no dormía hasta que los gallos lejanos empezaban a cantar. Propiamente, no pensaba. Soñaba despierta. Imaginaba un futuro en que, audaz y fría, conduciría a una multitud de hombres y mujeres, llenos de fe casi adorándola. Después, a la mitad de la noche, se deslizaba hacia una media inconsciencia, donde todo era bueno, la multitud ya conducida, una ausencia a las clases, un cuarto solamente suyo, muchos hombres amándola. Despertaba con amargura, notando con una alegría reprimida que no se interesaba por el pastel que las hermanas devoraban animalmente, con irritante despreocupación.

Vivía entonces sus días gloriosos. Y llegaban al auge con algún pensamiento que la exaltaba y la sumergía en un misticismo ardiente: «¡Entraría en un convento! ¡Salvaría a los pobres, sería enfermera!». Se imaginaba vistiendo ya el hábito negro, el rostro pálido, los ojos piadosos y humildes. Las manos, esas manos implacablemente enrojecidas y anchas, emergiendo, blancas y finas, de las mangas largas. O entonces, con el tocado albo, ojeras cavadas por las noches no dormidas, entregando al médico, silenciosa y rápidamente, los instrumentos de la operación. Él la miraría con admiración, incluso simpatía, ¿y quién sabe? Hasta con amor.

Pero imposible que fuera grande en un ambiente como el suyo. La interrumpían con las observaciones más triviales: «¿Tuda, ya te has bañado?». O, si no, la mirada de las personas en casa. Un mirar simple, distraído, completamente ajeno al noble fuego que ardía dentro de ella. ¿Quién podría resistir, pensaba avergonzada, junto a tanta vulgaridad?

Y, además, ¿por qué no «sucedían cosas»? Tragedias, bellas tragedias…

Hasta que descubrió a la doctora. Y, antes de conocerla, ya le pertenecía. De noche, mantenía largas conversaciones imaginarias con la desconocida. De día, le escribía cartas. Hasta que fue llamada: ¡al fin veían que ella era alguien, una incomprendida, una persona extraordinaria!

Hasta el día señalado para la entrevista, Tuda no se incomodó. Vivió en una atmósfera de fiebre y de ansiedad. Una aventura. ¿Comprenden bien? Una aventura.

No tardaría en entrar al consultorio. Va a ser así: ella es alta, tiene el pelo corto, ojos vivos, un busto grande. Un poquito gorda. Pero al mismo tiempo parecida a Diana Cazadora, la de la sala.

Ella sonríe. Yo permanezco seria.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes, hija (¿no sería mejor: Buenas tardes, hermana? No, no se usa).

—Vine aquí por exceso de audacia, confiando en la bondad y comprensión de usted. Tengo diecisiete años y creo que ya puedo empezar a vivir.

Dudaba que tuviera tanto valor. Y, en realidad, ¿qué tenía que ver la doctora, viéndolo bien, con ella? Pero no. Sucedería algo. Le daría trabajo, por ejemplo. Podría mandarla a viajar para recoger datos sobre… sobre la mortalidad infantil, supongamos, o sobre los salarios de los hombres del campo. O podría decir:

—Gertrudis, tú tendrás un papel mucho más grande en la vida. Tú harás…

¿Qué? Al final, ¿qué es grande? Todo acaba… No sé, la doctora va a hablar.

De repente… el muchachito se rascó la oreja y dijo, con el tono viejo que las personas se obstinaban en dar atención a los hechos excitantes y nuevos:

—Puede entrar…

Tuda atravesó la sala, sin respirar. Y se encontró delante de la doctora.

Estaba sentada junto a la mesa, rodeada de libros y de papeles. Una extraña, seria, con una vida propia, que Tuda no conocía.

Fingió acomodar la mesa.

—¿Así que…? —dijo después—. Una chica llamada Gertrudis… —se rió—. ¿Por qué se te ocurrió venir a verme, buscas trabajo? —empezó; con el tacto que le había valido el lugar de consejera de la revista.

Menuda, de cabellos negros recogidos en dos caireles sobre la nuca. El carmín pintado que sobrepasaba un poco la línea de los labios en una tentativa de sensualidad. El rostro calmado, las manos inquietas. Tuda tuvo ganas de huir.

Hace muchos años había salido de casa.

La doctora hablaba y hablaba —la voz ligeramente ronca, la mirada vaga—, sobre diversos asuntos. Las últimas películas, las jóvenes modernas, sin orientación, malas lecturas, no sé, muchas cosas. Tuda también hablaba. Había dejado de palpitar, la sala y la doctora adoptaban poco a poco una disposición más comprensible. Tuda le contó algunos secretos sin importancia. A su mamá, por ejemplo, no le gustaba que saliera de noche, alegando el sereno. Necesitaba operarse de la garganta y vivía siempre resfriada. Pero el papá decía que hay males que llegan para bien y que las amígdalas eran una defensa del organismo. Y también, lo que la naturaleza había creado tenía su función.

La doctora jugueteaba con el lápiz.

—Bien, ahora ya te conozco más o menos. ¿En tu carta hablaste de un sobrenombre? Tudes, Tuda.

Tuda se ruborizó. Entonces la extraña le habló de las cartas. No podía oír bien porque quedó atarantada y sentía que el corazón latía exactamente en los oídos. «Edad difícil… Todos lo son… Cuando menos se espera…».

—Esa inquietud, todo lo que sientes es más o menos normal, se te va a pasar. Tú eres inteligente y vas a comprender lo que te voy a explicar. La pubertad acarrea desórdenes y…

No, doctora, qué humillación. Ella ya era demasiado grande para esas cosas, lo que sentía era más bonito e incluso…

—Esto se te va a pasar. Tú no necesitas trabajar ni hacer nada extraordinario. Si quieres —iba a usar el viejo «truco» y se sonrió—, si quieres consíguete un novio. Entonces…

Ella era igual a Amelia, a Lidia, a todo el mundo, ¡a todo el mundo!

La doctora aún hablaba. Tuda seguía muda, obstinadamente muda. Una nube tapó el sol y el consultorio quedó de repente sombrío y húmedo. En un instante volvió a brillar y a moverse la franja de polvillo.

La consejera se impacientó ligeramente. Estaba cansada. Había trabajado tanto…

—¿Así que…? ¿Alguna otra cosa? Habla, habla sin miedo…

Tuda pensaba confusamente: vine a preguntarle qué voy a hacer de mí. Pero no sabía resumir su estado con esa pregunta. Además, temía cometer una excentricidad y aún no se acostumbraba a ser ella misma.

La doctora había inclinado la cabeza hacia un lado y dibujaba pequeños trazos simétricos en una hoja de papel. Después encerraba los trazos en un círculo un poco tortuoso. Como siempre, no lograba mantener la misma actitud por mucho tiempo. Empezaba a flaquear y a dejarse invadir por los propios pensamientos. Lo notó, se irritó y transmitió la irritación a Tuda: «Tanta gente muriendo, tantos “niños sin hogar”, tantos problemas irresolubles (sus problemas) y esa muchacha, con familia, buena vida burguesa, dándose importancia». Vagamente observó que eso contrariaba su tesis individualista: «Cada persona es un mundo, cada persona tiene su propia clave y la de los demás nada resuelve; sólo se mira hacia el mundo ajeno por distracción, por interés, por cualquier otro sentimiento que sobrenada y que no es vital; el “mal de muchos” es un consuelo, pero no es solución». Justamente porque observó que se contradecía y porque se le ocurrió la frase del colega sobre la inconsistencia de las mujeres y porque la consideró injusta, se impacientó aún más, queriendo, con rabia de sí misma, como para castigarse, profundizar en la contradicción. Un minuto más y le diría a la chica: ¿por qué no visitas el cementerio? No obstante, vagamente notó las uñas sucias de Tuda y reflexionó: es muy inquieta todavía como para obtener lecciones del cementerio. Y además se acordaba de su propia época de uñas sucias e imaginó qué desprecio no sentiría por alguien que le hablara entonces del cementerio como de una realidad.

De repente, Tuda sintió que ella no le gustaba a la doctora. Y, así, junto a esa mujer que nada tenía que ver con todas las cosas familiares, en esa sala que nunca había visto y que repentinamente era «un lugar», pensó que estaba soñando. ¿Qué había venido a hacer ahí? Se preguntó asustada. Todo perdía la realidad en relación con su madre, su casa, su último almuerzo, tan pacífico —y no sólo la confesión como el inexplicable motivo que la había conducido a la doctora—, le habían parecido una mentira, una monstruosa mentira, que ella había inventado gratuitamente, sólo para divertirse… La prueba es que a ella nadie la utilizaba, como una cosa que existe. Decían: «… el vestido de Tuda, las clases de Tuda, las amígdalas de Tuda…», pero no decían: «… la infelicidad de Tuda…». ¡Había caminado tan deprisa con esa mentira! Ahora estaba perdida, no podía volver hacia atrás. Había robado un dulce y no quería comérselo… Pero la doctora la obligaría a masticarlo, a engullirlo, como castigo… Ah, escabullirse del consultorio y andar sola nuevamente, sin la comprensión inútil y humillante de la doctora.

—Mira, Tuda, lo que me agradaría decirte es que tú un día tendrás lo que buscas ahora de una manera tan confusa. Es una especie de calma que viene del conocimiento de sí misma y de los demás. Pero no se puede apresurar la llegada de ese estado. Hay cosas que sólo se aprenden cuando nadie las enseña. Y con la vida es así. Incluso hay más belleza en descubrirla sola, pese al sufrimiento —la doctora sintió un repentino cansancio, tenía la impresión de que la arruga número 3, de la nariz a los labios, se había ahondado. Esa chica le hacía mal y ella quería estar sola de nuevo—. Mira, tengo la certeza de que tú también serás muy feliz. Los sensibles son más felices e infelices, simultáneamente, que los demás. Pero ¡dale tiempo al tiempo! —Cómo era vulgar con facilidad, reflexionó sin amargura—. Ve viviendo…

Sonrió. Y de repente, Tuda sintió ese rostro entrando bien en su alma. No era de la boca ni de los ojos de donde venía ese soplo…, soplo divino. Era como una sombra terriblemente simpática, que vacilaba sobre la doctora. Y, en ese mismo instante, Tuda supo que no era mentira, ¡ah, no! Una alegría, unas ganas de llorar. Ah, se arrodillaría delante de la doctora, escondería el rostro en su regazo, gritaría: ¡es eso lo que tengo, es eso! ¡Sólo lágrimas!

La doctora ya no sonreía. Pensaba. Mirándola, así de perfil, Tuda ya no la entendía. De nuevo era una extraña. Buscó deprisa, a la otra, a la divina.

—¿Por qué usted dijo: «Lo que me agradaría decirte…»? ¿Entonces no es verdad?

La joven era más perspicaz de lo que había pensado. No, no era verdad. La doctora sabía que se puede pasar la vida entera buscando cualquier cosa por detrás de la neblina, sabía también de la perplejidad que trae el conocimiento de sí misma y de los demás. Sabía que la belleza de descubrir la vida es pequeña para quien busca principalmente la belleza en las cosas. Sí, sabía mucho. Pero estaba cansada del duelo. El consultorio nuevamente vacío. Se sumergiría en el diván, cerraría las ventanas: la reposada oscuridad. Pues si ése era su refugio, tan sólo de ella, donde hasta éste, con su irritante y calma aceptación de felicidad, ¡era un intruso!

Se miraron, y Tuda, decepcionada, sintió que estaba en posición superior a la de la doctora, era más fuerte que ella.

La consejera no había notado que ya se había denunciado con los ojos y enmendó, pensativa, la voz arrastrada:

—¿Yo dije eso? Creo que no… (Viendo bien, ¿qué desea esta chamaca? ¿Quién soy yo para dar consejos? ¿Por qué ella no llamó por teléfono? No, mejor que no llame, estoy cansada. ¡Sí, que me dejen, sobre todo esto!).

Nuevamente todo fluctuaba en el consultorio. No había más que decir. Tuda se levantó con los ojos húmedos.

—Espera —la doctora parecía que meditaba un instante—. Mira, vamos a hacer un convenio: Tú sigue estudiando sin preocuparte mucho por ti. Y cuando cumplas… digamos… veinte años, sí, veinte años, tú regresas aquí… —se animó sinceramente: simpatizaba con la chica, habría que darle tal vez un trabajo que la ocupara y la distrajera, mientras no pasara el periodo de desajuste. Era muy viva, hasta inteligente—. ¿Aceptas? Vamos, Tuda, sé buena niña y concuerda…

¡Sí, de acuerdo, de acuerdo! ¡Todo era posible de nuevo! ¡Ah! Sólo que no podría hablar, decir cuánto concordaba, cuánto se entregaba a la doctora. Porque si hablara, podría llorar, no quería llorar.

—Pero Tuda… —la sombra divina de su rostro—. Tú no necesitas llorar… Vamos, prométeme que serás una mujercita valiente… (Sí, voy a ayudarla. Pero ahora el diván, sí, eso, deprisa, me sumergiré en él).

Tuda enjugó su rostro con las manos.

En la calle, todo era más fácil, seguro y simple. Había caminado aprisa, aprisa. No quería —la desgracia de percibir siempre— acordarse del gesto desganado y cansado con el que la doctora le había dado la mano. E incluso el ligero suspiro… No, no. ¡Qué locura! Pero poco a poco el pensamiento se asentó: había sido una indeseada… Se ruborizó.

Entró en una heladería y compró un barquillo.

Pasaron dos muchachitas con el uniforme del colegio, hablando y riendo fuerte. Miraron a Tuda con la animosidad que las personas sienten unas con otras y que los jóvenes todavía no disimulan. Tuda estaba sola y fue vencida. Pensó, sin relacionar el pensamiento con la mirada de las chicas: ¿qué tengo que ver con ellas? ¿Quién ha estado junto a la doctora, hablando de cosas misteriosas y profundas?

Y si ellas supieran de la aventura, no entenderían…

De repente, le pareció que después de haber vivido lo de esa tarde, no podría seguir siendo la misma: simplemente estudiando, yendo al cine, paseando con sus amiguitas… Se distanciaría de todos, incluso de la antigua Tuda… Algo se había desencadenado en ella, su propia personalidad que se había afirmado con la certeza de que en el mundo había una correspondiente para ella… Se había sorprendido: se podía entonces hablar de… «de eso» como algo palpable, en la insatisfacción que ella había escondido con vergüenza y miedo… Ahora… Alguien le había removido levemente la niebla misteriosa en la que vivía desde hacía algún tiempo y de repente ésta se solidificaba, formaba un bloc, existía. Le había faltado hasta el momento quién la reconociera para ella misma reconocerse… ¡Todo se transformaba! ¿Cómo? No sabía…

Siguió caminando con los ojos muy abiertos, cada vez más lúcida. Pensaba: antes era de esas que simplemente existen, que se mueven, se casan, tienen hijos. Y de ahora en adelante uno de los elementos constantes de su vida sería Tuda, consciente, vigilante, siempre presente…

Le parecía que su destino se había modificado. Pero ¿cómo? ¡Oh, no se logra pensar con claridad y las palabras conocidas no logran pensar lo que se siente! Un poco orgullosa, deslumbrada, medio decepcionada, se repetía: voy a llevar otra vida, diferente de la de Amelia, de mamá, de papá… Procuraba tener una visión de su nuevo futuro y sólo lograba verse caminando sola sobre amplias planicies desconocidas, los pasos resolutos, los ojos doloridos, caminando, caminando… ¿Hacia dónde?

Ya no se apresuraba hacia su casa. Poseía un secreto, el cual las personas nunca podrían compartir. Y ella misma, pensó, sólo participaría de la vida común con algunas partículas de sí misma, algunas tan sólo, pero no con la nueva Tuda, la Tuda de hoy… ¿Estaría siempre al margen?… —las revelaciones se sucedían rápidas, ascendiendo repentinas e iluminándola como pequeños rayos—. Aislada…

De pronto se sintió deprimida, sin apoyo. Se había quedado, de un momento a otro, sola… Vaciló, desorientada. ¿Dónde está mamá? No, mamá no. ¡Ah, volvería al consultorio, procuraría el soplo divino de la doctora, le pediría que no la abandonara, porque tenía miedo, miedo!

Pero la doctora vivía una vida propia y —otra revelación— nadie salía totalmente de sí mismo para ayudar… «tan sólo» vuelve a los veinte años… No te presto el vestido, no te presto nada, tú vives pidiendo… ¡No era posible ser comprendida! «La pubertad acarrea desórdenes…». «Esa niña no está nada bien, Juan, te apuesto que las anginas…».

—Oh, perdón, señorita… ¿La lastimé?

Casi perdió el equilibrio con el choque. Quedó atarantada un instante.

—¿Es que no ve? —El hombre tenía dientes blancos, puntiagudos—. No hay de qué… No ha sido nada…

El muchacho se alejó, con una ligera sonrisa en el rostro redondo.

Abriendo los ojos, Tuda percibió la calle llena de sol. La brisa fuerte le dio un escalofrío. Qué sonrisa tan graciosa la del hombre. Lamió lo que quedaba del helado y como nadie la observaba se comió el barquillo (los hombres con las manos sucias hacen los barquillos, Tuda). Frunció las cejas. ¡Diablo! (No digas diablo, Tuda). Diría lo que quisiera, comería todos los barquillos del mundo, haría lo que le viniera en gana.

De repente se acordó: la doctora… No… No. Ni a los veinte años… A los veinte años sería una mujer caminando sobre la planicie desconocida… ¡Una mujer! El poder oculto de esta palabra. Porque viendo bien, pensó, ella… ¡Ella existía! Le acompañó al pensamiento la sensación de que tenía un cuerpo suyo, el cuerpo que el hombre había mirado, un alma suya, el alma que la doctora había sensibilizado. Apretó los labios con firmeza, llena de violencia repentina:

—¡Yo no necesito a la doctora! ¡No necesito de nadie! Siguió caminando, apresurada, palpitante, impetuosa de alegría.

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