viernes, 5 de junio de 2020

Mirándola dormir, de Elvio Gandolfo

 


Mi vida, como la de todos, es infinita. Pero guarda docenas de momentos que sólo le pertenecen a ella, esa mujer. Se me ocurrió pensar por ejemplo en las numerosas ocasiones en que se quedó a dormir la noche del sábado.

Tengo que hacer un aparte acerca de mi cabeza. También, como la de todos, es una máquina insaciable de Caos y Orden. Y también de Clasificación. Después de varias veces en que me desperté bastante antes y mi mirada se paseó con rapidez sobre la forma cubierta por la sábana o semidescubierta, empecé a demorarme un poco. Hasta quedarme un rato abstraído, maravillado incluso, mirándola dormir: un rato cada vez más largo.

No saqué conclusiones agudas o profundas. Me dije, por ejemplo, ¡qué hermosa es, por favor! Luego la seguí mirando en silencio. Después de varias veces (o semanas, porque en esta nueva relación de los dos lo común era que nos viéramos los sábados y parte del domingo) la máquina insaciable de Clasificar de la cabeza en Domingos de Mañana trajo del archivo las varias ocasiones en que había leído en la Literatura, en los Relatos, una escena de hombre que miraba dormir a una mujer y, una y otra vez, ese personaje la veía como si ella hubiera muerto. Y seguían unos párrafos con no muchas variantes, con consideraciones filosóficas al respecto.

Por ejemplo se repetía la idea, para mí muy poco trabajada o profunda, de que por debajo de la piel y el cabello (tan hermoso en las mujeres hermosas) estaba en realidad, con su dureza extrema, el Cráneo, aunque casi en seguida se hablaba de la Calavera. ¡Por favor, por favor!, exclamé sin decirlo en voz alta, para no despertarla, ¡chocolate por la noticia! ¿Tanto nos joderá la presencia cada vez más diluida de las pocas gotas de cultura española y catolicoide que nos van quedando? Sacar semejante conclusión (y subrayo que se trataba de muy buenos escritores latinoamericanos o rioplatenses) me parecía tan genial como ver una película prestándole una atención desmesurada sólo a la banda de sonido. Se dormía siempre profundamente. Entraba por las ventanas, o entre las rendijas de las persianas, progresivamente el sol. Ayudaba a no convertirlo en un momento memorable, anotable, la repetición. Fuera de ese momento, en las vastas extensiones de tiempo cronometradas por los relojes, mi cabeza a veces pensaba en ella durmiendo y yo mirándola dormir, sin saber qué imagen o más bien de qué domingo era la imagen que había convocado.

Divagaba sobre las palabras. ¿No era excesiva la insistencia general en usar las palabras “profundo”, “agudo”, “penetrante”? ¿Valía la pena penetrar la figura de una mujer dormida hasta llegar al cráneo (“¡qué profundidad!”, comentaba mental, sarcásticamente), ya sea mirándola o pensándola luego? Más bien recordaba la frase de un buen poeta y gran pensador francés que había dicho “Lo profundo es la piel”. Había sido hacía muchos años, pero recordaba que yo había reaccionado de inmediato comentando: “Eso, eso”, mucho antes de conocerla y mirarla inmóvil, durmiendo.

No había ningún tipo de tensión, ni tampoco ningún tipo de éxtasis. Estaba ella dormida y estaba yo, después del primer par de veces, sentado en una silla, mirándola dormir. Creo que ese equilibrio (que en buena parte era el de la relación misma en aquellos numerosos meses, incluso años), dependía de que ella, como todos, tenía un equilibrio propio que dependía de contar con buena parte del cerebro dedicado a dormir cuando estaba despierta, criando a su hija, o dando clases, y buena parte del cerebro despierta cuando dormía y yo la miraba. Lo deduje en buena medida llevado por la observación. Es lo que une a la ciencia y el arte: las conclusiones que se sacan de la contemplación, o la observación, más que de las teorías. Sobre todo porque siempre, de pronto, despertaba.

Yo sabía que ese momento llegaba, tarde o temprano. Y lo extraordinario fue que la primera vez que me vio mirarla, observarla, muy adecuadamente, sonrió, apenas sorprendida, gracias al equilibrio que ejercía, tan delgado, entre el sueño y la vigilia. Después, ya no. Se despertaba, movía algunos músculos de la cara, hacía un ruido indescriptible con la lengua contra el paladar, abría los ojos y ¡zas! estaba parada y moviéndose lenta hacia el baño. Eso, esa mezcla no de ángel y bestia, sino de sueño y vigilia, era lo que me impedía por completo pensarle la piel, los rasgos, el cuerpo, como sostén del cráneo, el esqueleto. Más bien era al revés: el esqueleto era el sostén, y la superficie, los ojos, los pechos, la piel eran lo esencial, que resplandecía en su propia existencia, en su propia expresión compleja, para nadie, o para quien mirase, mientras que lo otro era apenas un conjunto de materia de sostén (huesos, cartílagos) que no equivalían ni siquiera al valor puramente material de su peso en los diversos materiales implicados.

Ya metidos los dos en el mundo despierto, pero con parte del cerebro todavía dormido, bajábamos a desayunar en el bar, o barríamos con algo que hubiera sobrado del día anterior, del sábado. El domingo era un día laxo, un poco tonto. Ella se iba, yo subía otra vez, si tenía ganas volvía a salir.

Ahora nos vemos muy de vez en cuando, pero aquellas numerosas horas mirándola dormir, sumadas, cimentaron algo raro, peculiar. Nunca le dije nada, tampoco ella lo comentó. Pero en estos días, mientras cruzamos palabras cada vez más cercanas a la mera información, al intercambio de experiencias cotidianas, hay un ritmo que sobrevive a todo, mucho más hondo que el mero amor. A la tercera vez que la vi en un mismo año (y no le dije nada), me di cuenta de que la profundidad que seguía debajo de la piel, el ritmo sin cronología, dependía de que la seguía mirando en su zona del cerebro que, aun estando ella despierta, seguía dormida.

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