lunes, 8 de febrero de 2010

Un solo amor no basta, de Agustín Monsreal

(Buenas noches. ¿Está esperando a Irene? No vendrá. La maté esta tarde. Supe que me engañaba con usted y la maté. No tema. No he venido a derramar más sangre. Vine a tratar de explicarle por qué lo hice. Se que usted también la amaba, y que a partir de hoy estará tan solo como yo en el mundo. No hay dicha que no se pague finalmente con la soledad. Es una sentencia inapelable. La dicha, lo mismo que el amor, se acaba con el tiempo o la muerte. Pocos son los que la alcanzan, en realidad, porque es muy difícil para la naturaleza humana distinguir entre la autenticidad y el remedo, y unos cuantos nada más lo logran, después de conocerla, salvarse de la desgracia. Dije hace un momento que Irene me engañaba con usted. Pero engañar es una palabra sucia y sin sentido en este caso. Irene habló de amor, de dicha.) 

Bebo con lentitud un sorbo de café frío, desagradable. Mis ojos miden, largamente y con aplicación, cómo crece la ceniza del cigarro abandonado. Levanto la vista, con flojedad, con un principio de desesperanza, hacia la entrada de la cafetería. Acude a mi memoria aquella inusitada frase de Borges: "Me duele una mujer en todo el cuerpo" . Trato de evitar sentirme infeliz, tenerme lástima. 


(¿Pensó usted alguna vez en matar a Irene? ¿La imaginó muerta alguna vez? Todo el que ama suele padecer este tipo de lucubraciones. Pero qué distancia inmedible existe entre la fantasía y el hecho concreto. Esto es algo que usted ya no conocerá jamás con Irene. Le arrebaté la oportunidad. Usted podrá recordar de ella una sonrisa, un ademán, el destello de una mirada; podrá recordar, igual que yo, una ternura espontánea, un entusiasmo de la piel, una caricia definitiva, un gozo compartido con exactitud; sólo que yo recordaré siempre, además, su quietud última, su último gesto de incredulidad y desamparo, su imperturbable silencio. Una imagen irrepetible que, por unos instantes y para toda la vida, fue particular, íntima, exclusivamente mía. Esta es la pobre, aunque también la inconmensurable ventaja que obtuve sobre usted. Porque, sabe, a usted debía la dicha de Irene y mi propia dicha. Nosotros encontramos lo que toda la gente busca. Ahora es necesario resignarse.) 

Del otro lado de la vidriera la gente se arremolina para entrar al cine. Enciendo, sin ganas, otro cigarro. Desde que la conocí, nunca he dejado de sentir “el miedo de lo demasiado tarde”, que decía Lugones; nunca, aun en los momentos de mayor plenitud, he dejado de parecerme indigno e intruso, uno de esos “hombres nostálgicos y sin destino“ de los que pueblan el mundo de Onetti. Acaso porque el nuestro no pasa de ser un amor del cuerpo, una triste mentira, un lamentable paliativo que convertimos en vértigo para sobrellevar la miseria de nuestras vidas. El marido de Irene, acodado en la irrealidad de mi cuaderno de notas, estruja frente a mis ojos su corazón de fantasma. Una especie de fastidio terco e inexpulsable me desespera la voluntad y los sentidos. “Para soportar el tiempo, piensa en la eternidad”, recomendaba Téophile Gautier. 

(Irene me lo dijo hoy. Me dijo que necesitaba que yo lo supiera para que la dicha fuera completa. Era cierto. Sólo que lo fue brevemente. Después de su revelación, después de que comprendí y acepté que sin usted, sin el amor que usted le había enseñado y alimentaba algunas noches en secreto, el nuestro no hubiera podido romper jamás los límites de la costumbre y la domesticidad, Irene y yo nos asumimos en un abrazo de formas incansables que nos dignificó para siempre. Más tarde, con el reposo, con el privilegio de la serenidad infinita, sus ojos acudieron al llamado suave del sueño. Entonces, dueño universal de su desnudez y de mi asombro, purificado, consciente de lo irreversible de mi amor, de mi dicha, dejé que mis manos trabajaran la muerte sobre su cuerpo.) 

Cierro el cuaderno. Trato de figurarme la cara que pondría Irene si leyera estos apuntes. Pero no hay cuidado, no los leerá. No le interesa nada de lo que escribo. No le importa otra cosa que no sea compartir conmigo una cama de hotel durante un par de horas. Y eso es lo que nos une, lo que nos hace iguales; la impiadosa necesidad de jugar con las emociones de la carne. Tal vez ya no venga. A lo mejor fue a buscarla el marido a la salida del trabajo. Suele suceder. Con un retraso de casi una hora llega, sin embargo, apurada, empujando con fiereza la codicia de sus muslos, hacia donde me encuentro. Me saluda con un beso rápido. Me explica que el tránsito está insoportable. Pide un café. Se quita el suéter y se acomoda el cuello de la blusa. Sonríe porque advierte que le esculco el bulto de los pechos con la mirada. Me dice, con la respiración todavía un poco agitada: “ ¿A qué no sabes lo que se me ocurrió? Vas a creer que estoy loca, o que soy una idiota, pero fíjate que de pronto, en lo que venía para acá, me puse a pensar, pero a pensar de una manera como si lo estuviera viviendo, que llegaba y tú no estabas aquí, y que entonces me ponía a esperarte, y que luego de un rato se me paraba mero enfrentito tu esposa y me decía: 

- Buenas noches. ¿Espera usted a Agustín ? No vendrá. Lo maté esta tarde.

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