martes, 4 de agosto de 2020

Inspiración, de Isaak Bábel

 


Tenía sueño, y estaba de mal humor. Justo en ese momento entró Mishka para leerme su cuento.

—Cierra la puerta —dijo, sacando de su bolsillo una botella de vino—. Hoy es mi día. He terminado el cuento, y creo que ésta es la versión definitiva. Brindemos por ello, amigo mío.

El rostro de Mishka estaba pálido y sudoroso.

—Los que dicen que la felicidad no existe están locos —exclamó—. La felicidad es la inspiración. He escrito durante toda la noche: ni siquiera me di cuenta que amanecía. Después me fui a pasear por la ciudad. Es extraordinaria al amanecer: silenciosa, cubierta de rocío, y casi sin gente. Todo es transparente, y puedes ver asomar el alba: fría y azul, espectral y apacible. Bebamos, amigo. Nunca he estado más seguro de nada: este cuento marca una etapa en mi vida.

Llenó un vaso de vino y se lo bebió de un trago. Le temblaban los dedos. Sus manos eran de una belleza extraordinaria: esbeltas, blancas y suaves, con dedos gráciles.

—¿Sabes? Tengo que publicar este cuento —prosiguió—. Lo aceptarán en cualquier parte. Ahora se publica cada basura. Lo que cuenta es estar bien relacionado. Ya me han prometido algo. Sukhotin lo arreglará todo…

—Mishka —le dije—, deberías repasarlo; no hay una sola tachadura…

—¡Al diablo con eso! Ya habrá tiempo para nacerlo. En casa, ¿sabes?, se ríen de mí. Rira bien qui rira le dernier. Yo no digo nada. Ya veremos lo que pasa de aquí a un año. Vendrán arrastrándose…

La botella estaba casi vacía.

—Mishka, deja de beber.

—Necesito algo que me estimule. Anoche fumé cuarenta cigarrillos. —Sacó un cuaderno grueso, muy grueso. Yo contemplé la idea de decirle que me lo dejara para leerlo yo. Pero al ver su pálida frente, donde asomaba una vena hinchada, y la triste corbata hecha un nudo, le dije:

—Muy bien, León Tolstoi… cuando escribas tu autobiografía, acuérdate de mí…

Mishka sonrió.

—Desgraciado —dijo—. Ni siquiera sabes apreciar mi amistad.

Me instalé cómodamente y Mishka se inclinó sobre su cuaderno. La habitación estaba silenciosa y en penumbra.

—En este cuento —dijo Mishka— he intentado hacer algo nuevo, algo envuelto en una nube de maravilla, lleno de ternura, de medias tintas, de alusiones… Estoy harto de la brutalidad de la vida…

—Ahórrate los preliminares —dije— y empieza a leer…

Mishka comenzó la lectura. Yo escuchaba con atención. Pero no resultaba nada fácil: el cuento era malo y aburrido. El empleado de una tienda se había enamorado de una bailarina y se pasaba las horas acechando debajo de su ventana. La bailarina se fue y el empleado vio desengañados sus sueños de amor.

Pronto dejé de escuchar. Las palabras del cuento eran insulsas y trilladas, lisas como la pulida madera de un mostrador. No traslucían nada: ni cómo era la bailarina, ni qué clase de persona era el empleado.

Miré a Mishka. Le ardían los ojos, y apagaba los cigarrillos con los dedos cuando aquéllos se iban consumiendo. Su opaco rostro, que la naturaleza hizo desdichadamente estrecho y absurdamente afilado, su protuberante nariz amarillenta y sus gruesos labios rosados se volvían cada vez más brillantes a medida que se iban llenando de la confianza que le infundía su propio gozo creador.

Leía con agobiante lentitud, y cuando por fin hubo terminado, se metió torpemente el cuaderno en el bolsillo y me miró…

—Y bien, Mishka —me aventuré cautelosamente—, esto necesita un poco de reflexión… La idea es original, y la ternura de la historia está muy bien reflejada… pero lo has escrito de una manera que… tendrás que pulirlo un poco, ¿no crees…?

—Me he pasado tres años con esto —contestó—. Hay partes que necesitan algunas correcciones, por supuesto, pero en conjunto…

Algo en mis palabras había dado en el blanco. Le temblaban los labios. Agachó la cabeza y encendió un cigarrillo con dificultad.

—Mishka —le dije—, lo que has escrito es maravilloso. Todavía te falta técnica, pero ça viendra. ¡Dios mío, qué de cosas tienes en esa cabeza!

Mishka se volvió y me miró como un niño: sus ojos desbordaban cariño y brillaban de felicidad.

—Salgamos —dijo—. No hay quien respire aquí.

Las calles estaban oscuras y en silencio. Mishka me apretó la mano:

—Tengo talento, estoy absolutamente convencido. Mi padre se ha empeñado en que encuentre un empleo. Yo, como si nada. Pero en el otoño me voy a Petrogrado. Sukhotin se encargará de todo.

Hizo una pausa y encendió un cigarrillo con la colilla encendida del anterior. Luego prosiguió más lentamente:

—A veces estoy tan inspirado que me siento a punto de estallar. Entonces sé que lo que hago está bien. No puedo dormir; todo el tiempo tengo pesadillas y me encuentro muy mal. Doy vueltas en la cama durante tres horas antes de conciliar el sueño, y por la mañana me despierto con un espantoso dolor de cabeza. Sólo puedo escribir de noche, cuando todo el mundo se ha ido a dormir y la casa está en silencio. Entonces me siento arder. Dostoievski escribía por la noche, bebiendo té junto al samovar, pero yo tengo mis cigarrillos… Tendrías que ver el humo que hay en mi cuarto…

Llegamos a su casa. La luz de un farol le dio en la cara e iluminó las delgadas facciones, donde brillaba una ansiosa felicidad.

—¡Ya verán quiénes somos, maldita sea! —exclamó, oprimiendo mi mano con más fuerza—. En Petrogrado todo el mundo consigue lo que busca.

—De todas maneras, Mishka, tendrás que trabajar… —dije yo.

—Sashka, amigo mío —replicó él, con una sonrisa de condescendencia—, no soy un estúpido. Sé cómo son las cosas. No te preocupes; no voy a dormirme sobre los laureles. Vuelve mañana, y le echaremos otra ojeada.

—Muy bien —dije yo—. Aquí estaré.

Nos dimos las buenas noches y volví a mi casa. Todo aquello era muy deprimente.

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