viernes, 7 de agosto de 2020

El próximo lunes, de Juan Madrid

 


Leo tenía cincuenta y cinco años y era camarero en el restaurante del Hotel Sur desde hacía quince años. Todos los lunes, su día libre, solía ir al cine de su barrio. Además de los lunes, Leo tenía derecho a otro día libre a la semana, pero el administrador del hotel, el señor Dueñas, le había pedido que acudiese a trabajar. Se lo pagaban aparte, como horas extras, y aquello representaba un ingreso suplementario que le venía muy bien.

Los lunes se levantaba tarde, vestía un pantalón deshilachado y una camisa vieja, y con sus herramientas arreglaba los pequeños desperfectos de la casa: sillas que se movían, grifos que goteaban, los enchufes de la luz o la cisterna del retrete. Mientras, le gustaba pensar en la película que iría a ver después.

Leo estaba convencido de que ser camarero no era fácil. Y se refería a ser un auténtico camarero. No como esos chicos jóvenes de las hamburgueserías, ni de los bares de copas, ni siquiera como su hijo Javier, que acababa de ser ascendido a jefe de sección en la cafetería del Vips de la calle Fuencarral.

Eso era lo que pensaba Leo sobre su profesión y se lo decía a su hijo y a su mujer aquel lunes, a la hora de la cena en su casa. Él quería lo mejor para su hijo. Quería que fuese un buen profesional.

—Cualquiera no sirve para esto, Javier. Un camarero se hace con el tiempo, con el trabajo. Yo me formé en el Savoy, cuando era maître Monsieur Gastón, que me decía: «Leo, para camarero no vale cualquiera.» Y no es sólo la prestancia, el saber estar, ir limpio, aseado. Es otra cosa.

Leo quería a su hijo de verdad y estaba orgulloso de él. Cuando era niño lo sacaba a pasear, le contaba cuentos, lo miraba en la cunita dormir y se emocionaba. Siempre quiso lo mejor para él. Por eso, cuando supo que lo habían ascendido en el trabajo, se llenó de sincera y legítima alegría.

—Mira, Javier —seguía diciéndole a su hijo—, no debes agarrar el tenedor de ese modo, se pincha el trozo de carne y se corta alrededor, el cuerpo recto, los codos pegados. Y no se agacha uno hacia la comida, sino al revés, se lleva la comida a la boca.

Le dio la impresión de que Javier no le escuchaba. Miraba la televisión y continuaba llenándose la boca de carne.

—Un día te voy a llevar al Savoy, creo que todavía se acuerdan de mí. De mi época deben de seguir Atarés y, quizá, Venancio. ¿Te acuerdas de Venancio, María? —le preguntó a su mujer.

—¿Quién? —le contestó ella—. ¿Venancio? ¿Qué Venancio?

—Vino a nuestra boda, te tienes que acordar. Era muy moreno, con la nariz un poco aguileña, muy gracioso él. Era de Jaén, un buen chaval. ¿Te acuerdas?

María no se acordaba del compañero de su marido que acudió a su boda veinticinco años atrás. Y añadió:

—Se te va a enfriar el filete. Y frío no hay quien se lo coma. Después hay manzanas.

—Entonces yo debía de tener tu edad, Javier, poco más o menos, y me acuerdo de que Monsieur Gastón me mandó llamar y me nombró segundo maître sustituto. Yo no me lo podía creer, porque pensaba que el puesto se lo darían a Venancio. Aún me acuerdo.

Estaban dando las noticias en la televisión y Leo se calló y continuó comiendo. Esperó a que comenzaran los anuncios. Entonces siguió:

—Ya está, podemos ir los tres al Savoy a celebrarlo. —Dejó el cuchillo y el tenedor apoyados ligeramente sobre el borde del plato—. ¿Qué os parece? Seguro que nos invitarán a tomar algo. No nos costará nada.

—¿Y qué vamos a pintar en el Savoy? —contestó su hijo.

—El Savoy era el mejor sitio de Madrid en mis tiempos, el más elegante. Cuando yo tenía tu edad, Javier, cualquier camarero era capaz de dar su brazo por trabajar con Monsieur Gastón. ¿Sabes lo que nos decía? Pues nos decía que se puede hablar mientras se come. No es falta de educación. Lo que no hay que hacer es llenarse la boca de comida y liarse a hablar. Eso no. Lo peor es enseñar la comida en la boca. Eso nos decía. Porque yo he visto mucho. Ser camarero de un restaurante de lujo es mejor que ir a la universidad, se aprende más sobre la gente viéndola comer que estudiando un montón de libros o acudiendo a esos cursillos de formación que os dan en el Vips.

—Los traen de Estados Unidos, en inglés, y los traducen aquí —contestó Javier, sin dejar de ver la tele.

—Pues a mí me gustan los Vips —añadió su mujer—. Hay de todo, aunque muy caro.

Él se alegraba sinceramente de que su hijo Javier, a los veintitrés años, hubiese ascendido de dependiente a encargado de cafetería. Le esperaba un buen futuro.

Pero si él pudiera, si fuese jefe del Estado o algo así, crearía unos cuantos restaurantes especiales, donde sólo fuera gente que supiera distinguir a los buenos camareros. Esos restaurantes estarían atendidos sólo por una élite de camareros, la flor y nata de la profesión, que les enseñarían el oficio a los más jóvenes. Eso sería un mundo perfecto y ordenado.

En su época del Savoy había visto a gente rica pero sin clase. Gente elegante con mujeres hermosas, bien vestidos, pero gente que siseaba, que chascaba los dedos para llamar a los camareros, para llamarle a él, a Leo.

Y, sin embargo, era suficiente con una mirada. Monsieur Gastón opinaba que para un buen camarero, un camarero como él, como Leo, formado en el Savoy, en una época en que ser camarero no era ninguna tontería, era suficiente con que el cliente te mirara. Entonces se acudía a la mesa. Había que estar atentos a las miradas del cliente, solía explicar Monsieur Gastón.

Basta con una mirada, pensaba él.

—Podemos ir los tres al cine y después… Bueno, después podríamos ir a… a cualquier parte a celebrarlo. ¿Qué os parece el Savoy?

Leo continuó masticando. Aguardó a que volvieran los anuncios.

—¿Qué os parece? —repitió.

María, su mujer, le contestó:

—Tenemos televisión. ¿Para qué ir al cine? Además, en el cine me duermo.

—No digas eso, mujer. Te dormiste una vez, nada más.

—No, me duermo siempre en el cine. Me gusta más la tele. Y para qué tenemos televisión, ¿eh? Para verla, ¿no? No hace falta salir a ninguna parte.

—¿Y tú, hijo? Podemos ir al cine. Ponen esa que anuncian en la televisión, Sola en la oscuridad, y después tú y yo podíamos ir por ahí a celebrarlo. ¿Te apetece? Yo invito.

Javier se encogió de hombros.

—Me parece que no voy a ir. Es muy tarde.

—Dentro de poco esa película que vas a ver la pondrán en la tele. Son ganas de tirar el dinero.

Aquella noche Leo se acomodó en la butaca en la oscuridad y se sintió muy bien, muy feliz. Le embargó una sensación de paz y tranquilidad. Había muy poca gente en el cine. Eso era lo que más le gustaba. En el cine podía pensar y sentirse extrañamente pleno. Era una sensación que no podía definir.

Se recostó en la butaca. No tenía nadie delante, nadie al lado que le rozara ni que invadiera su lugar con el codo. La sala estaba medio vacía. Distinguió apenas seis o siete cabezas diseminadas en las butacas de atrás. Él prefería sentarse delante, en las primeras filas, así se aseguraba de que nadie se sentaría a su lado.

Empezó la película y cuando vio a la protagonista que caminaba por la calle rodeada de gente anónima, escuchó algo. Creyó descubrir que la mujer que se sentaba al final de la fila de atrás lloraba en silencio. De pronto, le sugestionó la idea de consolarla, decirle: señorita, se lo ruego, no llore, se lo suplico, no merece la pena, la vida es bella. Y no crea que me molesta que llore, a mí no me molesta, no es ninguna falta llorar, pero no llore. Todo tiene solución.

Quizá le dijese lo que le dijo una vez Monsieur Gastón, cuando él era joven, en el Savoy: «Mira, Leo, cuando las cosas vayan mal, cuando no haya salida, saca de la manga la carta que tenemos escondida, porque todos tenemos una carta escondida cuando viene la mala.»

Aquél había sido uno de los mejores consejos que había recibido en su vida. Afortunadamente, él nunca tuvo necesidad de aplicar el consejo que le dio Monsieur Gastón. Tenía trabajo, salud, todavía era joven, su hijo comenzaba una prometedora carrera profesional y él y su mujer aún se querían.

Pero el mundo estaba lleno de gente desgraciada, gente sola. Como esa mujer a la que escuchaba llorar en silencio.

Era un lloro profundo, un llorar que provenía de la parte más insondable del alma. Enseguida se dio cuenta de que debía de encontrarse sola, muy sola, y que lloraba por eso, por simple soledad.

Pero ¿cómo decírselo? ¿Cómo hablar con alguien que llora? La mujer lo tomaría por lo que no era, un ligón de esos que van al cine a buscar mujeres solitarias. No podría explicarle que él no era de ésos. Era sólo un hombre que se sentía feliz, tranquilo y dispuesto a dar un consejo a un semejante. Quizá la chica no lo comprendiese. Y le embargó una extraña congoja. Tuvo unos deseos enormes de hablarle. Ahora sentía que podía dirigirse a ella con naturalidad, preguntarle cómo se encontraba. Le confesaría que la había escuchado llorar y que lo único que deseaba saber era si se sentía bien. Estaba convencido de que la chica no se molestaría por eso.

Pero la sala estaba oscura y tuvo que admitir que si se levantaba y se sentaba a su lado, podía molestarse. Lo mejor sería hacerlo despacio, primero acercarse tres o cuatro asientos y luego…

A pesar de la oscuridad estaba dispuesto a afirmar que era bonita, muy bonita, de esa forma dulce y sin estridencia que tienen algunas mujeres que no saben que son bonitas y que actúan como si no lo fueran.

Se sentó en el asiento próximo a ella.

Llevaba una rebeca azul, una falda clara por debajo de las rodillas y se retorcía las manos en el regazo. Había inclinado la cabeza sobre el pecho y la sacudía imperceptiblemente por los ahogados sollozos. Su cabello era castaño claro, casi rubio. De niña debía de haber sido rubia.

Debía de vivir por el barrio para meterse sola en el cine, en la sesión de noche. Quizá tuviese la misma costumbre que él, aunque estaba seguro de que no la había visto antes.

Sin ningún motivo deseó con todas sus fuerzas que ella girase el rostro y se encontrara con el suyo. Entonces sería más fácil. Comenzó a invadirle una inmensa tristeza, como si intuyera la pérdida inevitable de un ser querido.

Continuó escudriñándola inútilmente, hasta que decidió que para hablarle tenían que encenderse las luces.

No sabía de dónde le había surgido esa seguridad. A lo mejor era intuición, pero era como si lo hubiese presentido. Nunca había estado tan seguro de algo.

Ella esperaba que él le hablara.

Lo haría después. La película iba a terminar, de modo que se levantó y salió del cine con el corazón latiéndole muy fuerte en el pecho.

Se apostó en el vestíbulo, en el lugar donde estaban los carteles de la película, y aguardó a que ella saliese. El corazón no dejaba de golpearle el pecho. Ahora estaba seguro de que le hablaría.

No tuvo que esperar mucho. Las luces del vestíbulo se encendieron y el portero abrió las puertas de la calle de par en par. Tuvo que morderse los labios para que no le traicionase la emoción.

Primero salió un muchacho que parpadeó, bostezó y se marchó acera adelante con las manos metidas en los bolsillos. Después lo hizo una pareja madura de más o menos su edad. La mujer era gorda y vestía un abrigo morado de entretiempo, fuera de moda. El resto de los espectadores salió enseguida. Contó dos hombres en la treintena, dos chicas muy jóvenes que se reían cogidas del brazo y un viejo que tosió dos veces antes de perderse calle abajo.

El portero iba a cerrar. Se acercó a él.

—Perdone —le dijo—. ¿No ha quedado nadie en el cine?

—Pues no, han salido todos. —Se quedó mirándole—. A veces se queda alguien dormido, pero hoy no. ¿Busca a alguien?

—Bueno —dudó unos instantes—. Se trata de mi sobrina, me dijo que iba a venir este lunes. Suele venir todos los lunes o casi todos. Tiene el pelo castaño, casi rubio, y debe de tener alrededor de treinta años.

El portero volvió a observarlo con atención.

—Lo siento, pero yo no me fijo en la gente.

—Claro, perdone y muchas gracias.

—De nada.

Entonces la vio. Era la taquillera. Leo se retiró unos pasos, salió a la calle y cruzó la acera. No se decidió a marcharse, como si esperase que ella, súbitamente, se diera cuenta de que la estaba buscando y tomara la decisión de dirigirse a él.

Distinguió al portero y a la taquillera mientras echaban el cierre y ponían los candados. Luego se alejaron juntos calle arriba, en silencio.

Miró el reloj y decidió que podía ir al Savoy, todavía estaría abierto. Era muy posible que los últimos clientes aún no se hubiesen marchado, apurando sus últimas copas. De todas maneras, aunque ya no hubiese clientes, él sabía que los camareros permanecían siempre en el local un poco más antes de cerrar. Era costumbre charlar entre ellos, fumar un cigarrillo y comentar lo sucedido durante la jornada.

Apretó el paso hacia la parada de taxis. Estaría en el Savoy en diez minutos. Se alegró al pensar en la sorpresa que les daría a sus viejos compañeros, tantos años sin verlos. Seguro que se alegrarían. En aquellos tiempos en los que él era segundo maître sustituto, se llevaba muy bien con ellos, todos bromeaban y se contaban cosas al terminar la jornada.

Al llegar a la parada de taxis se detuvo, indeciso. Los tiempos habían cambiado mucho y, quizás, encontrase el Savoy cerrado. Incluso podía suceder que Venancio y Atarés, los únicos que quedaban de aquellos tiempos, ya no trabajasen allí. Lo mejor sería llamar antes por teléfono, cerciorarse y organizar una cita de viejos amigos. Sí, eso haría, sería lo mejor.

Dio media vuelta y rehizo el camino a su casa, contento por la decisión que había tomado. Llamaría por teléfono. No pasaría del próximo lunes.

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