lunes, 3 de junio de 2019

El Miedo del lago, de Oswell Blakeston


 I

—SINCERAMENTE, no creo que tengamos derecho a correr ese riesgo.

Las manos de Helga, largas y finas, dibujaban una curva sobre el arco de la chimenea encendida; la carne de sus dedos era translúcida, dorada y clásica.

—Pero ¿cómo puedes metamorfosear los cuentos de una vieja niñera en una amenaza?

—Pues sí —contestó ella—. ¿Por qué si no iba a ofrecerte Martin la casa para que te quedaras en ella todo el tiempo que quisieras? Oh, sí, ya sé que sois viejos amigos del colegio, pero también conozco un poco la forma de ser de Martin. Estoy segura de que ya no soporta estar allí. Ronnie, por favor, ¿por qué te da vergüenza ser un poco razonable en lo que se refiere a Christine?

—Helga, querida, borra la palabra «razonable» de tu vocabulario. Martin compró la casa hace poco más de un año. Ha vivido allí un año exacto, y ahora lo que quiere es probar suerte en Londres. Así que, muy «razonablemente», le ofrece la casa a un viejo amigo que sabe que se lo va a pasar en grande cazando y pescando, y, ¿sabes, Helga?, eso es justo lo que voy a hacer.

—Pero él te advirtió, Ronnie…

Dejó escapar un suspiro, pero sin ninguna afectación dramática, de puro y simple cansancio. Llevaba casada con Ronnie tres años y no le extrañaba que estuviera sorprendido de no haberla podido doblegar a su voluntad. Pocas mujeres habrían sido capaces de soportar la fría violencia que emanaba del orgullo de Ronnie Graham. Tal vez si se hubiera humillado en un principio, él la hubiese permitido escapar, pero, a aquellas alturas, sabía perfectamente que aunque dispusiera de recursos económicos para independizarse, aunque hubiera tenido amigos que la acogieran en su casa, nunca escaparía del dominio del agrio resentimiento de Ronnie.

—De acuerdo —comenzó a decir en un tono tan conciliador como escéptico—, nosotros dos nos vamos, pero Christine debe quedarse aquí en Londres.

Él se dio una palmada con ambas manos en las rodillas. Se inclinó hacia delante y clavó en ella aquellos ojillos que, antaño, cuando la desesperación hacía flaquear la disciplina, habían dado a sus hombres órdenes más imperiosas que el cañón del revólver de cualquier otro oficial.

—¡Christine vendrá con nosotros!

—¡Ronnie!, ése es el único detalle en el que te pido que me complazcas: el hecho de que Christine no esté con nosotros no va a estropear ni la caza ni la pesca.

Tuvo que apartar la vista de él y mirar hacia otro lado. Aquel súbito arrebato de furia le parecía aún más indecente que el salvaje resentimiento que revelaba su extraña forma de hacer el amor.

—Es que ese detalle, como dices, es más importante de lo que parece. Porque si doy mi brazo a torcer en esta cuestión no habré hecho más que estimular todas tus futuras tonterías. Y ya no tendré la menor garantía de que tus ridículas supersticiones no vuelvan a arruinar cualquier plan que haga para mi distracción. Ya puedes ir diciéndole a la niñera que está todo hablado y que Christine se viene con nosotros.

—Pero ¿por qué —preguntó ella con labios temblorosos— siempre has de hacer de tu orgullo una especie de número de circo?

Él se levantó de un brinco y salió de la habitación.

Ella se llevó la mano al pañuelo que llevaba echado sobre los hombros. Empezó a retorcerlo sin darse cuenta y las pulseras cayeron resbalando por su brazo hasta el codo.

II

—¡Pues claro que Christine ha de estar inquieta! —pontificó Ronnie—. Ha sido un viaje muy largo para una mocosa de dos años: hasta tú misma, Helga, has de ver que es absurdo invocar razones psíquicas para un caso tan evidente de agotamiento nervioso.

Los guijarros crujían bajo las pezuñas de los caballos. La niñera estrechaba fuertemente a la niña en sus brazos sin atreverse a decir una sola palabra. Helga contemplaba las aguas del lago, negras y turgentes bajo aquella luz del atardecer; era como si un poco de aquella agua, densa y oscura, hubiera penetrado ya en sus pulmones y la ahogara. Su marido había cogido un cigarrillo de su pitillera; en vez de encenderlo lo había partido en dos y ahora lo llevaba sujeto entre los dedos con gesto crispado, como si se tratara de uno de esos conjuros, que él tanto despreciaba, contra los malos espíritus.

El carruaje hizo saltar chispas de la gruesa grava del camino al tomar una curva muy pronunciada, y la casa apareció ante sus ojos. Helga creyó ver que la niñera tapaba de pronto la cara de la niña. Era una casa pequeña, de planta cuadrada y pintada en tonos grises. A sus espaldas se extendía un verde y sombrío pinar, donde parecía que la luz del sol nunca entraba a contrarrestar la humedad. Tampoco parecía, por su aspecto, que la opaca superficie del lago reflejase nunca la menor luz.

Una mujer ya mayor, con cabellos muy hermosos y plácida mirada, salió a dar la bienvenida a los forasteros.

—Mi hijo les ayudará con el equipaje —anunció.

Helga vio a un mozalbete de unos dieciocho años recostado con expresión bobalicona contra el marco de la puerta. Volvió a mirar a la mujer y observó que llevaba un vestido de encaje ya muy pasado de moda.

—¡Ven aquí en seguida! —ladró Ronnie al muchacho—. ¡Si ustedes no se despabilan un poquito, habrá que ir viendo cómo nos las apañamos!

Helga se sintió avergonzada, aunque sabía que no era sólo la falta de educación lo que hacía hablar a Ronnie de un modo tan grosero. Salió en defensa del muchacho y de su madre, y le recordó algo:

—No te olvides de lo que Martin nos advirtió.

Luego entró en la casa y subió al primer piso a inspeccionar las habitaciones. Christine estaba agotada. La niñera descolgó un espejo de una de las sombrías paredes y lo metió entre las sábanas de una de las camas. Cuando lo sacó estaba empañado por una delgada película de humedad.

—Sí, ya sé —le dijo Helga intentando animarla—, no te preocupes, no nos quedaremos aquí mucho tiempo. Mientras tanto trata de no preocuparte demasiado. Christine y yo podemos dormir en esta habitación que da a la parte de delante. ¡Mira, hay una cuna para ella! Tú puedes dormir en el piso de arriba. Si estás al lado de esa señora tan agradable no te pondrás tan nerviosa. Y el señor puede dormir en la habitación que está detrás de la mía. Ahora corre abajo y trae una botella de agua caliente para caldear la cuna.

Mientras la niñera salía con paso medroso, cogió a Christine en sus brazos, empezó a hablarle en voz baja y se puso a dar vueltas por la habitación. Se asomó a la ventana y vio a su marido inspeccionando una batea que estaba amarrada en las aguas poco profundas del lago. No parecía muy satisfecho con la embarcación, como si temiese que pudiera tener algún serio defecto que no se apreciaba a simple vista.

III

Fue dos noches después cuando Helga se despertó presa del pánico, y siguió echada aún un rato en la cama creyendo que se ahogaba. Al principio se sintió angustiada por una pesadilla, pero cuando objetivó sus terrores, se levantó y se acercó a la cuna. Christine dormía, aunque sus manitas se agitasen con un ritmo de protesta infantil. La madre cogió a la niña en sus brazos, luego se dio la vuelta y vio una figura en el umbral.

—¡Ay, Ronnie…!

Estaba junto a ella. Mientras un reloj daba dos tersas campanadas creyó tener una ilusión: aquél era el hombre fuerte y seguro del que antaño había estado enamorada. Tenía la cabeza echada hacia atrás tratando de localizar de dónde venía un sollozo infantil que se oía como en sordina. El sonido no parecía venir de ningún sitio concreto, pero se filtraba como un terror difuso en cada átomo de la conciencia. Helga miraba cómo la cabeza de su marido giraba instintivamente con un movimiento circular.

—¡Ronnie! Eso es contra lo que Martin nos previno.

—El fantasma materializado de algún infante difunto, ¿no?

—Ronnie, por favor, no te burles.

—¿No serán tus nervios, Helga, los que creen ver fantasmas por todas partes?

—No sé, Ronnie, no sé. Pero después de esto, ¿por qué no nos sacas de aquí, Ronnie? …por favor.

La ilusión se había desvanecido: volvía a ser aquel hombre cuyo orgullo ella tanto detestaba.

—Debe de ser esa condenada guardesa que está haciendo alguna de las suyas. Tú quédate aquí. Voy a ver de qué demonios se trata ahora.

Helga se quedó atónita ante el milagro que veían sus ojos: Christine no se había despertado. Oyó a Ronnie golpear la puerta de la habitación de la madre y del hijo en el piso de arriba, y luego llegó a sus oídos el llanto nervioso de la niñera. Después, sola y desesperada, Helga se quedó escuchando las sonoras zancadas que daba Ronnie paseándose por la casa, y, finalmente, le oyó abrir de golpe la puerta principal y salir con paso marcial a proseguir aquella búsqueda que le estaba poniendo tan furioso. Pensó que la niñera debía de estar demasiado aterrorizada para bajar a reunirse con ella.

IV

Los días transcurrían llenos de tedio. Helga trató de distraerse dando paseos, pero era tan difícil encontrar puntos de referencia en aquel paisaje amorfo que siempre acababa tomando un sendero equivocado que la conducía de nuevo a casa. Ronnie proveía de pescado y aves silvestres; cocinada de un modo sencillo era una comida fresca y deliciosa, pero ninguno tenía demasiado apetito. La niñera estaba al borde de un colapso nervioso.

Un día Helga tuvo la sensación de que aquel lugar empezaba a emplear métodos intolerables para atraer su atención sobre el horrible fenómeno que a veces tenía lugar por las noches. Cada vez que miraba al otro lado del lago le parecía que la margen opuesta se veía con menos nitidez, envuelta siempre en una especie de velo neblinoso que se iba espesando con los días. Hasta los pinos parecían ir perdiendo su verdor y fundirse lentamente en la grisura del conjunto. Era como si un ser invisible fuera cogiendo día a día elementos del paisaje y los colocara en un estante en lo alto, fuera del alcance de la vista. Ya no pudo volver a conciliar el sueño por las noches.

V

Al cabo de dos semanas, Helga empezó a percatarse de un curioso cambio: los lloros sonaban cada vez con menos frecuencia y no eran ya tan insistentes. En un proceso paralelo la salud de Christine empezó a decaer ostensiblemente. Su piel tenía una temperatura febril y aparecía llena de escaras. Pasaba durmiendo muchas horas seguidas, y durante aquella especie de comas, agitaba sus puñitos en ademán de protesta.

Al fin Helga se dio cuenta del inexpresable horror con el que tenía que enfrentarse. ¡La voz del niño fantasma se oía cada vez con menos fuerza porque aquel ser se estaba nutriendo de la vida de Christine!

Se lo contó a Ronnie.

—¡Válgame Dios! —exclamó éste—. De todas tus historias de vieja solterona, ésta es, si cabe, la más ridícula que he oído. ¡Te estás volviendo completamente loca!

—¡Ronnie!, explica el estado de Christine como te plazca, di que son los efectos de la humedad del lago, pero a menos que quieras matarla realmente, debes llevártela de aquí. Y no querrás que muera, ¿verdad, Ronnie?, porque eso daría a tus amigos mucho que hablar.

No captó el insulto que encerraban sus palabras. Se limitó a morderse el labio.

—¡Muy bien, nos iremos todos!

—Oh, gracias… Ronnie… gracias.

—Nos iremos, Helga, pero no hasta dentro de una semana.

Se agarró a él con todas sus fuerzas:

—Pero la niña puede morir mientras tanto.

—Dentro de una semana, Helga —se dio media vuelta y se puso a mirar por la ventana.

Helga salió de la habitación. Se encontró con la guardesa que estaba cortando unos tallos de salvia delante de la puerta de la cocina. Se recostó contra el muro y sintió que le faltaba el aire. La otra mujer no hizo el menor gesto y siguió con su tarea. Helga sabía que la ropa que se ponía y las joyas que lucía en su cuello a veces por las noches eran vistas por la guardesa casi como un agravio personal.

—Dígame, ¿por qué se ha quedado a vivir en este sitio?

—El trabajo escasea, y así puedo ganarme la vida y sacar adelante a mi hijo. No crea que hay mucha gente dispuesta a aceptar un trabajo como éste.

Se agachó para coger un ramito de tomillos, y a Helga le pareció que inclinaba la cabeza para ocultar una mueca.

—¿Pero su hijo?

—Él es ya mayor y no tiene nada que temer.

La mujer se enderezó y se marchó hacia su cocina.

Los ojos de Helga se empañaron de lágrimas. No podía esperar la ayuda de nadie. Debía luchar contra aquella maldición ella sola. Puesto que aquel ser codiciaba la vida de Christine debía de ser algo maligno y de nada serviría implorarle. Era maligno y también pequeño, pues no se atrevía a atacar a nada ni a nadie que fuese más grande que él. El hijo de la guardesa era ya demasiado mayor y debía darle miedo. Pero si un adulto decidiera entregarle su vida, tal sacrificio ¿no habría de satisfacerle mucho más que la vida de un niño pequeño, y por mucho más tiempo?

VI

Cuando sacaron del lago el cuerpo sin vida de la mujer de Ronnie, éste observó que el vestido que llevaba estaba desgarrado en jirones muy finos. Se felicitó a sí mismo porque la batea, que nunca le había inspirado demasiada confianza, no le hubiera dado algún susto en una de sus excursiones por el lago. De lo contrario, se habría dejado la piel de las piernas hecha tiras en el alambre de espino que debía de acechar en algún sitio bajo su superficie. La guardesa, inclinada sobre el cadáver, hizo notar a su hijo que sólo unas manos muy menudas podían haber desgarrado el vestido de aquella forma.

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