miércoles, 13 de mayo de 2020

El restorán de siempre, de Márgara Averbach


Hacía tanto que no venía
, me dice y da una vuelta en redondo antes de sentarse.
(El movimiento era demasiado grandilocuente para este restorancito de barrio, vos me entendés. No me gusta el escándalo y todos nos miraron, pero la perdoné, sabía que este lugar la movía por dentro).
Atrás, por ejemplo, dice al principio, justo ahí, al lado de la ventana. Ahí me senté una vez.
(Así empezó la última cena. Toda una lección sobre el tiempo y el espacio, sobre lo mal que hacemos en creer que son dos cosas diferentes. Yo creo que es imposible separarlos. Son, si son juntos. Esa noche, ella me contó el restorán. Estas mesas, me contó. Estos mozos. Esta luz no del todo brillante, estos cuadritos con fotos desvaídas en blanco y negro, estos manteles celestes y blancos).
Allá atrás, dice. Ahí, en la mesa de la ventana, la despedida de Nita. Y después, desde que se fue a Misiones, nada. Ya sabés, Nita no tiene Facebook, no manda mails. No llama por teléfono. Y yo ya me cansé. Hace meses que dejé de intentarlo. El día que vinimos por última vez, yo sabía que esto iba a pasar, la conocía bien: es de las que se pierden. Se fue a Misiones y listo… Raro cómo una ve el futuro con claridad, sobre todo cuando es malo… Lógico, este siempre fue mi restorán. Desde siempre, creo, desde que era chica. Pero en ese almuerzo con Nita me senté en la ventana por primera vez. Justo frente al parque.
(La primera vez. ¿La última? Tal vez, supuse yo ese día. Afuera llovía. Hacía un minuto habíamos entrado corriendo desde la parada del colectivo. Yo tardé un rato en recuperar el aliento).
Le pregunto cuándo fue eso.
Para la crisis, dice ella. Consiguió un laburito en Posadas. No volvió nunca. Volver siempre es difícil.
(Silencio).
Allá, al lado de la pared, frente al espejo, dice ella después; yo estoy muda, todavía no me atrevo a hablar y ella no hace preguntas, ahí, me separé de Walter. Bah, no sé, para mí no era una separación. Nada tan grave. Para él, sí, creo. Se le llenaron los ojos de lágrimas cuando se lo dije: Basta, Walter, no tiene sentido llorar. Le dije que le estaba haciendo un favor. Él miraba las palmeras del parque por encima de la cabeza de la mujer sentada en la mesa de la ventana. Te digo: era verdad que lo hacía por él. No sé si sabés pero Walter tenía un metejón grande conmigo. Y yo, vos me conocés, a mí no me gusta estar sola. En eso, soy como vos. Quería estar en pareja y me equivoqué: le dije que probáramos a ver si al final yo empezaba a quererlo. Walter era especial. Me venía a buscar. Me hacía regalos. Me quería. Lalo me quiere, sí, por ahí más que Walter, no sé, es mucho tiempo ahora, y además, yo lo quiero a él, claro, pero Lalo no lo dice, no lo demuestra, se olvida de las fechas. ¿Regalos? Los compra el último día o me pide que me los compre yo. Walter era todo lo contrario. Pero a mí, no me pasaba nada con él. Nada. Así que lo traje a comer y le dije que mejor la cortábamos.
(Nos quedamos calladas. Yo abrí la boca para empezar con lo que había venido a decirle, para empezar a decir algo sobre la razón de ese encuentro. Pero ella ya estaba contando de nuevo. Le hacía falta contar. Mejor al final, pensé yo).
Allá, donde está el mozo alto, el canoso, dice y gira un poco para mostrarme, ahí nos sentamos una vez por el cumple de papá. El último, creo. Veníamos siempre. El viejo amaba este restorán así que no estoy segura; por ahí me confundo. Por ahí, no fue el último. Y si fue, igual no sabíamos que era el último. Nosotros no. Por ahí él tampoco. No sé. Ni siquiera estaba enfermo. Seguía haciendo trabajitos de contabilidad.
(Yo hice que sí con la cabeza. Me daba miedo decir algo. Conocí al viejo. En los tiempos de la facultad, ella y yo nos pasábamos horas en su casa. El aire era blando y fácil detrás de esa puerta. No había gritos. Parecía un lugar tanto mejor que el mío. La verdad es que en ese momento, yo quería que cambiáramos de tema. No me gusta hablar de su padre. Pero no me atreví a decírselo).
En ese cumpleaños, los mozos le regalaron una pipa. Blanca era. No sé adónde fue a parar. Mi viejo fumaba en pipa, ¿te acordás?
(Yo me acordaba).
Él la vio y sonrió. Parecía tan contento. Por ahí ese no fue el último cumpleaños, no sé. Le pidió a uno el delantal ese que usan, negro con rayas rojas, se lo puso, levantó una bandeja vacía, se fue hasta el mostrador y sirvió dos platos en otra mesa. Lo hacía bien. Demasiado bien. Yo lo miré y me di cuenta: mi viejo tenía que haber sido mozo alguna vez. Y hasta ese momento, yo no lo sabía. Después le pregunté a mamá y me dijo que sí, que claro que fue mozo, ¿qué? ¿no te lo contó? Yo pensé que la próxima que lo tuviera a tiro, le iba a preguntar a él cuándo y dónde. Pedirle que me contara por qué lo había dejado. No tuve tiempo. Ahora ya no lo voy a saber nunca. Yo toso y me levanto. Voy al baño, digo.
(No quería hablar del viejo, ¿entendés? Del viejo, no. Tardé todo lo que pude en ese cuartito desangelado y frío del fondo donde nunca hay papel. Después, tuve que volver, claro. No le había dicho nada todavía).
“Tenemos que hablar”, digo antes de sentarme de nuevo. Ella no me escucha.
¿Te acordás del viaje a Europa que me pagaron en el laburo?, dice. Cuando me lo confirmaron, vine directamente acá, solita, y me senté ahí, justo en el medio y pensé: ¡¡ Me voy a España!! Siempre había querido ir a Europa…
(En cambio, yo nunca salí del país, pensé. Ni siquiera desde que Laura vive en México. Nunca).
Pero aprovecho y digo: “Eso es lo que voy a hacer yo ahora. Irme”. Y la miro y respiro hondo.
(Ahí viene, pensé. Pero no. Ella seguía sin escucharme).
Me gustaría seguir teniendo ese trabajo, fue el mejor que tuve en la vida, dice, pensativa. Brindé ahí…, en la mesita esa, con sidra. Vinieron los mozos a tomar algo conmigo. Me mira de frente, un segundo, y yo pienso, Ahora sí. Antes de que ella pueda empezar de nuevo, estiro el brazo y le aprieto la mano sobre la mesa. “Me voy”, digo. “Me voy en dos fines de semana”. Esta vez, ella no tiene más remedio que escucharme.
(Oí el ruido que hizo la noticia cuando le golpeó la frente: un golpe sordo, poderoso).
¿Te vas? ¿Afuera? ¿De vacaciones? Te felicito…, la voz todavía alegre.
(¿Vacaciones? Hacía años que no me las tomaba. Una vez, en este mismo lugar, antes de que las dos termináramos la facultad, ella me dijo que las vacaciones le eran absolutamente necesarias. “Es que a vos te acostumbraron”, le dije yo. En casa no íbamos más que al cine una o dos veces por año, para más no alcanzaba. Se lo dije mal, estoy segura. Me dio rabia eso de “indispensables”).
“No, me voy. Me. Voy”, repito, despacio, como se le habla a un chico muy chico. “Me voy del todo, ¿entendés? Laura vive en México... Y ahora que tengo la jubilación… Ella me paga el viaje”. Miro el restorán, despacio, como ella cuando llegamos. Cierro los ojos. Espero una protesta, un pedido, una pregunta. Nada. Cuando vuelvo a poner los ojos en ella, tiene la mirada fija en la puerta cancel; este es un restorancito antiguo, con historia. Después, la voz apenas cambiada, levanta la mano izquierda (la derecha la tenía yo, apretada sobre la mesa) y señala la mesa más cercana al mostrador, debajo de los jamones colgados de la viga.
Allá nos sentamos, empieza.
(Y yo la entendí, ¿sabés? Entendí que la historia que ella iba a contarme no valía por sí misma, como las anteriores, que estaba ahí para que ninguna de las dos pensara en lo que yo acababa de decir. Para borrarlo. Por eso, al principio, no le presté demasiada atención. Después, despacio, la oí hablar de su madre y escuché).
Mamá no venía mucho acá. Ese día la acompañé… Una tontería venir tan poco después de lo de papá. Pero ella me lo pidió. Ella quiso. ¿Acá? ¿Al restorán de él?, le pregunté yo. No…, mamá, vamos al centro. Pero bueno, al final, parece que ella era más fuerte que yo. Se bancó tanto…, mi vieja. Oyó el disparo, subió la escalera. Un día me contó la última mirada que le dedicó él antes de subir, una mirada llena de furia, decidida. Supongo que ya había escrito las cartas. Yo quería que ella se fuera de esa casa. No sé cómo respiraba ahí. Yo no hubiera podido seguir viviendo ahí. Ella no se fue. Nunca. Ni siquiera tiró la silla donde lo encontró. La tiré yo después, cuando ella murió. Pero antes, mucho antes, vinimos juntas. Diez días después de lo de papá vinimos. Pedimos berenjenas a la napolitana y no comimos nada.
Ella mira la mesa en la que comen los mozos muy temprano, antes de abrir. A veces, papá venía a comer con ellos, ¿sabés? Dos años antes de…
“A vos te queda Lalo”, la interrumpo yo. Veo el reproche en ese paso de historia en historia.
(Y bueno, ¿la verdad? En ese momento, yo también me odié por irme. Aunque era cierto que le quedaba Lalo. A mí tampoco me gustaba estar sola y yo no tenía a nadie. Mi matrimonio se había terminado en cuatro años. Y después, Laura se me fue a México… Ella era la que recordaba las mesas compartidas. Yo no tenía muchos recuerdos así. Se lo hice notar, creo).
“A vos te queda Lalo”. Y después, empiezo: “Mirá, mejor te lo digo… Yo siempre quise ser vos”, le digo. “Te me parecías: poca familia, sin pareja cuando nos conocimos. Las dos protestábamos contra la soledad. Y al final, vos siempre tuviste a alguien… Yo no. Me voy con mi hija, sí, ella está sola también… Me lo pidió”.
(Le conté mi envidia, sí. Y no bajé los ojos. La miré todo el tiempo. Pero ella no entendió. Creo que, para ella, era como si se repitiera lo de Nita. Y lo consiguió, claro: me sentí culpable. Con ella enfrente, se me ocurrió que tal vez hacía mal en irme. Mi hija me había dicho que me necesitaba. Siempre pensé que eso es lo mejor que nos puede pasar: tener alguien que nos necesite… Pero la verdad es que también me daba miedo lo de México. Allá no hay restoranes con una historia en cada mesa, no para mí).
Entonces ella se estira, me pone una mano sobre los labios, Shhhh, dice, y me cuenta la última historia. Nunca te lo dije. Pero fue acá. En los malos tiempos. Cuando el país nos pasó por encima. Vos estabas en La Plata.
(Ella y yo no hablábamos de los malos tiempos, eso es lo raro. Como no hablábamos del suicidio del padre. Y ella me lo contó de otra forma: casi como se cuenta una historia ajena. Pero era una historia de terror y a mí el terror no me gustaba entonces, no me gusta ahora que vivo en México y vengo solo de vez en cuando. Yo no podría contar esos tiempos así. Los llevo para siempre en la garganta y los esquivo como esquivo la esquina del barrio donde me escondí en un umbral mientras cinco tipos bajaban de un auto y se llevaban a un viejo que siempre me saludaba desde la galería de su casa).
Ella habla. La interrumpo. Tengo que interrumpirla. Le digo: “Voy a extrañarte, ¿sabés?” Ella sonríe y habla de Facebook, de mails. Vos no sos Nita, dice y después sigue con la historia como si mi viaje no fuera el centro de la charla. Como si Facebook fuera lo mismo que verse en el restorán de siempre. No salía el sol, dice. Y él, él no era Walter. Vos no sabés nada de esto. Nunca te lo conté. Como no hablamos de esto… Hablo de mi primer marido. Porque eso era un matrimonio aunque no tuviéramos papeles. Él trabajaba en una fábrica de vidrio. Era delegado. Vivíamos juntos. Fueron a buscarlo a casa cuando yo no estaba. Me había ido al cine. Me encanta el cine y a él, no le gustaba nada.
(Mientras ella contaba, me pregunté cómo había hecho para seguir yendo al cine. Porque iba siempre. Cómo hacía para volver a la oscuridad compartida en la que se había hundido cuando afuera, le desaparecían la vida. No se lo dije).
No sentí nada, dice ella. En esas dos horas, cambió todo y yo no sentí nada. Miré la película. Era buena. Yo estaba contenta cuando salí. No consigo acordarme de qué película era pero sé que me había gustado. De vuelta, pensé en los planes que teníamos él y yo. Porque teníamos planes, ¿sabés? ¿Adónde van los planes cuando ya no tienen sentido? Volví a casa caminando. Eran diez cuadras, nada más, pero no llegué nunca. Estaba oscuro, noche cerrada y vi las luces de los autos desde la esquina. Vi las armas bajo la luz del farol en la calle. Me quedé inmóvil mientras… Llegué a ver cómo lo sacaban por la puerta. Cuatro. No le vi la cara. Solamente ese cuerpo que conocía de memoria, las piernas enredadas. Supe que era la última vez que lo veía. La última vez que estábamos juntos. Y él ni siquiera lo supo.
(Me dijo eso y me miró a los ojos y yo quería cerrar los míos, desviar la vista, salir corriendo, no sé. Pero aguanté. Le debía eso. Le debía algo y nunca supe qué).
Me di media vuelta y me fui sin correr, despacio, para no llamar la atención. Me fui. Nunca había estado tan despierta, tan concentrada. Quería vivir. No entiendo por qué pero quería vivir.
(Suficiente, pensé yo. Suficiente. Pero la historia todavía no había terminado).
Me vine acá, me dice ella, al restorán de siempre. A esa mesa de allá, la del fondo. Fue una estupidez: quería vivir y vine a un lugar donde me conocían casi tanto como en mi casa. Me senté y pedí canelones. Y me los comí, me los comí todos. Sola, de espaldas a la puerta. No lloré.
(Silencio. Yo no le pregunté adónde fue después. ¿Para qué? Ya no nos quedaban ni tiempo ni palabras. Ya estábamos lejos. Cuando salimos del restorán, ni siquiera nos abrazamos. Yo di diez, doce pasos hacia el Bajo y me di vuelta. La vi caminar despacio hacia la otra esquina. Las historias del restorán caminaban con ella. Pero yo las sentí conmigo y eso me consoló. No sé por qué).

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