martes, 30 de julio de 2019

El barco que vio un fantasma, de Frank Norris

 


En esta historia hay un buen número de cosas que debo callar, pues si llegara a trascender al dominio público qué hacía yo a bordo del carguero de servicio irregular Glarus a trescientas millas de distancia de las costas de América del Sur cierto día de verano, hace ahora algunos años, lo más probable es que me viera obligado a responder al sinfín de preguntas, tan personales como directas, que me habrían de formular minuciosos e impertinentes expertos en derecho marítimo, que cobran un sueldo ni más ni menos que por satisfacer su curiosidad. Y además, por si fuera poco, metería a Ally Bazan, a Strokher y a Hardenberg en un buen lío.

Supongamos que ese mismo día de verano alguien hubiera preguntado en la agencia Lloyds’ dónde se encontraba elGlarus, y cuál era su destino y su carga. Le habrían dicho que había salido de El Callao hacía veinte días, rumbo al norte, en lastre para San Francisco. Que había establecido comunicación con el bergantín Medea y con el vapor Benevento; que, según informes de estos últimos, había estallado el cabezal de uno de sus cilindros, pero que, conservando su capacidad de maniobra, proseguía su rumbo a vela.

Eso es lo que Lloyds’ habría contestado.

Pero, para cualquiera que sepa algo de los hábitos de los barcos y de lo que de ellos se espera, el hecho de que el Glarus se encontrara a unas seiscientas millas al sur de donde Lloyds’ lo suponía, y aún siguiera rumbo al sur a toda máquina, le habría parecido un escándalo de tal magnitud que sus hermanas y hermanos se habrían visto forzados a condenarlo al más absoluto ostracismo de una vez por todas.

Y esto es algo muy curioso. Los seres humanos pueden permitirse un sinnúmero de vaguedades y adentrarse incluso en el campo de la mentira tanto como les plazca, pero basta que un barco responda con una simple evasiva para que, inmediatamente, se haga sospechoso. El menor lapso de «normalidad», la más mínima dificultad en conjugar rendimiento e intuición, y ahí lo tenéis ya: en la lista negra. Y su capitán, armadores, oficiales, agentes, consignadores, hasta sus sobrecargos, se verán obligados a dar explicaciones.

Y el Glarus estaba ya desde hacía tiempo en la lista negra. Desde el principio su estrella había sido maligna. La primera vez que perdió su reputación había sido con el nombre de Breda, cuando se dejó arrastrar a unas correrías filibusteras por las costas de América del Sur hasta que, al fin, un agente de los Estados Unidos en traje de paisano —es decir, un guardacostas— procedió a su detención frente al puerto de Buenos Aires y lo devolvió a casa como si se tratase de un hijo pródigo, sin honor y sin honra.

Y después se había visto envuelto en un tenebroso asunto de trata de esclavos en un remoto paraje del Pacífico Sur; y, a continuación, ya con el nombre de Glarus, se dedicó a la pesca furtiva de focas por cuenta de una comunidad de holandeses establecida en Tacoma, que, con el tiempo, se construyó un club social con las ganancias que le había proporcionado.

Y después fue cuando pasó a nuestras manos.

Pasó a nuestras manos, como digo, por mediación de la Compañía Explotadora del Pacífico Sur, de un tal Ryder. El presidente les había propuesto a Hardenberg, a Strokher y a Ally Bazan —los Tres Cuervos— un trabajillo muy tentador que, juraba, les haría «ricos e independientes» para el resto de sus vidas. Es un negocio que promete —B.300 aparece en el mapa de Ryder— y si alguien quiere saber más detalles puede escribir a Ryder y preguntarle qué es exactamente B.300. Que él quiera contárselo o no, eso ya es cosa suya.

Pues B.300 —todo hay que decirlo— es, en palabras de Hardenberg, algo tan turbio como las aguas de una ciénaga. Y tan arriesgado como litigar por pobre. Si uno logra su propósito, después de pagar a Ryder su parte, aún puede dividir sesenta y cinco o, tal vez, sesenta y siete mil dólares entre sí y sus socios. Pero si no sale bien, y se dan todos los requisitos para que así sea, puede darse por seguro que uno o dos compañeros caerán muertos a tiros, que uno mismo se verá obligado a disparar contra otros tipos, y que, a la postre, acabará haciendo una escala no deseada en Tahití, prisionero a bordo de una patrullera francesa.

Obsérvese que se habla de B.300 como de algo que aún está vigente. Y es así por la sencilla razón de que los Tres Cuervos no lograron su propósito. Sigue todavía marcado con tinta roja en el mapa que cuelga sobre la mesa de Ryder en su despacho de San Francisco; y quien quiera volver a intentarlo tendrá que aceptar las condiciones de Cyrus Ryder. Lo único es que ya no podrá contar con el Glarus para la aventura.

Pues el viaje a la isla en busca de B.300 fue la última ocasión en que el Glarus aspiró el azul olor del mar o probó los alisios. Nunca volverá a pasar la aduana. Ya no es más que un trasto inútil.

Y, sin embargo, en este venturoso día de 1902, el Glarus surca la bahía de San Francisco en dirección a sus boyas frente a Sausalito, sin que le falte —excepción hecha de un eje roto— el más mínimo detalle; sin un solo cabo de menos, un tornillo flojo o un tablón fuera de su sitio: un carguero equipado a la perfección.

Pero, si alguien se da por casualidad un paseo por el puerto de San Francisco, desde el muelle de pescadores a la dársena donde atracan los vapores que hacen la ruta de la China, y agita sus dólares ante las narices de los marineros, tan pronto como pronuncie en un susurro el nombre Glarus, todos se echarán hacia atrás, lo mirarán con una mezcla de desconfianza y miedo, y lo más probable es que se den media vuelta y lo dejen con la palabra en la boca. No encontrará ningún piloto que quiera sacar al Glarus a dar un paseo, ni un capitán que lo gobierne, ni fogoneros que alimenten sus calderas, ni marineros que se atrevan a pisar su cubierta. El Glarus no es de fiar. Ha visto un fantasma.

Ocurrió en nuestro viaje a la isla en busca del ya mencionado B.300. Al cabo de unos días nos habíamos distanciado tanto de la costa, y Hardenberg, nuestro patrón, había marcado un rumbo tan alejado de toda ruta de navegación conocida que, después de que el Benevento —del cual sólo llegamos a avistar su aparejo— desapareciera tras el horizonte, no habíamos vuelto a ver la punta de una sola vela, ni el menor rastro de humo de ningún vapor. La línea del Ecuador había quedado atrás hacía tiempo, y nos proponíamos dar un largo y tortuoso rodeo hacia el sur para caer sobre la isla por una ruta más a trasmano. Todo esto era para evitar que nos localizaran. Era absolutamente esencial que el Glarus no fuese localizado.

Supongo que era, sin duda, la conciencia de nuestro aislamiento, unido a lo increíblemente remoto de nuestra posición, lo que tanto me impresionaba. Es obvio que el mar ofrece el mismo aspecto a cien o a mil millas de la costa. Pero cuando, día tras día, subía a cubierta al mediodía después de comprobar nuestra posición en el mapa —una simple marca de alfiler en una gran hoja de papel vacío—, el panorama del océano pesaba sobre mi ánimo infundiéndome un espanto infinito. Y por aquel entonces ya no era ningún bisoño en alta mar.

Pues en aquellos momentos el Glarus surcaba un espacio tan desolado que parecía no ser de este mundo, que escapaba a toda descripción. Incluso en aguas más frecuentadas, aunque ninguna vela haga mella en la línea del horizonte, la proximidad de otros barcos es algo, sin embargo, que no sólo se da siempre por hecho, sino que es en extremo reconfortante. Allí, no obstante, veía que nos adentrábamos más y más en el desierto. Ninguna quilla había surcado en muchos años aquellas aguas; ninguna vela había henchido aquellos vientos. Día tras día dirigíamos maquinalmente la vista, llevados por la fuerza de la costumbre, al horizonte. Pero antes de mirar ya sabíamos que la búsqueda sería infructuosa. Bajo aquel sol implacable y aquel cielo de un azul frío, el suelo añil del océano se extendía hasta el infinito por todas partes. No es posible que el éter que flota entre los planetas esté más desolado, más vacío.

Nunca, nunca hasta aquel entonces había llegado a concebir mi imaginación una soledad semejante, un estancamiento y desolación tan abominables. En una embarcación sin cubierta y yo solo, me habría vuelto loco en menos de media hora.

Solamente una vez antes, en mis años mozos, recuerdo haber experimentado la sensación de una inmensidad y vacío parecidos, cuando me tumbaba boca arriba en la falda de una colina desnuda de árboles y vegetación y me dedicaba por espacio de casi una hora a mirar fijamente al cielo.

El lector ya habrá adivinado probablemente a lo que me refiero. Si no es así, ha de saber que si uno se queda mirando fijamente al cielo un buen rato, su plana superficie empieza poco a poco a expandirse, a ceder aquí y allá, y la vista viaja de un lado a otro y penetra cada vez más arriba, hasta que al fin —afortunadamente para uno tal cosa no dura más que una fracción de segundo— parece como si se flotara en el espacio. Generalmente uno se para llegado a ese punto, da un grito, se tapa la cara con las manos, y lo que se siente entonces es una inmensa alegría al ver que se sigue aún pegado a la firme y querida madre tierra. De modo muy parecido, yo —que contaba en mi haber sólo con travesías más cortas— apartaba mis ojos de aquel horrible vacío y los fijaba en nuestros desarbolados mástiles y en nuestra chimenea, o bien me agarraba con fuerza al pasamano de la borda de la única cosa que se interponía entre mí y las Tinieblas Exteriores.

Pues al fin habíamos llegado a esa región de los grandes mares en la que no se aventura ningún barco, al silencioso mar de Coleridge y el Viejo Marinero, al Horror primigenio y mudo, jamás sondeado, inexplorado, ignoto, y estábamos tan solos como una mota de polvo dando vueltas en el espacio vacío más allá de Urano y del alcance de los más potentes telescopios.

Y el Glarus se revolvía y proseguía trabajosamente su marcha hacia delante. Día tras día, durante veinticuatro horas, el mismo cielo azul pálido y el sol implacable se cernían sobre aquella diminuta partícula en movimiento. Día tras día, las veinticuatro horas, aquel mismo mundo de aguas azul oscuro y reflejos opalescentes, que ningún viento conocido agitaba, liso como una losa de sienita, se extendía a derecha e izquierda más allá del horizonte, delante y detrás de nosotros, eterno, ilimitado, vacío. Día tras día el humo de nuestras chimeneas velaba la estriada blancura de la estela que íbamos dejando. Cada día Hardenberg, nuestro patrón, marcaba a mediodía con un alfiler nuestra situación en el mapa que colgaba en la cabina del timón y que nos mostraba hasta qué punto estábamos adentrándonos en aquella inmensidad desierta. Cada día que pasaba el mundo de los hombres, de la civilización, de los periódicos, de la policía y de los tranvías daba un paso atrás y nosotros seguíamos navegando, tan perdidos como olvidados, en aquel silencioso océano.

—Hay tanto sitio que aquí sí que se puede dar uno la vuelta sin pegarle un pisotón al de al lado —observó Ally Bazan, el oriundo de las colonias.

—Estamos absolutamente fuera de cualquier ruta de navegación —le precisó Hardenberg—. Cosa que a nosotros nos viene a las mil maravillas, por cierto. Nadie se aventura nunca en estas aguas. Aquí es muy difícil mantener un rumbo fijo. Nada lleva a ninguna parte.

—Es como si fuéramos volando en uno de esos globos tan magníficos —añadió Strokher.

De la naturaleza de la aventura en la que el Glarus se había embarcado me limitaré a decir, simplemente, que no era legal. Tenía que ver con un terrible suceso acaecido hacía más de doscientos años. En dicha aventura había en juego dinero, pero no se podían traspasar ciertos límites, ni entrar en terrenos que mejor era no pisar.

La isla a la que nos dirigíamos está asociada en la mente de los hombres con el terror. Adelantándose doscientos años al Glarus, un barco —no muy distinto a la estrafalaria carabela de Hudson— con una de aquellas proas tan altas había hecho allí escala en cierta ocasión, su tripulación había bajado a tierra y una vez perpetrada la fechoría que los había llevado hasta aquellos parajes consiguieron volver al barco y hacerse de nuevo a la mar. Y, entonces, un instante después de que las palmeras de la isla hubieran desaparecido de la vista tras la línea del horizonte, sucedió lo inexpresable. La Muerte que no era Muerte emergió del fondo del mar, se irguió ante el barco, envolviéndolo, y una terrible plaga se propagó por las cubiertas como si fuera musgo. Y el barco se estremeció de horror ante aquello a lo que, aún hoy en día, no se le ha dado un nombre.

Veinte hombres murieron la primera semana y el resto, a excepción de seis, la segunda. Los seis supervivientes, en el umbral ya de la locura, decidieron echar un bote al agua, volvieron a la isla y allí murieron, tras dejar un relato escrito de lo sucedido.

Los seis abandonaron el barco exactamente tal y como estaba, con todas las velas izadas y todos los faroles encendidos, dejándolo sumido en las sombras de aquella Muerte que no era Muerte.

Y allí se quedó, inmóvil, en aquel mar de calma, viendo cómo se alejaban. Jamás volvió a saberse nada de él.

O tal vez sí, quién sabe…

Pero, en mi opinión, lo principal de toda aquella historia siempre ha sido lo siguiente: primero, que el barco fue el último amigo de aquellos seis pobres desdichados que se volvieron a la isla con los inútiles cofres de su botín. Cubrió su retirada y los habría defendido y ayudado, por decirlo así, hasta el último momento; y segundo, que a nosotros, a los Tres Cuervos y a mí mismo, no nos asistía el menor derecho ni a los ojos del cielo ni a los de las leyes humanas para ir a fisgar y a meter nuestras narices en todo aquel asunto, en aquella historia de un pasado muerto y enterrado. Había en ello algo de sacrilegio. No éramos mejores que los ladrones de cadáveres.

Cuando oí a los demás quejarse de la terrible soledad que nos rodeaba, al principio no dije nada. Yo no era marinero en sentido estricto y estaba a bordo más por tolerancia que por otra cosa. Pero cada vez que miraba aquel horizonte enloquecedor, siempre idéntico a sí mismo, aquel horizonte yermo y vacío que llevábamos viendo ininterrumpidamente desde hacía dieciséis días, sentía en mi cerebro y en mis nervios ese grito de protesta y rebeldía que estalla en nuestro interior cuando oímos la misma nota musical repetida una y otra vez hasta la saciedad.

Que el simple hecho de no cruzarnos con ningún otro barco cause tales estragos en el espíritu podrá parecer un tanto exagerado. Pero el que no lo crea que se embarque en una aventura como la nuestra, que navegue durante dieciséis interminables días, adentrándose cada vez más en la nada, sin ver ni oír otra cosa que el resplandor del sol y el ajetreo de la propia tripulación, y luego que el lector le pregunte qué tal le ha ido.

Y, sin embargo, de todas las cosas, lo que menos deseábamos era tener compañía. El robo era el único y magno propósito de nuestra expedición. Pero creo que hubo momentos, sobre todo al final, en que los Tres Cuervos habrían dado la bienvenida hasta a un crucero de la Armada.

Además, había más causas para sentirse deprimido que el mero aislamiento.

El séptimo día, Hardenberg y yo nos encontrábamos hacia proa, junto al gaviete, ajustando el cable con el vago propósito de arponear a alguna de las marsopas que últimamente habían empezado a aparecer a nuestra proa, y Hardenberg había estado calculando el número de días que aún nos quedaban de travesía.

—En estos momentos nos encontramos a unas quinientas millas aproximadamente de esa isla —concluyó—, y el barco está haciendo sus trece nudos estupendamente. Hasta ahora todo va bien, pero ¿sabe una cosa?, me gustaría avistar ese pedazo de tierra cuanto antes mejor.

—¿Y por qué? —le pregunté, inclinándome sobre la estacha—. ¿Es que espera mal tiempo?

—Señor Dixon —me respondió mirándome de un modo extraño—, se mire como se mire, el mar es algo muy raro. Soy marino desde que apenas levantaba un palmo del suelo, y sé lo que es el mar. Es más, tengo eso que se llama el Instinto del Mar. Ahora mire hacia allá. No se ve nada, ¿verdad? Nada más que ese horizonte que llevamos viendo todo el tiempo. La brújula está fija como la aguja de un campanario y esta vieja carraca parece que se porta tan bien como el primer día que se hizo a la mar. Total, que me siento como si fuese haciendo el tonto por el camino de Gloucester hacia casa, montado en mi pequeña escudilla. Pero ¿quiere que le diga una cosa?: pues que me iría a puerto ahora mismo. ¿Que por qué? Porque yo tengo el Instinto del Mar, señor Dixon. Tengo el Instinto del Mar.

Ya había oído con anterioridad a viejos patrones decir algo parecido, y le conté a Hardenberg el caso de un capitán al que había conocido hacía tiempo, cuyo barco dio una vuelta de campana en un mar completamente en calma frente a la costa de Trincomalee. Le pregunté si aquel Instinto del Mar le estaba advirtiendo de algún peligro —pues en alta mar toda premonición es siempre una premonición de alguna calamidad, nunca de nada venturoso—, pero no quiso ser más explícito.

—No sé —me respondió en tono malhumorado y con expresión de absoluta perplejidad mientras iba enrollando el cable—, realmente no sé, pero es como si hubiera alguna maldita cosa cerca de nosotros que nos estuviera acechando. Me apostaría el sombrero. No sabría decir qué es, pero hay un gran Pájaro que se cierne en el aire fuera del alcance de nuestra vista, en alguna parte, y —añadió de pronto, dándose una palmada en la rodilla y echando el cuerpo hacia delante— la verdad es que no me gusta un pelo.

Aquella noche después de cenar, cuando estábamos reunidos en la cabina fumando nuestras pipas, la conversación volvió a girar sobre el mismo tema. Lo único es que esta vez Hardenberg se encontraba de servicio en el puente. Fue Ally Bazan el que habló en su lugar.

—Tengo la sensación —aventuró— de que va a ocurrir algo más pronto de lo que nos pensamos. ¿Sabéis?, no me sorprendería que esta misma noche chocáramos con alguno de esos malditos arrecifes que no vienen señalados en el mapa y nos fuésemos a pique sin tener tiempo siquiera de decirnos: «¡Hasta otra, caballeros!».

Se reía mientras hablaba, pero cuando en aquel preciso momento una sartén cayó armando un ligero estrépito en la cocina, saltó de su asiento con un juramento en los labios y nos dirigió a todos los que estábamos en la cabina una mirada feroz.

También Strokher confesó sentir un extraño desasosiego. Por lo visto llevaba un par de días con aquella sensación.

—Y os aseguro que la brújula va estupendamente —comentó—. Así que no hay por qué preocuparse. Lo que yo creo —añadió— es que ninguno nos encontramos demasiado bien y estamos ya hartos de tanto barco.

Bien porque aquella charla pusiera mis nervios en tensión, bien porque el Instinto del Mar empezara a hacer también en mí sus efectos, lo cierto es que aquella noche después de la cena, antes de irme a acostar, me sentí dominado por un temor extraño, y cuando me retiré a mi camarote, tras mi turno en cubierta, tuve un verdadero arrebato de furia por el simple hecho de no encontrar en seguida mis cerillas. Pero lo mío era distinto. Los demás habían confesado sentir una vaga desazón. Yo podía, en cambio, llamar a mi inquietud por su nombre: sentía que algo o alguien nos estaba vigilando.

A partir de aquella noche formamos una tripulación verdaderamente curiosa. Me refiero a los Cuervos y a mí mismo. En el barco llevábamos una reducida dotación de fogoneros y había también un ingeniero jefe, pero daba tan pocas señales de vida que era como si no existiese. Los Cuervos y yo nos pasábamos el día, de sol a sol, en el alcázar, con aire lúgubre, silenciosos, irritables, crispándonos mutuamente los nervios, hasta que el chirrido de una polea hacía que uno de nosotros se pusiese en pie de un brinco como si hubiesen aplicado a su piel una hoja de frío acero. Nos peleábamos por las mayores nimiedades, nos dirigíamos miradas coléricas por cualquier tontería, y los cuatro, en sucesivas ocasiones, no tuvimos el menor empacho en declarar que nunca, en el transcurso de nuestras carreras, habíamos estado asociados con un trío de acémilas semejantes. Pero estábamos juntos todo el tiempo y cada uno buscaba la compañía de los otros tres con penosa insistencia.

Sólo una vez estuvimos todos de acuerdo y fue cuando el cocinero chino echó a perder cierta hornada de bizcochos. Prorrumpimos en tales y tan unánimes improperios contra el pobre infeliz, gritándole como verduleras, que, con auténtico temor por su integridad física, salió escapado de la cabina, dejándonos presas, de pronto, de un ataque de estruendosa hilaridad, por primera vez en una semana. Hardenberg propuso entonces una ronda del único barril de cerveza que nos quedaba. Nos pusimos en pie, formamos la cadena de la Hermandad del Alce, y cada uno vació su vaso haciendo votos por la salud de los demás en un tono de profunda seriedad.

Aquella misma tarde recuerdo que nos quedamos en el alcázar hasta tarde, contándonos —por extraño que parezca— la historia de nuestras vidas respectivas hasta aquel preciso momento y luego bajamos a la cabina para jugar una partida de naipes antes de irnos a acostar.

Habíamos dejado a Strokher en el puente —era su turno de guardia— y nos habíamos olvidado completamente de él, absorbidos como estábamos en el juego, cuando —supongo que era la una de la noche, más o menos— le oí dar un largo y penetrante silbido. Tiré mis cartas sobre la mesa y dije:

—¡Escuchad!

En el silencio que se hizo al principio sólo oíamos en sordina el trote corto de nuestras máquinas, los acompasados ronquidos de los durmientes y el tictac del gran reloj de Hardenberg sonando en el chaleco que había dejado colgado por la bocamanga del respaldo de su silla. A continuación, en el puente, encima de nuestra cubierta, se oyó, como si entonase una salmodia, como un gemido que rasgara la noche, la voz de Strokher:

—¡Barco a la vista!

Y las cartas se nos cayeron de las manos, y como si nos hubiéramos convertido en estatuas de piedra, nos quedamos mirándonos unos a otros, con aquel sucio mantel rojo en medio, un minuto que se nos antojó inconmensurablemente largo.

Y después, tropezando y blasfemando, atropellándonos con las prisas, ganamos la cubierta.

Brillaba una luna roja a ras del mar, pero no soplaba nada de viento. La superficie del océano, más allá del pasamano de la borda, era lisa como la lava y estaba tan en calma que el ligero oleaje que levantaba el tajamar del Glarus no llegaba a romper al deslizarse por sus costados.

Recuerdo que me quedé mirando fijamente el océano vacío, parpadeando, en el que la luz de la luna se reflejaba como una gruesa franja pintada que se perdía en el horizonte, con el ceño fruncido, estupefacto, hasta que Hardenberg, que había subido en cabeza, gritó:

—¡No, aquí no! ¡En el puente!

Llegamos junto a Strokher y mientras yo subía los otros le preguntaban ya todos a una:

—¿Dónde? ¿Dónde?

Y allí, antes de que le diera tiempo a señalárnoslo, lo vimos todos. Y oí cómo los dientes de Hardenberg rechinaban al cerrarse como una trampa de muelle, mientras Ally Bazan agachaba la cabeza como para esquivar un golpe y murmuraba:

—¡Cielo santo! ¿Qué nombre le daríais a un barco como ése?

Y después, durante un largo minuto, nadie dijo una sola palabra y allí permanecimos, como negras sombras inmóviles, apretándonos unos contra otros en una piña, buscando ese roce del codo que a veces tan incalculable valor tiene, asomados sobre nuestra aleta de babor.

Pues el barco que veíamos —oh, estaba a menos de media milla de distancia— no se parecía a ningún otro barco de los que salen hoy en día de los astilleros.

Era corto de eslora, y en su popa, muy alta y algo vuelta hacia nosotros, se abrían curiosas ventanas no muy distintas de las de una casa. Y a ambos lados de esta popa tenía dos grandes fanales de hierro como los que se usaban antiguamente para lanzar señales de humo. Tenía tres mástiles, con potentes vergas que se balanceaban al través sobre las cubiertas, pero todo lo que quedaba de sus velas eran unos cuantos gallardetes medio podridos. Una inextricable maraña de cordajes colgaba y se combaba por todas partes.

Y allí estaba, a la roja luz de aquella luna a punto de ocultarse, en aquel océano solitario, arcaico, abandonado, sombrío, la cosa más desolada y siniestra que recuerdo haber visto jamás.

Y entonces Strokher empezó a explicarse atropelladamente y repitiendo una frase tras otra:

—Es un barco abandonado, evidentemente. Yo estaba dormido. Sí, me había dormido. Ya sé, grave abandono del servicio, pero, ya digo, haciendo la guardia me había quedado dormido. Y de pronto lo teníamos encima. Cuando me desperté, bueno, pues ya lo veis, ahí estaba —y se rió con una risita nerviosa— y ahora, pues ya veis, ahí sigue. Me di media vuelta y lo vi, así, de repente, al despertarme. Eso es todo.

Rió otra vez, y mientras se reía las máquinas que se encontraban muy por debajo de nuestros pies empezaron a sonar de pronto como si tuvieran hipo. Después se oyó un estampido que sacudió los costados del barco y nos hizo temblar. A continuación, el vapor dio un chillido agudo, se oyó un grito, y después se hizo el silencio.

El ruido de las máquinas cesó; el Glarus se deslizaba en las tranquilas aguas impulsado tan sólo por la inercia de su propia marcha.

Hardenberg murmuró entre dientes: «¡Estad alerta!», y llamó por el tubo a la sala de máquinas.

—¿Qué ocurre?

Yo me hallaba lo bastante cerca de él como para oír aquella voz débil y desmayada que respondió:

—El eje, señor. Se ha estropeado.

—¿Se ha roto?

—Sí, señor.

Hardenberg nos miró fijamente.

—Venid abajo. Hemos de hablar.

No creo que ninguno de nosotros volviera a echar un vistazo al Otro Barco. Desde luego yo mantuve mis ojos bien apartados de él. Pero mientras bajábamos por la escalera de cámara le puse a Strokher la mano en el hombro. Los demás iban delante. Lo miré fijamente a los ojos y le pregunté:

—¿Estabas de verdad dormido? ¿Por eso no lo viste hasta que estaba ya encima?

Hace ahora cinco años que hice aquella pregunta. Y aún sigo esperando la respuesta de Strokher.

Bueno, se nos había roto el eje. Eso estaba más claro que el agua. Bajamos a la sala de máquinas a ver aquella fractura en forma de sierra que era todo un símbolo de nuestras rotas esperanzas. Y en el curso de la conversación que sostuvimos durante los cinco minutos siguientes con el maquinista jefe descubrimos que, al no haber previsto tal contingencia, no había forma alguna de arreglarla. Nada dijimos de la coincidencia entre el percance y la aparición del Otro Barco, pero pasados los primeros momentos sé que la rotura no nos pareció a ninguno nada sorprendente.

Subimos de la sala de máquinas y nos sentamos alrededor de la mesa de la cabina.

—¿Y ahora qué? —preguntó Hardenberg, rompiendo el fuego.

Nadie le respondió en un primer momento.

Eran ya las tres de la madrugada. Me acuerdo de todo perfectamente. Las portillas que había enfrente de donde me hallaba sentado estaban abiertas y por ellas veía el exterior. La luna aún no se había ocultado del todo. El alba empezaba a despuntar con un resplandor cobrizo sobre el distante filo del mundo. Brillaban aún todas las estrellas. El mar, a pesar de los rojos reflejos de la luna y de aquella luz cobre del alba, tenía un color gris, y allí, a menos de media milla de distancia, seguía aún nuestro consorte. Con cada ligero balanceo del Glarus podía verlo perfectamente por las portillas.

—Yo voto por la isla —exclamó Ally Bazan—. Con eje o sin eje. Izamos unas cuantas velas, ¿no?, y…

Y con esto empezó la discusión, que se prolongó acaloradamente por espacio de más de dos horas, con voces destempladas, mucho dedo índice agitándose en el aire, y sonoros puñetazos en la mesa, e ignoro cómo habría acabado si al final —serían tal vez las cinco de la madrugada— el vigía no se hubiera presentado con el santo y seña en la cabina.

—Caballeros, ¿les importaría subir a cubierta? —era el contramaestre, que estaba temblando, eso era algo evidente, hasta la médula de los huesos. Algo sobresaltados, nos miramos fijamente unos a otros, y observé cómo el pequeño Ally Bazan se ponía tan pálido que hasta sus labios perdieron el color. Y aun entonces nadie hizo la menor alusión al barco, salvo, tal vez, Hardenberg con el siguiente comentario:

—¿Qué será ahora? Dios todopoderoso, no soy ningún cobarde, pero esto empieza a ser ya demasiado para mí.

Y a continuación, sin decir una sola palabra más, subió a cubierta.

El aire era fresco. El sol aún no había salido del todo. Era ese breve lapso de tiempo, extraño e inquietante, que media entre la oscuridad y el alba, cuando la noche ya ha acabado, pero aún no se ha hecho completamente de día, esa hora gris que no es ni luz ni sombra, bañada por una claridad parpadeante y moribunda que parece refractada por mundos ya extinguidos.

Nos quedamos de pie junto al pasamano de la borda, sin despegar los labios, en actitud vigilante. El silencio era tal que podía oírse con perfecta nitidez el goteo del vapor de alguna conducción mal ajustada, sonando en aquella silenciosa inmensidad gris —Dios lo sabe— como el tictac de la Muerte.

—¿Ven? —inquirió el contramaestre en un tono de voz que era poco más que un susurro—. No hay error posible. Se está moviendo en esta dirección.

—Ah, pues claro, hay una corriente que lo empuja hacia nosotros —respondió Strokher, tratando de aligerar la tensión.

¿Nunca iba a hacerse de día?

Ally Bazan, cuyos padres eran católicos, empezó a mascullar entre dientes.

Entonces Hardenberg tomó la palabra:

—En lo que a mí respecta, que eso… que está ahí cruce por delante de nuestra proa no me hace ninguna gracia. Habría que hacer algo por impedirlo. Deberíamos izar unas velas.

—Muy bien; y yo, hablando de hombre a hombre —apostilló Strokher—, voy a hacerte una pregunta: ¿qué viento hay para que tal cosa surta efecto?

Tenía razón. El Glarus flotaba en un mar absolutamente en calma. En aquella inmensa losa que era el océano lo único que se movía era el Barco Muerto.

Se iba acercando lentamente; el tajamar de su proa, aquella proa alta y desgarbada que apuntaba hacia nosotros, seguía trazando un surco en la superficie del agua. Cada vez estaba más cerca; lo teníamos casi al alcance de la mano. Podíamos verlo con todo detalle: las planchas carcomidas, las jarcias hechas pedazos, los remaches de metal corroídos por el óxido, el roto pasamanos de la borda, la cubierta llena de boquetes, y al verlo no me extrañaba que el agua se abriera a su paso y refluyera en ligero oleaje apartándose de sus costados, como si tratara de evitar el contacto con algo impuro. No hacía el menor ruido. Nada se movía a bordo de su casco, pero él seguía avanzando.

Nuestra indefensión era absoluta. El oleaje que levantaba el Glarus no hubiera hecho balancearse ni a un bote pequeño. Estábamos como clavados en aquel punto. A nadie se le había ocurrido apagar nuestras luces que seguían extrañamente encendidas en la claridad del alba, con aquel discordante resplandor rojiverde tan fuera de lugar, como enmascarados a los que hubiera sorprendido el amanecer.

Y en el silencio de aquel océano verde, en aquella extraña media luz entre el alba y el día, a las seis en punto, silencioso como el descenso de los ahogados al insondable fondo del océano, gris como la niebla, ciego, sin alma y sin voz, el Barco Muerto cruzó por delante de nuestra proa.

No sé cuánto tardó el Barco en perderse de vista, ni qué hora del día era cuando al fin nos recobramos del trance. Pero, por fin, tomamos una decisión, que fue la de proseguir nuestra travesía a vela. Estábamos ya demasiado cerca de la isla como para dar media vuelta nada más que por… ¡un eje roto!

Nos pasamos la tarde viendo qué tal le sentaban las velas, y cuando después de anochecer se levantó, finalmente, un viento fresco y favorable, creo que todos nos sentimos más animados y mucho más intrépidos. Y cuando la última vela estuvo arriba, Hardenberg empuñó el timón.

Nos habíamos apartado considerablemente de nuestro rumbo desde la mañana y la proa del Glarus enfilaba a casa, pero tan pronto como la brisa sopló con fuerza suficiente como para alcanzar una velocidad mínima que lo hiciera gobernable, Hardenberg se impuso al timón y, al tiempo que los botalones borneaban sobre cubierta, puso rumbo de nuevo a la isla.

No llevábamos media hora de travesía —no, ni veinte minutos tan siquiera— cuando el viento dio un giro de un cuarto de brújula y embistió al Glarus completamente de frente, de modo que lo único que podía hacer era virar el rumbo. Y entonces ocurrió lo más extraño de todo.

Concedo que el Glarus no tenía ni orza de deriva ni quilla que pudieran llamarse propiamente tales. Admito que en un carguero de novecientas toneladas las velas no están calculadas ni para acelerar su marcha ni para que pueda mantener el rumbo. Admitiré incluso la posibilidad de una corriente procedente de la isla. Todos estos factores pueden ser ciertos, pero, aun así, algo habría tenido que avanzar el Glarus. Al menos deberíamos haber dejado una estela.

Y en vez de tal cosa nuestro viejo barco, tan firme, tan imperturbable, tan digno de confianza, estaba… ¿cómo lo diría?

Empezaré por decir que no hay un ser humano, después de todo, que entienda completamente a un barco. Diré también que los barcos nuevos son antojadizos e inconstantes; que los viejos y más baqueteados tienen todos sus pequeñas manías, sus pequeños caprichos, que sus patrones han de saber cómo complacer si quieren sacar algún partido de ellos; que incluso los barcos mejores pueden enfurruñarse a veces, escamotearse del trabajo, volverse inestables y díscolos y negarse a obedecer al timón y al gobierno de la nave. Y también diré que barcos que durante años han surcado los mares tan tranquilos y dóciles como esos caballos que avanzan penosamente entre los raíles tirando de los tranvías, se sabe que de pronto se han plantado de forma tan terca y concluyente como alguna de esas cabras que arrastran un carrito con un pequeño cencerro colgado al cuello por las calles de San Francisco. Sé que tales cosas pueden ocurrir porque las he visto. Al Glarus, por poner un ejemplo, lo vi comportarse de esa forma.

Literal y verdaderamente, no podíamos hacer nada con él. Diremos, por decir algo, que todas aquellas arrancadas y sacudidas tan bruscas cuando el eje se partió debían de haberlo conmocionado y tullido. Pero lo cierto es que, cualquiera que fuese la causa, éramos incapaces de empujarlo hacia la isla. Todos, por supuesto, decíamos «la corriente», «la corriente», pero ¿por qué ni siquiera se deslizaba el cordel de la corredera?

Lo intentamos durante tres días y tres noches consecutivas. Y el Glarus se encabritaba, agachaba la cerviz y se rebullía como un caballo al que su jinete quisiera hacer saltar uno de esos rodillos de vapor que apisonan el césped de los hipódromos.

Puedo asegurar que sentía cómo temblaba y se estremecía toda su armazón desde la proa al codaste, como si estuviera capeando un temporal; y también fui testigo de que, zafándose del viento, se dejó ir completamente a la deriva hasta que su cobardía nos resultó tan evidente como el chillón resplandor de las luces de a bordo, y algo verdaderamente penoso de ver.

Lo espoleamos, hicimos fuerza de vela, lo adulamos, lo amenazamos, le seguimos la corriente, hasta que los Tres Cuervos, cuya fortuna los esperaba a tan sólo dos días de navegación, empezaron a delirar y a proferir juramentos como bestias enloquecidas, o mejor diría, como naires tratando de lanzar a su despavorido elefante contra un tigre, y todo sin el menor resultado.

—¡Maldita sea la condenada corriente, maldita la suerte, maldito el eje y maldito todo! —bramaba Hardenberg al timón, viendo cómo el Glarus esquivaba el viento—. ¡Vamos, adelante, viejo cascarón! ¡Venga, bañera de hierro oxidado! ¡Válgame Dios! ¡Cualquiera diría que tiene miedo!

Puede que el Glarus tuviera miedo, puede que no; la cuestión es discutible. Pero lo que estaba fuera de toda discusión es que Hardenberg sí lo tenía.

Un barco que se niega a obedecer es sólo un grado menos peligroso que una tripulación amotinada. Y por el camino que llevábamos íbamos a tener tanto lo uno como lo otro. Los fogoneros, a los que habíamos reclutado como marineros de primera, eran, obviamente, supersticiosos; veían cómo estaba comportándose el Glarus y que se rebelaran era ya sólo cuestión de tiempo.

Era el fin. Celebramos una última conferencia en la cabina y decidimos que no había otro remedio: teníamos que dar media vuelta.

Y media vuelta dimos, y en seguida empezó a soplar un viento favorable, la «corriente» vino en nuestra ayuda, el agua se agitó bajo el tajamar del Glarus, su popa empezó a dibujar una blanca estela y la corredera a deslizarse y a tensarse mientras el barco ponía rumbo a casa.

Desde el momento en que le hicimos cambiar de rumbo no volvió a ocurrir un solo percance; y, habida cuenta de las circunstancias, puede decirse que el viaje de vuelta a San Francisco fue una plácida travesía.

Pero muy poco después de que hubiéramos virado en redondo ocurrió algo. Llevábamos tal vez unas cinco millas con el rumbo puesto a casa, empezaba a anochecer y era Strokher quien montaba guardia. Hacia las siete me llamó para que subiera a reunirme con él en el puente.

—¿Lo ves? —me preguntó.

Y allí, muy lejos detrás de nosotros, en las sombras del crepúsculo, sumido en tal soledad y desolación que no puede expresarse con palabras, volvía a acechar el Otro Barco.

Íbamos dejándolo atrás rápidamente. Strokher y yo seguimos mirándolo hasta que no fue más que un punto en el horizonte y desapareció. Strokher dijo entonces:

—Vuelve de nuevo a la carga.

Y cuando meses más tarde llegamos con dificultad ante el Golden Gate, echamos anclas frente al puerto, y nuestra tripulación bajó a tierra nada más pasar la aduana, al cabo de unas horas nuestra historia era la comidilla del día en todas las pensiones y tabernuchas de marineros desde Barbary Coast a Black Tom’s.

Y aún sigue siéndolo, y por eso es por lo que no se encontrará ningún piloto que quiera sacar al Glarus a dar un paseo, ni un capitán que lo gobierne, ni fogoneros que alimenten sus calderas, ni marineros que se atrevan a pisar su cubierta. El Glarus no es de fiar. Nunca volverá a aspirar el azul olor del mar ni a probar los alisios. Ha visto un fantasma.

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