jueves, 18 de julio de 2019

Un intento sencillo y voluntarioso, de Elizabeth Morton

 


Así que al final pensé en el doberman, el perro que me habría ahorrado las molestias si yo hubiera entendido realmente las condiciones.

Mi doberman se llama Titus, y lo compré para protección hace un año. La «protección» es un servicio importante en esta ciudad. La fe ha desaparecido igual que los trolebuses. La cuestión podría ser, naturalmente, quién nos protegerá de nosotros mismos, pero eso es puramente metafísica. En cualquier caso, la respuesta es que nos protegeremos a nosotros mismos y hago lo que debo.

Tengo a Titus.

Veamos a ese doberman. Cuando abrí la puerta, a las seis, Titus no acudió a saludarme, sino que siguió en el dormitorio pequeño, hacia la parte trasera, gimoteando. La brisa que entraba por una ventana abierta había desparramado algunas cosas del tocador junto a sus patas, pero él no parecía darse cuenta. Gimió de nuevo.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

Yo estaba ojo avizor desde el principio, quiero que eso quede claro. No fui tan ingenua. Una afina mucho su aprensión en esta ciudad, las circunstancias le hacen sospechar de todo.

—Dímelo Titus.

Él no se movía y le temblaban las patas.

—¿Qué sucede, muchacho? ¿Por qué nunca llamamos hombre a nuestros animales domésticos? —Él gimió, con las mandíbulas apretadas—. Vamos, muchacho, abre la boca —le dije, arrodillándome ante él.

No me obedecía, así que le pasé un dedo por el morro. (Un acto estúpido, pero estaba preocupada y, ¿qué sabía yo?) Titus siempre se había mostrado muy firme ante cualquiera que le acariciara la cabeza. Pero se limitó a gemir de nuevo y cayó de rodillas. Empezó a babear.

¿La rabia? ¿El tétanos? Los animales pueden transmitir el tétanos, me dije, pero, ¿lo contraen ellos? Este animal siempre me ha asustado un poco, y considero a Titus como un arma móvil y mascadora de galletas… Pero soy una mujer con ciertos sentimientos. No quería que sufriera. Incluso un arma necesita reparación si sufre algún desperfecto.

—Como no cambies en seguida de actitud, te llevaré al veterinario —le dije.

Titus gimió una vez más, emitió aquel suspiro estremecedor. Debería haber indicado antes en este informe apresurado (pero, como puede usted observar, lo estoy componiendo bajo una presión enorme) que hay un veterinario en la planta baja de este edificio de apartamentos, y durante todo el día hay un desfile constante de animales domésticos y propietarios inquietos a través del vestíbulo. He recurrido a los servicios del doctor Stone en un par de ocasiones, porque estaba tan a mano, pues de lo contrario difícilmente habría reparado en él. Aparte de sus actividades cotidianas, que parecía desempeñar con eficacia, es un hombre más bien perezoso e inepto. Pero la proximidad de Stone me hizo presionar a Titus una vez más.

—Vamos, muchacho —le dije, confiando en que me seguiría razonablemente—. Descubriremos cuál es el problema de la boca.

Fue un alivio para mí que Titus me siguiera sosegadamente al gris pasillo, donde esperamos con paciencia el ascensor y lo abordamos, uniéndonos a un hombre gordo y dos adolescentes de expresión obtusa que no nos quitaron la vista de encima durante todo el descenso. Titus lloriqueaba, pero se mantenía en pie.

—Este perro está paralizado —dijo uno de los adolescentes.

—Como una piedra —dijo el otro. Todos los presentes, incluso yo misma y el hombre gordo, rieron, excepto Titus.

Al llegar a la planta baja observé a los adolescentes que cruzaron el vestíbulo con la desenvoltura de unos intrusos y salieron a la calle, intercambié una mirada de disgusto con el hombre gordo y luego doblé a la izquierda y subí los cuatro escalones hasta el consultorio del señor Stone. La puerta estaba abierta, aunque ya no era hora de consulta. Stone, no menos que todos los demás, es codicioso, y no dejará de atender a un propietario preocupado (y dispuesto a pagar). Androcles fue el último miembro de la profesión que consideró los efectos a largo plazo.

La sala de espera estaba vacía, pero no por mucho tiempo. Titus y yo hojeamos unos números de El comerciante de animales domésticos que estaban sobre una mesa larga, hasta que salió Stone seguido de una barahúnda de ladridos. No tengo tiempo para caracterizarle, y sólo diré que no le hacen sufrir la edad, la humildad ni la compasión.

—Parece que no puede abrir la boca —le dije—. ¿Los perros pueden tener el tétanos?

—Se refiere a éste, ¿verdad? —dijo Stone—. Bueno, echaré un vistazo. —Cogió a Titus por el collar y los dos trotaron hacia la puerta—. Lea una revista —me sugirió—. Volveré dentro de un minuto.

—Vivo en este edificio —le dije, y le di mi nombre—. ¿Recuerda? Puede llamarme. Tiene mi número en su archivo. Tendrá un archivo, ¿no?

—Bueno, si no tiene paciencia para esperar, ya le llamaré.

—No quiero esperar. Estaré arriba. Avíseme cuando haya terminado el examen, ¿de acuerdo? Así podré tomar una copa… También yo trabajo duro, ¿sabe? —Me levanté y me fui hacia la salida—. Descubra qué le pasa al perro.

—La llamaré —dijo Stone—. Discuta la responsabilidad consigo misma.

Cruzó la puerta con Titus y volvió a oírse un torbellino de ladridos.

Abandoné la sala de espera. Los adolescentes no estaban en el ascensor, pero sí el hombre gordo.

—No eran vecinos de este edificio —dijo en tono de disgusto—. Aquí no hay seguridad y puede ocurrir cualquier cosa. ¿No cree que puede ocurrir cualquier cosa?

No respondí, pues no quería llevar nuestra relación un paso más allá de donde estaba. Si los desconocidos no quieren hacerte daño, quieren relacionarse contigo. «Paralizada», le oí musitar cuando salió del ascensor, pero eso no me molestó lo más mínimo.

Una vez en mi piso, me preparé un whisky con agua, pensando en la vida en una ciudad donde la protección es uno de los principales servicios, donde los perros son armas y las armas una manera de saludo. El teléfono sonó cuando acababa de decidir, una vez más, que, al fin y al cabo, las condiciones de mi vida eran tolerables, tenía un trabajo, que me encantaba, y el whisky, que encajaba bien, y el miedo neutralizado por Titus.

—Soy el doctor Stone —dijo la voz—, ¿qué está usted haciendo? Soy el doctor Stone, ¿me oye?

—Le oigo —repliqué. Tomé otro trago de whisky y me sentí un tanto atrevida—. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Por qué me pregunta qué estoy haciendo? Estoy aquí sentada junto al teléfono, pensando en el tétanos que, por lo que sé, es contagioso. Estoy pensando en la ciudad y en mi vida. Estoy pensando…

—Salga del piso ahora mismo.

—¿Qué es esto? —Tomé otro trago—. No creo que valga el alquiler que vale y sigo buscando otro, pero no estoy preparada…

—Oiga, no es nada divertido —dijo Stone. Su voz tenía el tono del muchacho que dijo «este perro está paralizado»—. Salga ahora mismo y baje a mi consultorio.

Dejé el vaso sobre la mesa. A través de la neblina del whisky y la fatiga percibí una pequeña punzada de insinuación.

—¿Qué es esto?

—Se lo diré cuando venga. La veré en el vestíbulo.

—Dígamelo ahora.

—Cállese y salga de ahí.

—Adiós —le dije.

—No sea estúpida —dijo él rápidamente—. Le he abierto la boca a su perro.

—Eso es precisamente lo que tenía que hacer, doctor.

—Espere. Escúcheme —dijo Stone en tono apremiante—. Salga del piso ahora mismo.

Me quedé mirando el teléfono.

—¿Qué?

—Había dos dedos en la boca de ese perro.

Entonces colgué el teléfono, con la mano aterida, y oí los sonidos dentro del armario del dormitorio.

La puerta pareció moverse ligeramente, y sólo entonces, al mirar al suelo, vi el delgado reguero de sangre que se extendía desde el armario…

Oí que giraban el pomo desde dentro del armario.

¿Qué había dicho el hombre gordo?

Pero yo no sabía nada del hombre gordo, me había negado a relacionarme. Sólo tenía tratos conmigo misma y mi arma husmeadora de galletas. Y así, incluso antes de ver la cara, incluso antes de ver el revólver de color mate que sostenía la mano no mutilada, incluso antes de todo eso, con una magnífica y pura constancia, inmóvil como Titus, pensé en el doberman y su intento sencillo y voluntarioso.

El teléfono empezó a sonar de nuevo.

¡Oh, Dios mío, oh, Stone, oh, Titus, estoy paralizada!

No hay comentarios:

Publicar un comentario