lunes, 26 de agosto de 2019

Terapia, de Lydia Davis

Me mudé a la ciudad justo antes de Navidad. Estaba sola, algo nuevo para mí. ¿Dónde había acabado mi marido? Vivía en una habitación minúscula al otro lado del río, en una zona de naves industriales.
Me había trasladado desde el campo, donde la gente, pálida y calmosa, me miraba como a una extraña, y donde hablar no servía de mucho.

Después de Navidad la nieve cubrió las aceras. Luego la nieve se derritió. Incluso así, me costaba mucho trabajar, aunque después, por unos días, me resultó más fácil. Mi marido se mudó al mismo barrio que yo, para poder ver a nuestro hijo más a menudo.

Aquí, en la ciudad, también pasé mucho tiempo sin amigos. Al principio, lo único que hacía era sentarme en una silla y quitarme pelos y polvo de la ropa. Luego me levantaba, me desperezaba y volvía a sentarme. Por la mañana tomaba café y fumaba. Por la tarde tomaba té y fumaba y me acercaba a la ventana e iba y venía de un cuarto a otro.


A veces, por un momento, pensaba que sería capaz de hacer algo. Luego pasaba el momento y quería moverme, pero no podía.

En el campo, un día, vi que no podía moverme. Primero me arrastré por la casa y luego del porche al jardín, y luego al garaje, donde por fin mi cerebro empezó a dar vueltas como una mosca. Allí estaba yo, de pie sobre una mancha de aceite. Me di razones para salir del garaje, pero ninguna era lo suficientemente buena.

Se hizo de noche, los pájaros callaron, los coches dejaron de pasar, todo se retiró a la oscuridad, y entonces me moví.

Lo único aprovechable de aquel día fue la decisión de no contarle a determinadas personas lo que me había pasado. Se lo conté a alguien, por supuesto, y de inmediato. Pero no le interesó. Por entonces no le interesaba mucho nada que se refiriera a mí, y menos mis problemas.

Creía que en la ciudad volvería a leer. Estaba cansada de sentirme incómoda conmigo misma. Luego, cuando empecé a leer, no leí sólo un libro, sino muchos a la vez: una biografía de Mozart, un ensayo sobre los cambios marinos y otros que ahora no recuerdo.

Mi marido se animó ante estos signos de actividad, y se sentaba y me hablaba, respirándome en la cara hasta que me sentía exhausta. Quería ocultarle lo complicada que era mi vida.

Puesto que no olvidaba inmediatamente lo que leía, pensé que mi mente recuperaba su fortaleza. Anotaba los hechos que creía que no debía olvidar. Pasé seis semanas leyendo y luego dejé de leer.

A mediados del verano, volví a perder el coraje. Empecé a ir al médico. Al principio no estaba contenta con él y pedí cita con otro médico, una mujer, aunque no dejé al primer médico.

La consulta de la mujer estaba en una calle cara, cerca de Gramercy Park. Toqué el timbre. Para mi sorpresa no abrió ella la puerta, sino un hombre con pajarita. El hombre estaba verdaderamente enfadado porque yo había tocado su timbre.

En aquel momento la mujer salió de su consulta y los dos médicos se pusieron a discutir. El hombre estaba furioso porque los pacientes de la mujer tocaban siempre el timbre de su puerta. Yo estaba entre los dos. Después de aquella visita no volví.

Durante semanas no le dije a mi médico que había probado con otro. Pensaba que podía herir sus sentimientos. Me equivocaba. En aquellos días me fastidiaba que se dejara maltratar e insultar sin fin mientras siguiera pagándole sus honorarios. Protestó: «Sólo me dejo insultar hasta cierto punto».

Después de cada sesión, decidía no volver. Tenía distintos motivos. La consulta estaba en una vieja casa que, oculta tras otros edificios e invisible desde la calle, se levantaba en un jardín lleno de senderos, puertas y parterres. De vez en cuando, al entrar o salir de la casa, veía una figura extraña que bajaba las escaleras o desaparecía detrás de una puerta. Era un hombre bajo y robusto con una maraña de pelo negro en la cabeza, embutido en una camisa blanca abotonada hasta el cuello. Cuando nos cruzábamos, nos mirábamos, pero su cara permanecía inexpresiva, aunque estuviera yo allí, subiendo las escaleras. Ese hombre me perturbaba, sobre todo porque no entendía qué relación podía tener con el médico. A mitad de cada sesión oía una voz de hombre que gritaba una sola palabra al pie de las escaleras: «Gordon».

Otra razón por la que no quería seguir viendo a mi médico era que no tomaba notas. Yo pensaba que debía tomar notas y recordar todo lo referente a mi familia: que mi hermano vivía sólo en la ciudad, en un apartamento de una habitación; que mi hermana era viuda con dos hijas; que mi padre era muy nervioso, exigente, y se ofendía con facilidad, y que mi madre me criticaba incluso más que mi padre. Creí que mi médico estudiaría sus notas después de cada sesión. En vez de eso, bajaba corriendo las escaleras tras de mí para hacerse un café en la cocina. Yo consideraba que semejante comportamiento mostraba una falta de seriedad por su parte.

Se reía de algunas cosas que yo le decía, y eso me indignaba. Pero, cuando le decía otras que yo consideraba divertidas, ni siquiera sonreía. Decía cosas desagradables sobre mi madre, y me daban ganas de llorar, por ella y por algunos momentos felices de mi infancia. Lo peor de todo era que a menudo se hundía en su sillón, suspiraba y parecía distraído.

Asombrosamente, cada vez que le decía lo incómoda y desgraciada que hacía que me sintiera, me caía más simpático. Pasados unos meses, ya no necesitaba repetírselo.

Me parecía mucho el tiempo transcurrido entre una visita y otra, y volvía a verlo. Sólo había pasado una semana, pero en una semana siempre suceden muchas cosas. Por ejemplo, tenía una auténtica pelea con mi hijo un día, a la mañana siguiente la dueña de la casa me presentaba un aviso de desahucio, y por la tarde mi marido y yo teníamos una larga y desesperada conversación y llegábamos a la conclusión de que jamás nos reconciliaríamos.

Pero tenía muy poco tiempo en cada sesión para decir lo que quería. Quería decirle al médico que mi vida me parecía bastante curiosa. Le conté cómo me había engañado la dueña de la casa; que mi marido tenía dos novias, celosas una de la otra, pero no de mí; que mis parientes políticos me insultaban por teléfono; que los amigos de mi marido no me hacían ni caso, y que yo seguía tropezando en la calle y golpeándome contra las paredes. Cada cosa que le decía me daba ganas de reír. Pero, hacia el final de la hora, le contaba también que si me encontraba cara a cara con otra persona no podía hablar. Había siempre un muro. «¿Hay ahora un muro entre usted y yo?», me preguntaba. No, ya no había muro.

Mi médico me miraba, pero no me veía. Oía mis palabras y, al mismo tiempo, oía otras palabras. Me desmontó y volvió a montarme de otra forma y me enseñó el resultado. Existía lo que yo hacía, y existía el porqué, según él, yo lo hacía. La verdad ya no estaba clara. Por su causa, yo ya no sabía cuáles eran mis sentimientos. Un enjambre de razones revoloteaba en torno a mi cabeza, zumbando. Me ensordecía, y siempre estaba confusa.

Al final del otoño, mis movimientos se hicieron más lentos y dejé de hablar, y a principios del nuevo año perdí prácticamente la capacidad de razonar. Cada vez era más lenta, hasta el punto de que apenas me movía. Mi médico oía el ruido sordo de mis pasos en las escaleras, y me decía que se había preguntado si tendría las fuerzas suficientes para llegar arriba.

En aquel tiempo sólo veía el lado oscuro de todo. Odiaba a los ricos y me fastidiaban los pobres. El ruido de los niños jugando me irritaba y el silencio de la gente mayor me incomodaba. En mi odio hacia el mundo, anhelaba la protección del dinero, pero no tenía dinero. A mi alrededor sólo había mujeres gritando. Soñaba con un asilo apacible en el campo.

Seguí observando el mundo. Tenía dos ojos, pero había perdido la inteligencia y las palabras. Poco a poco mi sensibilidad se extinguía. No me quedaba capacidad de emocionarme o entusiasmarme, ni amor.

Entonces llegó la primavera. Estaba tan acostumbrada al invierno que me sorprendió ver hojas en los árboles.

Gracias a mi médico, las cosas empezaron a cambiar. Me sentía menos vulnerable. Ya no tenía la sensación permanente de que ciertas personas iban a humillarme.

Volví a reírme con las cosas divertidas. Me reía y me paraba a pensar: Es verdad, no me he reído en todo el invierno. En realidad, llevo un año sin reírme. Durante un año he hablado tan bajo que nadie entendía lo que decía. Ahora los conocidos parecían menos apesadumbrados al oír mi voz por teléfono.

Aún tenía miedo, porque sabía que un paso en falso podía dejarme sin defensas. Pero volvía a sentir entusiasmo. Podía pasar la tarde sola. Volví a leer libros y a anotar cosas. Cuando oscurecía, salía a la calle y me paraba a ver escaparates y, al darme la vuelta, en mi alegría chocaba con la gente que tenía cerca, mujeres siempre, que miraban vestidos. Otra vez en marcha, tropezaba con el bordillo.

Puesto que estaba mejor, pensé, pronto acabaría la terapia. Estaba impaciente y me preguntaba: ¿Cómo termina la terapia? Tenía otras preguntas, por ejemplo: ¿Durante cuánto tiempo necesitaría todas mis energías para, simplemente, pasar de un día a otro? Para esto no había respuesta. Y no habría final para la terapia, o no sería yo la que la diera por terminada.

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