jueves, 1 de agosto de 2019

El golpe estupendo, de E. C. Bentley

 


—No, entonces estaba en el extranjero, casualmente —dijo Philip Trent—. Como no tenía acceso a los periódicos ingleses, no supe nada de su misterio hasta que volví esta semana.

El capitán Royden, un hombre pequeño, enjuto, de rostro cetrino, estaba embebido en la delicada —y prohibida— tarea de desmontar su instrumento telefónico automático. En ese momento, detuvo su labor y cogió la tabaquera. La enorme ventana de su oficina en la sede del club de Kempshill daba al hoyo dieciocho del fabuloso campo de golf, y su mirada recorrió las colinas recubiertas de tojo que se alzaban más allá, al tiempo que hacía memoria.

—Bueno, si para usted es un misterio… —dijo, mientras llenaba la pipa—. Para algunos lo es, porque les gustan los misterios, me imagino. Por ejemplo, para Colin Hunt, el tipo que lo aloja. Otros dicen que de ninguna manera y que había una explicación totalmente natural. Creo que podría contarle más del caso que nadie.

—¿Como secretario del club, quiere decir?

—No solo por eso. Fui una de las dos personas que asistieron a la muerte, por así decir…, o casi —respondió el capitán Royden. Se acercó cojeando al hogar y cogió una caja de plata con el escudo y los lemas del Cuerpo de Ingenieros Reales repujados en la tapa—. Pruebe un cigarrillo de estos, señor Trent. Si quiere escuchar la historia, se la cuento. Imagino que habrá oído hablar de Arthur Freer.

—Apenas —repuso Trent—. Tengo la impresión de que no era un tipo muy popular, nada más.

—No —confirmó con cierta reserva el capitán Royden—. ¿Le han dicho que era mi cuñado? ¿No? Bueno, veamos. Sucedió hace cosa de cuatro meses, un lunes…, a ver…, sí, el segundo lunes de mayo. Freer tenía costumbre de jugar nueve hoyos antes de desayunar. Salvo los domingos (era muy estricto con los domingos), jugaba casi a diario, incluso cuando hacía mal tiempo, normalmente a solas, cargando sus propios palos y estudiando cada golpe como si le fuera la vida en ello. Eso lo ayudaba a ser el jugador óptimo que era. Aquí tenía un hándicap dos, y en Undershaw, cero, me parece.

»A las ocho menos cuarto estaba en el primer tee y para las nueve ya se encontraba otra vez en casa, que está a unos minutos. Aquel lunes por la mañana empezó como de costumbre…

—¿Y a la hora de costumbre?

—Casi. Pasó un rato en la sede del club, echándole un rapapolvos al gerente por no sé qué menudencia. Y aquella fue la última vez que lo vieron con vida…, bueno, de cerca. Nadie más salió del primer tee hasta pasadas las nueve, cuando yo empecé una partida con Browson, el cura local; desayuné con él en la rectoría. Tiene una pierna coja, como yo, así que tenemos costumbre de jugar juntos, cuando tiene tiempo.

»Habíamos acabado el primer hoyo y nos dirigíamos al siguiente tee, cuando Browson dijo: “¡Madre mía! Mire. Ha pasado algo”. Señaló hacia la calle del hoyo dos y vimos a un hombre tirado en el césped, abierto de piernas, bocabajo e inmóvil. Bueno, el hoyo dos tiene una peculiaridad: la primera mitad está en una hondonada lo bastante profunda como para que no se vea el fondo desde ningún lugar del campo, salvo que estés de pie en el borde. Ya lo verá cuando juegue. El caso es que en el tee estás justo en el borde y vimos al hombre tirado. Fuimos corriendo para allá.

»Como había supuesto…, por la hora…, era Freer. Estaba muerto, tirado en una postura desarticulada en la que ningún hombre vivo se tumbaría. Tenía la ropa hecha jirones y, además, chamuscada. El pelo también (solía jugar a cabeza descubierta), así como la cara y las manos. La bolsa de los palos estaba tirada unos metros más allá, y la madera dos, que había usado hasta entonces, estaba junto al cuerpo.

»No se veían heridas, y he visto cosas peores muchas veces, pero el cura parecía que se empezaba a encontrar mal, así que le pedí que volviese a la sede del club e hiciese el favor de llamar a un médico y a la policía mientras yo vigilaba. No tardaron en llegar y, una vez hecho su trabajo, se llevaron el cuerpo en ambulancia. Bueno, no puedo decirle nada más de primera mano, señor Trent. Si se aloja en casa de Hunt, probablemente habrá oído algo sobre la investigación preliminar[4]y todo eso.

Trent negó con la cabeza.

—No —dijo—. Cuando Colin estaba empezando a contarme que Freer murió en el campo de forma incomprensible, esta mañana después de desayunar, vino un hombre a verlo para no sé qué, así que, como iba a pedir permiso para jugar en el campo durante dos semanas, he pensado preguntarle a usted por el caso.

—Muy bien —convino el capitán Royden—. Le puedo hablar de la investigación preliminar. Tuve que ir allí para hablar sobre el hallazgo del cuerpo. Por lo que respecta a lo que le ocurrió a Freer, las pruebas médicas eran bastante desconcertantes. Hubo acuerdo en que lo mató un golpe tremendo que le destrozó el organismo y descoyuntó varias articulaciones, pero no fue tan violento como para causar heridas visibles. Aparte de eso, no hubo consenso. El médico de Freer, que fue el primero en ver el cuerpo, declaró que debía de haberle caído un rayo. Dijo que, si bien era cierto que no había habido tormenta, hubo truenos todo aquel fin de semana, y que a veces los rayos actúan así. Pero el médico de la policía, Collins, concluyó que un rayo, aun cuando hubiese habido algo así en nuestro clima, cosa que dudaba, no causaría semejante desplazamiento de los órganos. Y añadió que, si hubiese habido rayos, habrían caído en los palos, que tienen la cabeza de acero, pero los palos estaban tirados en la bolsa, completamente intactos. Collins creía que había habido una explosión, aunque no podía deducir de qué tipo.

Trent sacudió la cabeza.

—Supongo que con eso no impresionó al tribunal —dijo—, aunque puede que fuera la única hipótesis que tuviese que ofrecer con honestidad. —Fumó callado durante unos instantes, mientras el capitán Royden trataba de arreglar su instrumento telefónico con un cepillo de pelo de camello—. Pero, sin duda alguna —añadió Trent finalmente—, si hubiese habido una explosión así, alguien la habría oído.

—La habría oído mucha gente —contestó el capitán Royden—. Pero, verá, no es tan sencillo… Justo en ese punto, nadie hace caso del ruido de explosiones. Al otro lado de la carretera hay una cantera y, a partir de las siete de la mañana, puede haber estallidos en cualquier momento.

—¿Un ruido sordo, apagado, enloquecedor?

—Increíblemente enloquecedor —confirmó el capitán Royden— para los que vivimos cerca. Y por eso la cuestión del ruido fuerte ni se planteó. Bueno, Collins es un tipo muy sensato, pero, como dice usted, en realidad su testimonio no explicaba el asunto, y el del otro tipo, en cambio, sí, tuviera o no razón. Además, el coroner y el jurado habían oído hablar de rayos caídos de la nada, y les gustó la idea. Fuera como fuere, dictaminaron que se trató de una muerte accidental.

—Y nadie lo puede negar, como dice la canción —observó Trent—. ¿Y no había más pruebas?

—Sí, alguna. Pero Hunt se lo puede contar mejor, estuvo allí. Ahora debo pedirle que me disculpe —dijo el capitán Royden—. Tengo un compromiso en el pueblo. El gerente lo apuntará para jugar dos semanas y probablemente le consiga una partida, si quiere jugar hoy.

Cuando Trent regresó a su casa para el almuerzo, Colin Hunt y su esposa estuvieron más que dispuestos a completar el relato. El veredicto, declararon, fue una tontería. El doctor Collins sabía lo que hacía, mientras que el doctor Hoyle era un viejo holgazán, y la muerte de Freer no fue explicada de manera razonable.

Por lo que respectaba a las demás pruebas, estuvieron de acuerdo en que eran interesantes, pero no ayudaron en absoluto. A Freer lo vieron después de su primer golpe en el hoyo dos, cuando bajaba al fondo de la hondonada, yendo hacia el punto donde murió.

—Pero, según Royden —dijo Trent—, en ese lugar no se le veía, a no ser que uno estuviese justo encima.

—Bueno, es que el testigo estaba justo encima —replicó Hunt—. Más de trescientos metros por encima, dijo. Era un hombre de la Real Fuerza Aérea Británica, que pilotaba un bombardero que despegó de la base de Bexford, no lejos de aquí. Estaba realizando no sé qué ejercicio y pasó por encima del campo justo en ese momento. No conocía a Freer, pero divisó a un hombre que bajaba del hoyo dos, porque era el único ser viviente visible en el campo. Gossett, el otro hombre del avión, es socio temporal y conocía muy bien a Freer…, o tanto como cualquiera se hubiera interesado en conocerlo…, aunque nunca llegó a verlo. De todas formas, el piloto dejó claro que vio a un hombre en el momento en cuestión, y utilizaron su declaración para probar que Freer estaba completamente solo justo antes de morir. La otra persona que vio a Freer fue otro hombre que lo conocía bien; fue caddie aquí, y luego se colocó en la cantera. Estaba trabajando en la falda de la colina y vio a Freer jugar el primer hoyo e ir a por el segundo… a solas, claro.

—Bueno, entonces eso está probado —observó Trent—. Por lo visto, estaba más solo que la una. Pero el caso es que sucedió algo.

La señora Hunt resopló, escéptica, y encendió un cigarrillo.

—Sí, algo sucedió —dijo—. Pero a mí por lo menos no me preocupó gran cosa. Edith…, o sea, la señora Freer, la hermana de Royden…, debió de llevar una vida espantosa con un hombre así. No es que contase nunca nada…, en absoluto. No es de esas.

—Es de las buenas, sí —declaró Hunt.

—Sí, lo es, demasiado buena para casi cualquier hombre. Le confieso —añadió la señora Hunt dirigiéndose a Trent— que, si a Colin le diese por insultarme y pegarme, mi famosa lealtad no resistiría mucho tiempo.

—Por eso no lo hago. Si soy un marido perfecto, es por miedo a que me denuncie, Phil. Me pondría de patitas en la calle en un santiamén. Por lo que respecta a Edith, es cierto que nunca dijo nada, pero, viendo lo que ha cambiado desde que ocurrió, no hace falta. Tiene mejor aspecto y se la ve más contenta ahora, que está en casa de su hermano, que cuando Freer vivía.

—No creo que viva con él mucho tiempo —sugirió la señora Hunt con pesimismo.

—No. Yo mismo me casaría con ella, si tuviese ocasión —concedió Hunt cordialmente.

—¡Bah! No estarías ni entre los seis primeros —sentenció su esposa—. Será Rennie, o Gossett, o puede que Sandy Butler… Ya lo verás. Pero a lo mejor estás harto de los chismorreos locales, Phil. ¿Has conseguido jugar esta tarde?

—Con el titular de la Cátedra Jarman de Física de la Universidad de Cambridge —respondió Trent—. Aunque me ha mirado como si pensase que me vendría bien un baño de vitriolo, ha tenido a bien jugar conmigo.

—Lo tienes complicado —observó Hunt—. Al parecer es casi tan viejo como parece, pero es un hacha en el juego corto y se conoce el campo como la palma de la mano, que no es tu caso. Y no es tan cascarrabias como finge. Por cierto, fue el que vio el final del último golpe de Freer…, un golpe estupendo. A ver si puedes conseguir que te lo cuente.

—Lo intentaré —dijo Trent—. Me lo ha dicho el gerente, y por eso le he pedido que juegue conmigo.

La predicción de Colin Hunt se cumplió aquella tarde. El profesor Hyde, con cinco golpes de penalización, llevaba uno de ventaja en el diecisiete, y en el último hoyo hizo un putt de metro y medio con el que ganó. Cuando salían del green, observó, como si estuviese respondiendo a algo que Trent acabase de decir:

—Sí, puedo contarle una circunstancia curiosa de la muerte de Freer.

La mirada de Trent resplandeció, porque el profesor no había dicho ni una docena de palabras durante la partida, y la cauta alusión de Trent al asunto después del segundo hoyo obtuvo un gruñido intimidatorio por toda respuesta.

—Vi el final de su último golpe —prosiguió el anciano caballero—, pero no vi al hombre. Y fue un golpe precioso con la madera dos…, aunque tuvo suerte. Fue rodando y se quedó a menos de medio metro del banderín.

Trent meditó.

—Ya entiendo a qué se refiere —dijo—. Estaba usted cerca del segundo green, y la pelota pasó por encima de la cresta y fue hacia el hoyo.

—Exacto —afirmó el profesor Hyde—. Así hay que jugarlo…, si se puede. Usted podría haberlo conseguido hoy, si su segundo golpe hubiese ido treinta metros más lejos. Yo nunca lo he logrado, pero Freer lo hacía a menudo. Después de undrive excelente, juegas un segundo largo, a ciegas, por encima de la cresta, y con un golpe perfecto puedes llegar al green. Bueno, mi casa está muy cerca de ese green. Yo andaba distraído en el jardín antes de desayunar y, justo cuando casualmente estaba mirando al green, una pelota cayó dando botes por la cuesta y cruzó despacio hasta el hoyo. Sabía de quién tenía que ser, claro… Freer siempre iba hacia esa hora. Si no hubiese sido él, me habría quedado a verlo lograr los tres golpes y lo habría felicitado. Dadas las circunstancias, entré en casa y no me enteré de su muerte hasta mucho después.

—¿Y no vio el golpe? —preguntó Trent, pensativo.

El profesor clavó en él una colérica mirada azul.

—¿Cómo diantres iba a verlo? —protestó, malhumorado—. ¿Acaso cree que puedo penetrar una masa de tierra compacta con la vista?

—Ya lo sé, ya lo sé —contestó Trent—. Tan solo trataba de seguir su proceso mental. Sin ver el golpe, supo que era el segundo… Dice usted que habría podido hacer el hoyo en tres con un buen putt. Y también ha dicho…, ¿verdad que sí?…, que fue un golpe con la madera dos.

—Simplemente, mi joven amigo, porque… —El profesor se puso serio—… resulta que sabía cómo jugaba. Jugué esos nueve hoyos con él antes de desayunar muchas veces, hasta que un día perdió los papeles más que de costumbre y se puso imposible. Sabía que casi siempre salvaba la cresta con el segundo golpe (no digo que siempre llegase al green), y el único palo con el que se podía hacer eso era la madera dos. Es concebible, lo admito —añadió el profesor Hyde con cierta rigidez—, que ocurriese algún contratiempo y que el golpe en cuestión no fuese el segundo de Freer, pero no se me ocurrió tener en cuenta una posibilidad tan remota.

Al día siguiente, después de que los jugadores de las partidas matinales empezasen su recorrido por el campo, Trent se permitió practicar durante una hora, principalmente en la sección no vigilada del hoyo dos. Después habló con el caddieprincipal; luego visitó la tienda y se ganó la estima del experto vendedor haciéndose con un midiron[5] nuevo. No tardó en sacar a relucir el último golpe de Arthur Freer. Aquella mañana, dijo, había intentado llegar al green con su segundo golpe una docena de veces, después de otros tantos drives satisfactorios, pero todo fue en balde. Fergus MacAdam negó con la cabeza.

—Había poca gente —dijo— que pudierra golpearr la bola con tanta fuerrza. Él mismo erra capaz de llegarr, a veces,perro sin cerrteza. El señorr Frreerr tenía la fuerrza necesarria y además sabía emplearrla.

—¿Qué palos —preguntó Trent— prefería Freer?

—Larrgos y pesados, como él. Ahorra que lo menciona —observó MacAdam—, los tengo aquí. Los trrajerron después del accidente. —Rebuscó en lo alto del estante—. Sí, aquí están. No deberrían estarr aquí, clarro, perro nadie ha venido apedirrlos y se me había olvidado.

Trent, sacando la madera dos, miró pensativo la cabeza pesada con la franja de metal incrustada en la cara.

—Es un arma potente, sin duda —observó.

—Sí, parra el hombrre que la sepa contrrolarr —dijo MacAdam—. A mí no me gusta la carra de marrfil sintético. Hay quien piensa que es más resistente (ya sabe), perrode eso nada.

—Así que no se lo compró a usted —sugirió Trent, que seguía examinando la cabeza atentamente.

—Sí, sí. Nelsons me envió una parrtida cuando se pusierron de moda. Verrá que lleva mi nombrre —añadió MacAdam— estampado en la maderra en el lugarr habitual, si tiene bien la vista.

—Pues no… Ese es el problema. La estampa es ilegible.

—¡Quia! Vamos a verr —dijo el profesional, cogiendo el palo—. No me extrraña que sea ilegible —prosiguió tras un breve escrutinio—. Lo han borrado… Se ve fácilmente. ¡Habrrase visto semejante tonterría! La maderra está aplastada de alguna manerra…, con un torrnillo de banco, dirría yo. A verr, ¿a quién se le ocurre hacerralgo así?

—Inexplicable, ¿verdad? —convino Trent—. Pero da lo mismo, supongo. Y, de todas formas, nunca lo sabremos.

Doce días después, Trent, asomándose a la puerta del despacho del secretario, que se hallaba abierta, vio al capitán Royden felizmente entretenido con las piezas sueltas de algún mecanismo cuyo motivo principal parecían ser los muelles de alambre.

—Veo que está ocupado.

—¡Pase! ¡Pase! —dijo Royden cordialmente—. Esto lo puedo hacer después… Me llevará como una hora más de trabajo. —Dejó un alicate puntiagudo sobre la mesa—. Los de la electricidad nos han cambiado a corriente alterna y tengo que rebobinar el motor de la aspiradora. Menudo engorro —añadió, contemplando con afecto la desconcertante maraña de maquinaria que había sobre la mesa.

—Lleva usted su cruz con gran dignidad —observó Trent.

Y Royden rio al tiempo que se limpiaba las manos con una toalla.

—Sí —afirmó—, me encanta trastear con la mecánica y, me va a perdonar, pero prefiero hacer estas cosas con mis propias manos en lugar de arriesgarme a que las haga mal un operario descuidado. Hay demasiados. Precisamente, hace un año más o menos, la compañía mandó a un empleado a poner una caja de fusibles nueva, hizo un cortocircuito en la cocina con el destornillador y salió volando por los aires, y bien podría haber muerto.

Cogió la pitillera y se la ofreció a Trent, que tomó un cigarrillo y, a continuación, miró dubitativo el emblema de la tapa.

—Muchas gracias. La primera vez que vi esta caja, le puse la etiqueta de Ingeniero real. Ubique, y Quo fas et gloria ducunt. ¡Ejem! Me gustaría saber por qué los ingenieros recibieron ese lema en concreto.

—Sabe Dios —dijo el capitán—. En mi experiencia, los zapadores no van exactamente allí donde los llevan lo correcto y la gloria. El más sucio de los empleos y muy poca gloria…, eso consiguen.

—Aun así, les queda el consuelo —señaló Trent— de sentirse como pez en el agua en esta época científica y de que en el resto del Ejército sean aficionados comparados con ellos. Por lo menos eso me dijo uno en una ocasión. Bueno, capitán, tengo que marcharme esta noche. Solo me he pasado para decirle que he disfrutado mucho.

—Me alegro —dijo el capitán Royden—. Espero que vuelva, ahora que sabe que aquí el golf no está mal.

—Me gusta muchísimo. Los socios, también. Y el secretario. —Trent se detuvo para encender el cigarrillo—. Además, el misterio me ha parecido muy interesante.

El capitán Royden arqueó las cejas ligeramente.

—¿Se refiere a la muerte de Freer? Entonces, ha decidido que es un misterio.

—Pues sí —dijo Trent—. Porque decidí que lo mató alguien y que probablemente lo mató intencionadamente. Después, cuando investigué un poco, eliminé lo de «probablemente».

El capitán Royden cogió un cortaplumas de su escritorio y se puso a afilar un lapicero de forma mecánica.

—Entonces, ¿no está de acuerdo con el jurado del coroner?

—No, ya que al parecer la intención del veredicto era descartar el asesinato o cualquier otra intervención humana, no estoy de acuerdo. La hipótesis del rayo, que por lo visto los convenció, por lo menos a algunos, no me pareció muy inteligente. Me contaron los argumentos en contra del doctor Collins en la investigación preliminar, y a mi juicio la desmontó por completo cuando dijo que los palos de Freer, casi todos de acero, estaban intactos. El que lleva sus propios palos los deja en el suelo a poca distancia para jugar, pero se supone que Freer se electrocutó sin que nadie reparara en ellos, por así decir.

—¡Ejem! No, no parece probable. Pero no sé si eso es determinante —dijo el capitán—. Los rayos juegan malas pasadas, ya sabe. Una vez vi cómo le cayó uno a un arbolito rodeado de árboles el doble de grandes. Sea como fuere, estoy de acuerdo en que la teoría del rayo no parecía muy razonable. Aunque el tiempo era tormentoso, aquella mañana no hubo relámpagos en esta zona.

—Efectivamente. Pero, cuando reflexioné sobre lo que dijeron de los palos de Freer, caí de pronto en la cuenta de que nadie dijo nada sobre el palo, según la información que tenía de la investigación preliminar. Parecía evidente, por lo que vieron usted y el cura, que acababa de utilizar la madera dos cuando cayó; estaba tirado cerca de él, no en la bolsa. Además, el bueno de Hyde vio la pelota rodar cuesta abajo hasta el green. Bien, cuando uno tiene delante un problema así, viene bien estudiar los detalles menores. No quedaban muchos que estudiar, evidentemente, dado que ocurrió hace cuatro meses, pero sabía que los palos de Freer tenían que estar en alguna parte, y se me ocurrieron uno o dos sitios a los que probablemente los habrían llevado, dadas las circunstancias, así que lo comprobé. En primer lugar, inspeccioné la caseta del caddie principal, preguntando si podía dejar allí la bolsa un par de días, pero me dijeron que la costumbre era dejarla en la tienda. Así que fui y estuve charlando con MacAdam y, efectivamente, al poco salió a la luz que la bolsa de Freer seguía en el estante. Y vi los palos.

—¿Y le llamó la atención algo? —preguntó el capitán Royden.

—Una cosita solamente, pero bastó para hacerme pensar, y al día siguiente fui en coche a Londres, donde fui a visitar Nelsons, la tienda de artículos deportivos. Conoce la empresa, claro.

El capitán Royden, afilando con cuidado la punta del lapicero, asintió.

—Todo el mundo conoce Nelsons.

—Sí, y sabía que MacAdam tenía una cuenta para abastecerse. Quería ver bien unos palos en particular…, una madera dos con un trozo de marfil sintético incorporado en la cara, como los que le suministraron a MacAdam. Freer le compró uno.

Royden volvió a asentir.

—Vi al hombre que vende los palos en Nelsons. Charlamos, y entonces… Ya sabe cómo se descubren detalles en el transcurso de una conversación…

—Sobre todo —intercaló el capitán con una sonrisa alegre— cuando la conversación la lleva un experto.

—Me halaga —dijo Trent—. Sea como fuere, descubrí que, unos meses antes, un cliente que el hombre recordaba bien le había comprado un palo de la misma factura. Lo recordaba porque, en primer lugar, insistió en que fuera un palo de longitud y peso inusuales…, demasiado largo y pesado para usarlo él mismo, ya que no era alto ni de complexión fuerte. El vendedor se lo sugirió con tacto, pero el cliente rehusó. Sabía exactamente lo que necesitaba, y compró el palo y se lo llevó.

—Un burro integral —observó Royden, pensativo.

—En realidad, no creo que fuera un burro. Pero podía equivocarse, como todo el mundo. Por cierto, el vendedor recordaba algunas cosas más de él, como que cojeaba ligeramente y era o había sido oficial del Ejército. El vendedor fue soldado y no se equivocaba, dijo.

El capitán Royden había cogido un folio, y conforme escuchaba iba dibujando figuritas geométricas.

—Prosiga, señor Trent —dijo en voz baja.

—Bueno, volviendo al asunto de la muerte de Freer, creo que lo mató alguien que sabía que Freer nunca jugaba los domingos, de manera que sus palos estarían (o deberían estar, si lo prefiere) en su taquilla todo el día. Y también toda la noche siguiente, claro…, en caso de que el trabajo durase mucho. Y creo que ese hombre estaba en condiciones de tener acceso a las taquillas cuando quisiera, y poseía una llave maestra de dichas taquillas. Creo que era un artesano aficionado y habilidoso, y que tenía experiencia en el uso de explosivos. Hay una rama del Ejército… —Trent se detuvo un momento y miró a la pitillera que estaba encima de la mesa— en la que esa experiencia es especialmente necesaria, según tengo entendido.

Apresuradamente, como si acabase de recordarle que debía ser hospitalario, Royden levantó la tapa de la caja y se la acercó a Trent.

—Coja otro cigarrillo —le instó.

Trent lo hizo y le dio las gracias.

—Es necesaria para los ingenieros reales —prosiguió—, porque…, según me han dicho…, los derribos son una parte importante de su trabajo.

—Cierto —observó el capitán Royden, sombreando con delicadeza un lado de un cubo.

—Ubique! —dijo Trent, meditabundo—. Si estás «en todas partes», entiendo que puedes estar en dos sitios a la vez. Podrías matar a un hombre en un sitio, y al mismo tiempo desayunar con un amigo a una milla de distancia. Bueno, volviendo a lo nuestro una vez más… ya ve a qué conclusión tuve que llegar sobre lo que le ocurrió a Freer. Creo que alguien se llevó la madera dos de su taquilla el domingo antes de que muriese. Creo que quitó la cara de marfil sintético e hizo un hueco debajo, y colocó una carga de explosivo en ese hueco. No sé de dónde sacó el explosivo, porque no es fácil de encontrar, me imagino.

—Oh, no tendría el menor problema —observó el capitán—. Si el hombre del que habla sabía mucho de explosivos, como dice, pudo mezclarlo por su cuenta con materiales que todo el mundo puede comprar. Por ejemplo, pudo hacer tetranitroanilina fácilmente (me parece que le iría como anillo al dedo).

—Entiendo. Luego quizá habría un detonador minúsculo pegado al interior de la cara de marfil, para que un buen golpe de la madera dos lo activase. Y después la cara volvería a su sitio. Sería un trabajo delicado, porque la cabeza debía pesar lo mismo. El palo tenía que tener exactamente el mismo tacto y equilibrio que antes de manipularlo.

—Un trabajo delicado, sí —coincidió el capitán—, pero no imposible. En realidad, mucho más complejo de lo que dice; habría que limar la cara, por ejemplo. No obstante, podría hacerse.

—Bueno, imagino que lo hizo. Bien, el hombre que tengo en mente sabía que la madera dos no era necesaria en el primer hoyo, que es corto, y que no saldría de la bolsa hasta el hoyo dos, en el fondo de la hondonada, donde nadie podría ver lo que estuviera pasando. Lo que sin duda ocurrió es que Freer dio un golpe estupendo, directo al green. Lo que sucedió además en el mismo momento no lo sabemos con certeza, pero podemos hacer una suposición razonable. Y luego, claro, está el asunto de qué ocurrió con el palo…, o lo que quedaba de él; la empuñadura, digamos. Pero creo que no es un asunto complicado, si recordamos cómo encontraron el cuerpo.

—¿A qué se refiere? —preguntó Royden.

—Me refiero a quién lo encontró. Uno de los dos jugadores que lo hallaron estaba demasiado afectado para reparar en gran cosa. Volvió a todo correr a la sede, y el otro se quedó a solas con el cuerpo durante por lo menos quince minutos, según mis cálculos. Cuando la policía llegó a la escena, encontró junto al cuerpo una madera dos con todas las de la ley, un palo inusualmente largo y pesado, exactamente igual que la madera dos de Freer en todos los aspectos…, menos en uno. El nombre estampado en la cabeza había sido borrado por aplastamiento. Ese nombre, creo, no era F. MacAdam, sino W. J. Nelson, y el palo había salido de una bolsa que no era la de Freer…, una bolsa que contenía los restos, si había restos, de la madera dos de Freer en el fondo. Y me parece que eso es todo. —Trent se incorporó y estiró los brazos—. Ya ve a qué me refería cuando he dicho que el misterio me pareció interesante.

Durante unos instantes, el capitán Royden se quedó pensativo junto a la ventana; luego miró a Trent a los ojos, que tenían una expresión interrogante.

—Si hubo un tipo como el que imagina —dijo sin perder la compostura—, al parecer fue lo bastante cuidadoso, y también lo bastante afortunado, si quiere, para no dejar ningún rastro que pudiera utilizarse en su contra, por llamarlo de alguna manera. Y probablemente debió de tener razones personales y privadas para hacer lo que hizo. Imagine que alguien a quien estaba muy unido estuviese a merced de una bestia de muy mal carácter, un matón, e imagine que hubiese descubierto que la bestia había llegado a la violencia física, e imagine que la situación era infernal para ese hombre suyo, de día y de noche, e imagine que no hubiese otra manera de poner fin a la situación que la vía que tomó. Sí, señor Trent, ¡imagine todo eso!

—Lo haré…, ¡lo hago! —dijo Trent—. Ese hombre…, si existe…, debió de llegar al límite y, de todas formas, lo que hiciera no es asunto mío. Y ahora…, siguiendo con el subjuntivo…, imagine que me voy.

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