viernes, 17 de julio de 2020

Dos minutos y cuarenta y cinco segundos, de Dan Simmons

 


Roger Colvin cerró los ojos, la barra de acero se asentó con firmeza sobre su regazo y emprendieron la pronunciada ascensión. Oía el traqueteo de la pesada cadena y el chirrido de las ruedas de acero contra los raíles mientras subían la primera colina de la montaña rusa. A su espalda, alguien soltó una risa nerviosa. Pese a su vértigo y a que el corazón le martilleaba dolorosamente las costillas, Colvin echó una ojeada por entre los dedos extendidos.

Los raíles de metal y la estructura de madera blanca aparecían casi cortados a pico ante él. Colvin iba en el primer vagón. Bajó las manos y se aferró con fuerza a la barra de seguridad, donde notó el sudor seco de otras palmas pasadas. Alguien rio tontamente a su espalda. Volvió la cabeza solo lo suficiente para atisbar el borde de los raíles.

Estaban ya a mucha altura y continuaban ascendiendo. El paseo central de la feria y los aparcamientos menguaban por momentos, los individuos eran indistinguibles y las muchedumbres se convertían en simples alfombras de color que se fundían en un mosaico mayor de geometrías conformadas por calles y luces mientras se hacía visible la ciudad entera, luego todo el país. Ascendían con estrépito. El azul del cielo se oscureció. Colvin alcanzó a ver la curvatura de la tierra en la distancia brumosa. Se dio cuenta de que estaban muy por encima de la orilla de un lago cuando captó entre las traviesas de madera el reflejo de la luz en las crestas de las olas kilómetros por debajo. Colvin cerró los ojos mientras atravesaban por un instante el aliento frío de una nube y los abrió de golpe cuando el estruendo de la cadena cambió de tono, mientras la pendiente se reducía, mientras coronaban la cima.

Y la rebasaban.

No había nada más allá. Los dos raíles se curvaban hacia abajo y terminaban en el aire.

Colvin se aferró a la barra de seguridad mientras el vagón salía despedido hacia delante. Abrió la boca para gritar. Se inició la caída.

—Eh, ya ha pasado lo peor.

Colvin abrió los ojos y vio que Bill Montgomery le tendía una copa. El sonido de los motores del Gulfstream era un rumor sordo bajo el suave siseo que brotaba de la boquilla de ventilación. Colvin aceptó el ofrecimiento, redujo la intensidad del aire y miró por la ventanilla. El aeropuerto de Logan quedaba ya detrás de ellos, fuera de la vista, y Colvin vislumbró la playa de Nantasket, muescas de minúsculos triángulos blancos de vela en la extensión de la bahía y el océano más allá.

Seguían ascendiendo.

—Joder, no sabes cómo nos alegramos de que decidieras venir esta vez, Roger —le dijo Montgomery—. Es estupendo reunir a toda la banda. Como en los viejos tiempos.

Montgomery sonrió. Los otros tres hombres de la cabina alzaron sus vasos.

Colvin tocó la calculadora en su regazo y le dio un sorbo al vodka. Respiró hondo y cerró los ojos.

Miedo a las alturas. Desde siempre. Seis años y en el granero, el tropiezo en el altillo, la caída aparentemente interminable, el tiempo estirándose, los dientes afilados de la horca apuntando hacia él. El aterrizaje, la respiración cortada, la mejilla y el ojo derecho contra la paja, a escasos diez centímetros de las púas de acero de la horca.

—La empresa está a punto de ver días mejores —dijo Larry Miller—. Dos años y medio de mala prensa es suficiente. El lanzamiento de mañana vendrá bien, echará las cosas a rodar otra vez.

—¡Bien dicho! —exclamó Tom Weiscott.

Aún no era mediodía, pero Tom ya llevaba demasiadas copas encima.

Colvin abrió los ojos y esbozó una sonrisa. Contando con él, había cuatro vicepresidentes en el avión. Weiscott aún era director de proyectos. Colvin apoyó la mejilla en la ventanilla y vio pasar por debajo la bahía de Cape Cod. Calculó que debían de estar a una altitud de tres o cuatro mil metros y subiendo.

Imaginó un edificio de más de catorce mil metros de altura. Desde el pasillo enmoquetado del ático entraba en el ascensor, cuyo suelo era de cristal. El hueco se extendía cuatro mil seiscientos pisos por debajo, cada uno de ellos señalado con luces halógenas, luces paralelas que convergían a lo largo de catorce kilómetros de aire negro hasta que se fusionaban formando un borrón en el fondo.

Levanta la mirada a tiempo para ver cómo se parte el cable, cómo se separa. Cae, aferrándose en vano a las paredes interiores del ascensor, las cuales se han vuelto tan resbaladizas como el suelo transparente de cristal. Las luces pasan deprisa y, kilómetros más abajo, el fondo de cemento ya es visible, un cuadrado azul minúsculo que crece mientras la cabina del ascensor cae a plomo. Sabe que durante casi tres minutos verá ese cuadrado azul acercarse, elevarse hasta aplastarlo. Colvin grita y la saliva flota en el aire delante de él, como suspendida, aunque descendiendo a la misma velocidad. Las luces pasan deprisa. El cuadrado azul crece.

Colvin tomó un trago de vodka, dejó el vaso en el orificio circular del brazo de su asiento y tecleó en su calculadora.

Los objetos en caída libre dentro de un campo gravitatorio obedecen reglas matemáticas precisas, tanto como los vectores de fuerza y las velocidades de combustión en las cargas huecas y los combustibles sólidos que Colvin llevaba veinte años diseñando, pero, así como el oxígeno afecta a la tasa de combustión, el aire controla la rapidez con la que cae un cuerpo. La velocidad terminal depende de la presión atmosférica, la distribución de la masa y el área superficial tanto como de la gravedad.

Colvin bajó las pestañas, como si dormitara, y vio lo que veía cada noche cuando fingía dormir: la nube blanca henchida, que se expandía como en una película a cámara rápida de un estratocúmulo inclinado, amenazador, floreciendo sobre un fondo de cielo azul oscuro; el interior pardo rojizo de la llama de tetraóxido de dinitrógeno y —solo visible bajo las dos despreocupadas estelas que emergían de los cohetes aceleradores de combustible sólido— el cuadrado borroso del fuselaje delantero cayendo en picado, cabina de vuelo incluida. Ni siquiera las imágenes con mayor aumento revelaban los pormenores: el recipiente a presión que era el módulo de la tripulación intacto, con el lado derecho calcinado, hacia el cual el acelerador a la fuga había dirigido su llama, dando vueltas, en caída libre, dejando tras de sí un reguero de hilos y cables y jirones de fuselaje, como un cordón umbilical y una placenta. Las primeras imágenes no habían mostrado esos detalles, pero Colvin los había visto, los había tocado, tras el impacto demoledor contra el implacable mar azul. Capas de percebes diminutos crecían en la piel lacerada. Colvin se imaginó la oscuridad y el frío que aguardaban al final de esa caída; los peces alimentándose.

—Roger —dijo Steve Cahill—, ¿dónde nació tu miedo a volar?

Colvin se encogió de hombros, apuró el vodka.

—No lo sé.

En Vietnam —no «el Nam» ni «el país»—, un lugar que Colvin aún quería considerar como tal y como no un trastorno, había volado. Siendo ya un experto en cargas huecas y propulsores, viajaba al valle de Bong Son, cerca de la costa, para averiguar por qué no detonaban los explosivos plásticos C-4 de un cargamento enviado a una unidad de la armada del ejército de Vietnam, cuando la tuerca principal del rotor se desprendió del Huey y el helicóptero cayó, sin hélices, ochenta y cinco metros sobre la jungla, se abrió paso a través de casi treinta metros de espesa vegetación y se detuvo, invertido, enganchando en unas enredaderas a tres metros del suelo. Una rama que había atravesado el piso del Huey empaló limpiamente al piloto. El cráneo del copiloto se incrustó en el parabrisas. El artillero salió despedido y se rompió el cuello y la columna y murió al día siguiente. Colvin salió andando con un esguince de tobillo.

Colvin bajó la mirada mientras sobrevolaban Nantucket. Estimaba que ese instante estaría a unos cinco mil quinientos metros de altitud, que iba aumentando a velocidad constante. Sabía que alcanzarían una altitud de crucero de casi diez mil metros. Se quedarían lejos de los catorce mil, sobre todo por carecer del vector de empuje vertical, aunque dependía en gran medida del área superficial.

En los años cincuenta, cuando Colvin era un niño, vio en el «antiguo» National Enquirer la fotografía de una mujer que se había tirado desde el Empire State y había aterrizado sobre el techo de un coche. Tenía las piernas cruzadas de forma casi casual por los tobillos; había un agujero en el dedo de una de sus medias de nailon. El techo del vehículo se había achatado, combado hacia dentro, casi como un gran colchón de plumas de ganso que se hubiera adaptado al peso de una persona dormida. La cabeza de la mujer parecía como hundida en una almohada blanda.

Colvin tecleó en la calculadora. Una mujer que saltara del Empire State caería durante casi catorce segundos antes de estrellarse contra la calle. Alguien que cayera dentro de una caja de metal desde catorce mil metros de altura tardaría dos minutos y cuarenta y cinco segundos en impactar en el agua.

¿En qué había pensado ella? ¿Y ellos? ¿En qué habían pensado ellos?

«La mayoría de las canciones pop y los vídeos de rock duran unos tres minutos», pensó Colvin. Era un buen espacio de tiempo; no demasiado largo como para aburrir, lo suficiente para contar una historia completa.

—Nos alegra la hostia que estés con nosotros —volvió a decir Bill Montgomery.

—Joder, Roger —le había susurrado Bill Montgomery veintisiete meses antes, fuera de la sala de teleconferencias—, ¿te vas a poner de nuestro lado en esto o no?

Una teleconferencia se asemejaba bastante a una sesión de espiritismo. El grupo se sentaba en habitaciones en penumbra a cientos o miles de kilómetros de distancia y se comunicaba con voces que surgían de la nada.

—Bueno, pues esa es la situación meteorológica aquí. —La voz procedía del Centro Espacial Kennedy—. ¿Qué van a hacer?

—Hemos visto el fax —dijo la voz de Marshall—, pero seguimos sin comprender por qué deberíamos abortar por una anomalía tan pequeña. Nos aseguró que este material era a prueba de fallos y que, si uno quisiera, podía darle patadas hasta cansarse.

Phil McGuire, el ingeniero jefe del equipo de Colvin, se retorció en su asiento y habló con voz demasiado fuerte. Los cuatro teléfonos conectados al sistema de teleconferencia disponían de altavoces cerca de los asientos que podían captar hasta los tonos más débiles.

—Está claro que no lo entiende, ¿verdad? —casi gritó McGuire—. Es la combinación de las temperaturas frías y la probabilidad de actividad eléctrica en esa capa de nubes lo que causa problemas. En los últimos cinco vuelos se han producido tres eventos transitorios en las líneas de conexión que van desde las cargas huecas de los aceleradores a las antenas de mando…

—Eventos transitorios —le interrumpió la voz del Centro Espacial Kennedy—, pero dentro de los parámetros de certificación de vuelo, ¿no?

—Bueno…, sí —admitió McGuire. Parecía a punto de echarse a llorar—. Pero está dentro de los parámetros porque no paramos de firmar documentos y reescribir los condenados parámetros. Lo que pasa es que ignoramos por qué las cargas de seguridad C-12B en los aceleradores y el tanque externo registraron un flujo de corriente transitorio cuando no se había transmitido la activación de ninguna función. Roger cree que quizá las conexiones de la carga lineal o el propio compuesto C-12 permitan accidentalmente que la descarga estática simule una señal de mando… Por Dios, explícaselo, Roger.

—¿Señor Colvin? —inquirió la voz de Marshall.

Colvin se aclaró la garganta.

—Eso es lo que llevamos un tiempo observando. Los datos preliminares sugieren que las temperaturas inferiores a menos dos grados centígrados permiten al residuo de óxido de cinc en las pilas de C-12B conducir una señal falsa… si hay una descarga estática suficiente… en teoría…

—Pero todavía no cuentan con una base de datos sólida sobre esto, ¿no? —inquirió la voz de Marshall.

—No —respondió Colvin.

—¿Y firmaron la exención crítica uno que certificaba la disposición de los tres últimos vuelos?

—Sí —respondió Colvin.

—Bien —dijo la voz del Centro Espacial Kennedy—, tenemos el informe de los ingenieros de Beaunet-HCS, ¿cuál va a ser la recomendación de la dirección?

Bill Montgomery había solicitado un descanso de cinco minutos y el equipo directivo se reunió en el pasillo.

—Joder, Roger, ¿te vas a poner de nuestro lado en esto o no?

Colvin había desviado la mirada.

—Hablo en serio —espetó Montgomery—. La división de cargas huecas ha aportado a la empresa unos beneficios de doscientos quince millones de dólares este año y tu trabajo ha sido una parte fundamental de ese éxito, Roger. Pero ahora pareces dispuesto a tirarlo todo por el retrete por unas puñeteras lecturas transitorias de telemetría que no significan nada en comparación con lo que hemos logrado como equipo. Dentro de unos meses quedará vacante un puesto de vicepresidente, Roger. No jodas tus opciones perdiendo la cabeza como ese histérico de McGuire.

—¿Listos? —preguntó la voz del Centro Espacial Kennedy cuando hubieron transcurrido los cinco minutos.

—Adelante —dijo el vicepresidente Bill Montgomery.

—Adelante —dijo el vicepresidente Larry Miller.

—Adelante —dijo el vicepresidente Steve Cahill.

—Adelante —dijo el director de proyecto Tom Weiscott.

—Adelante —dijo el director de proyecto Roger Colvin.

—De acuerdo —dijo el Centro Espacial Kennedy—. Trasladaré su recomendación. Lamento que no puedan estar aquí mañana para presenciar el despegue, caballeros.

Colvin volvió la cabeza cuando Bill Montgomery le llamó desde su lado de la cabina.

—Eh, creo que veo Long Island.

—Bill —dijo Colvin—, ¿cuánto ha ganado este año la empresa con el rediseño del C-12B?

Montgomery bebió un trago de su copa y estiró las piernas en el espacioso interior del Gulfstream.

—Unos cuatrocientos millones, creo. ¿Por qué?

—¿Y la Agencia consideró en serio la posibilidad de irse después de… después?

—Mierda —dijo Tom Weiscott—, ¿adónde iban a irse? Los tenemos pillados por los huevos. Lo pensaron unos meses y luego volvieron arrastrándose. Eres el mejor diseñador de dispositivos de seguridad y combustibles hipergólicos sólidos del país, Rog.

Colvin asintió con la cabeza, trabajó con su calculadora un minuto y cerró los ojos.

La barra de acero cruzada sobre el regazo lo retenía en el vagón, que seguía ascendiendo con estrépito. El aire se enrarecía y se enfriaba, el chirrido de las ruedas sobre los raíles se diluyó en un aullido débil mientras la montaña rusa rebasaba pesadamente la señal de los diez kilómetros.

En caso de una despresurización en cabina, se abrirá automáticamente un compartimento situado encima de sus asientos que contiene las máscaras de oxígeno. Por favor, colóquesela sobre la nariz y la boca y respire con normalidad.

Colvin miró hacia delante, la terrible pendiente de la montaña rusa, presintiendo la cima de la subida y el vacío que había más allá.

El equipo personal compuesto por una minúscula combinación de máscara y tanque de aire para salidas de emergencia se denominaba PEAP. Se recuperaron del fondo del océano los dispositivos de cuatro de los cinco tripulantes. Todos se habían activado. Se habían consumido dos minutos y cuarenta y cinco segundos de los cinco minutos disponibles de suministro de aire.

Colvin veía llegar la cima de la primera colina de la montaña rusa.

Se produjo un crudo ruido metálico y un bandazo cuando el vagón sobrepasó la cima y se salió de los raíles. Detrás de Colvin, la gente empezó a chillar y siguió chillando. Colvin se inclinó hacia delante y asió la barra de seguridad mientras la montaña rusa se hundía a plomo en catorce kilómetros de vacío. Abrió los ojos. Un único vistazo por la ventanilla del Gulfstream le indicó que la fina hilera de cargas huecas que había colocado allí habían seccionado el ala de babor limpia, quirúrgicamente. La velocidad de caída sugería que el muñón del ala de estribor era suficiente para proveer el área superficial necesaria para mantener la velocidad terminal un poco por debajo de la máxima. Dos minutos y cuarenta y cinco segundos, cuatro segundos más o menos.

Colvin buscó su calculadora pero volaba por la cabina, chocando con botellas, vasos, cojines y cuerpos que no llevaban puesto el cinturón. Los gritos eran ensordecedores.

Dos minutos y cuarenta y cinco segundos. Tiempo para pensar en muchas cosas. Y tal vez, solo tal vez, tras dos años y medio acosado por las pesadillas, tal vez tendría el tiempo suficiente para una breve siesta sin sueños.

Colvin cerró los ojos.

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