miércoles, 1 de julio de 2020

Richie a orillas del mar, de Greg Bear

 


Durante la noche se habían agotado las últimas energías de la tormenta. Un turbión violento y disperso había derribado el cobertizo de los Thomson, y la crecida de las aguas había vomitado montones de desperdicios sobre las rocas y la arena. Al oscurecer los desechos empezaban a oler, atrayendo a moscas y gaviotas. Había montones de algas, flotadores de vidrio y corcho, fragmentos de madera de barca, envases de aerosoles y una ballena. Ésta medía unos doce metros de longitud, y había muerto durante la noche tras su impacto contra las puntiagudas rocas de la cala. Parecía una babosa gigantesca, tendida sobre la rebalsa de aguas quietas, con la cabeza y la cola colgantes sobre los bordes.

Thomas Harker sintió cierta pena por el animal, pero estaba más preocupado que apenado. Su casa se encontraba a menos de medio kilómetro hacia el sur, y con el viento soplando en su dirección, el olor no tardaría en ser molesto.

El jeep del sheriff llegó rugiendo por la carretera del acantilado, entre la cala y los terrenos de la universidad. Thomas le saludó agitando la mano, y el sheriff le devolvió el saludo. La tarea de limpieza iba a ser ardua.

Thomas se apartó del borde del acantilado y regresó al sendero entre los árboles. Se había levantado de su mesa de dibujo hacía una hora, para estirar los músculos, y el paseo había durado más de lo que esperaba; por entonces Karen ya habría regresado a casa y estaría esperándole, fatigada tras el trabajo de matriculación de alumnos que se había prolongado durante una semana.

La cabaña se alzaba en un bonito terreno, apenas a treinta metros de la orilla, sin nada más que hierba, arena y una valla de estacas puntiagudas que la separaba del agua. Durante la tormenta se habían preocupado, pero la temida inundación no se produjo. La playa se elevaba ligeramente hacia su finca, formando una especie de dique natural, y habían salido muy bien del apuro.

Se descalzó, extrajo la arena de los zapatos y los colgó de dos clavos al lado de la puerta trasera. En el porche de servicio se quitó los calcetines, los sacudió hacia afuera, por si también tenían arena, y los metió en la lavadora. Su incauta carrera cerca de la orilla había humedecido zapatos, calcetines y pies, cuyos dedos movió ahora para desentumecerlos, antes de entrar en la cocina. Husmeó el aire: Karen había colocado en el horno empanada casera de pollo. Los paseos a lo largo de la playa le provocaban un apetito feroz, sobre todo después de largos días ante el tablero de dibujo.

Miró a través de la ventana abierta en la fachada principal. Karen estaba en la puerta de la verja, el cabello flotando en la brisa nocturna, que se embolsaba entre el suéter y la blusa rosa y blanca. Se volvió, vio a su marido en la ventana y le saludó agitando la mano, diciendo algo que él no podía oír.

Se encogió expresivamente de hombros y fue a abrir la puerta. Vio algo pequeño en el porche y se sobresaltó. Richie estaba en el escalón, sonriéndole. Sus ojos tenían el color del mar iluminado por el sol, y su cabello negro estaba revuelto.

—¿Le he asustado, señor Harker? —le preguntó el chiquillo.

—No demasiado. ¿Qué haces aquí a estas horas? Deberías estar cenando en casa.

Karen subió al porche y se quitó los zapatos.

—¡Richie! ¿Cuándo has venido?

—Ahora mismo. Andaba por las dunas y se me ocurrió saludarles. —Señaló hacia el norte de la casa, con sus dedos largos, poco infantiles—. Hola.

Miró a Karen de una manera a la que, como Thomas sabía, era vulnerable.

—¿No hay cena esta noche en casa? —le preguntó Karen—. Quizá puedas quedarte aquí.

Thomas torció el gesto y empezó a gesticular.

—No puedo —dijo Richie—. Es demasiado tarde y tengo que regresar pronto a casa. Eh, ¿han visto la ballena?

—Sí —respondió Thomas—. El sheriff va a divertirse lo suyo para sacarla de ahí.

—No crea, probablemente la próxima marea se la llevará —dijo Richie.

Les miró, con una ancha sonrisa. Suponían que tenía nueve o diez años, pero ya sabía cómo tratar a la gente.

—La marea ya no subirá tanto —objetó Thomas.

—Quizá no, pero no sería la primera vez que arrastra cosas grandes. ¿Cree que el sheriff va a dejarla ahí toda la noche?

—Es lo más probable. No empezará a oler hasta mañana.

Karen arrugó la nariz, con una mueca de repugnancia.

—De todos modos, gracias por la invitación, señora Harker. —Se metió las manos en los bolsillos del pantalón corto y caminó hasta la verja, cruzó la puerta y se volvió hacia ellos—. ¿Tienen más ropa usada para darme?

—Ahora no —dijo Thomas—. Ya te hemos dado todo lo que nos sobraba.

—Necesito más para la campaña benéfica —explicó Richie—. Gracias de todos modos.

—¿Dónde vive? —preguntó Thomas cuando entraron en la casa.

—Creo que no quiere que lo sepamos. Probablemente en el pueblo. ¿No te gusta?

—Claro que me gusta. No es más que un chiquillo.

—Parece como si no quisieras que ande por aquí.

Le miró acusadoramente.

—No quiero que ronde siempre por aquí. No es nuestro, y sus padres deben cuidar de él.

—Es evidente que no se preocupan demasiado.

—Está bien alimentado —dijo Thomas—. Tiene un aspecto saludable y se desenvuelve bien.

Se sentaron a la mesa. Parte del cabello de Karen tenía aún la forma que le había dado el viento. No se lo peinó después de recoger la mesa y mientras Thomas fregaba los platos. Sus ojos trazaban interminables diagramas de circuitos en la espuma del detergente.

—Eh —gritó en dirección al baño—. He trabajado demasiado.

—Lo sé —respondió Karen—. Yo también. ¿Verdad que es terrible?

—Vamos a acostarnos temprano —sugirió él.

Ella entró en la cocina enfundada en una bata de baño, y se apartó un mechón de pelo que le colgaba sobre la frente.

—Has trabajado en exceso —le dijo—. Tienes que dormir.

Thomas lanzó un paño de cocina arrebujado contra el trasero de su esposa en retirada, pero le falló la puntería. Entonces se frotó los ojos sobre el fregadero y volvió a mirar la espuma del detergente. Esta vez no vio ningún diagrama de circuito, sino sólo el rostro de Richie. Extrajo el último plato y lo aclaró.

Al día siguiente Thomas se despertó a causa de los martillazos procedentes de la playa. Se sentó en la cama para recibir el rápido beso de Karen, cuando ésta se disponía a salir hacia la universidad, y entonces se acostó de nuevo para dormir un poco más. Unos minutos después abrió los ojos y soltó una maldición. El ruido era excesivo. Bajó de la cama y fue al baño, estremeciéndose al pisar las frías baldosas. Hizo correr el agua de la ducha para que se calentara, cogió el cuenco que usaba para afeitarse y examinó su rostro en el espejo agrietado. El espejo se había roto seis meses atrás, cuando él resbaló y lo golpeó sin querer, tras haberse pasado toda la noche inclinado sobre los diagramas de circuitos en su despacho. Karen se enfureció con él, y desde entonces no había trabajado con tanta intensidad. Pero era un trabajador autónomo y había convenido una fecha de entrega tope con la empresa Peripheral Data; era preciso cumplirla si quería mantener su reputación.

Dentro de unos meses podría obtener un contrato en exclusiva con Key Business Corporation, y entonces diseñaría lo que quería diseñar: grandes ordenadores, bestias poderosas, y los beneficios económicos serían considerables.

El martilleo continuó, y cuando Thomas, después de vestirse, miró por la ventana del dormitorio, vio que Thomson estaba reconstruyendo su cobertizo. Éste había estado en desuso durante meses, después de que Thomson perdiera su embarcación en las pruebas de Del Mar, cerca de San Diego. Sin embargo, Thomson estaba aserrando, clavando y reconstruyendo la estructura de madera con un tejado de doble vertiente, por lo que quizá tenía la intención de adquirir otro barco. Thomas no pensó mucho en ello, y empezó a trabajar incluso antes de instalarse en su despacho. Había toda una serie de chips TTL que podía mover para resolver la interferencia que sin duda aparecería en el diseño tal como lo tenía ahora.

Hacia las nueve estaba totalmente absorto en su trabajo. Tenía los lápices de dibujo, las plantillas y la escuadra de mecánico esparcidos sobre el papel en una completa confusión. No le interrumpieron hasta las diez.

Abrió la puerta de una manera mecánica y se encontró con el sheriff Varmanian, que estaba en el porche, sudoroso. El sol apretaba y el día prometía ser cálido y húmedo.

—Hola, Tom.

—¿Cómo estás, Al? ¿Ocurre algo?

—¿Te estoy interrumpiendo? Lo siento…

—Sí, mis ordenadores no podrán hacerse cargo de tu trabajo si me entretienes demasiado. ¿Qué hay de la ballena?

—Eso es lo que menos me preocupa en este momento. —Varmanian llevaba gafas de cristales redondos y tenía el pelo ensortijado; parecía más un anarquista que un sheriff—. A la ballena se la llevó la marea nocturna y ni siquiera hemos tenido que enterrarla.

—Entonces hay algo más. Anda, entra y refréscate.

—Sí, gracias. Hemos perdido otro niño… Kile, el pequeño de los Cooper, de cuatro años. Desapareció anoche hacia las siete y nadie le ha visto desde entonces. ¿Sabes si ha estado por aquí?

—No, aquí sólo ha estado Richie. Escucha, no oí ningún ruido de marea lo bastante fuerte para llevarse a la ballena. Para eso necesitaríamos otra tormenta. Tal vez ocurrió algo anormal y el pequeño se vio atrapado… ¿Una marea anormal?

—En la cala Placer no hay ningún embudo que pueda provocar eso. A mi modo de ver, el nivel del agua creció de una manera normal, y la ballena ascendió a causa de los gases. El niño de Cooper debió de perderse en la carretera del acantilado y bajó a alguna de las casas en busca de ayuda…, eso es lo que creen quienes le vieron por última vez. Así que estamos buscando en las casas de la playa. Tampoco Thomson ha visto nada. Seguiré hacia el norte y revisaré de nuevo los escollos y las rebalsas, pero me temo que nos enfrentamos a otra desaparición. No lo comentes, por favor.

—Ya son cuatro, ¿no?

—Ahora cinco. Cinco desapariciones en los últimos seis meses.

—Es muy alarmante, Al, en un pueblo tan pequeño.

—Lo sé muy bien. Los Cooper están trastornados, y ya tienen intención de celebrar el funeral. Si serán necios… Funerales cuando no hay cadáver. Pero los Goldberg celebraron uno por su hijo hace dos meses y eso debe de haber sentado un precedente. Es morboso, ¿no?

Permanecía al lado del sofá, acariciando el ala de su sombrero y mirando la alfombra.

—Resulta duro, muy duro. ¿Con qué frecuencia viene por aquí ese chico, Richie?

—Tres o cuatro veces a la semana. Karen tiene sentimientos maternales hacia él, cree que sus padres no le cuidan lo suficiente.

—Ese chico será el siguiente, y si no al tiempo. Perdona por haberte entretenido, y dale recuerdos a tu mujer de mi parte.

Thomas regresó a su tablero de dibujo, pero tuvo dificultades para concentrarse. Se preguntó si los animales lloraban la pérdida de un hijo. ¿Sufrían las gacelas cuando atacaban los leones? Karen sabía más que él acerca de esos sentimientos, pues había perdido un marido antes de conocerle a él. Su propia vida había sido lineal, sin acontecimientos especiales.

¿Cómo lo tomaría él si ocurría algo, si mataban a Karen? ¿Al igual que los Cooper, con un rápido funeral y un entierro simbólico, porque necesitaban algo definitivo a lo que atenerse, aun cuando fuera ficticio?

¿Qué era lo que enterraban?

Cuatro años de sueños.

Después del almuerzo dio un paseo a lo largo de la playa y, sin un propósito previo, se encaminó al norte, para ver el lugar donde había estado la ballena. Las rocas costeras en aquella zona se concentraban en el extremo septentrional de la cala, y se extendían hasta unos dos kilómetros mar adentro antes de terminar en el inicio de la profunda plataforma submarina. Cuando la marea era muy baja, quedaban expuestos doscientos o trescientos metros de rocas. Ahora, con el flujo normal, las rocas visibles se extendían hasta unos cincuenta metros, y Thomas pudo ver claramente el lugar donde estuvo la ballena. Incluso en la pleamar era visible el círculo de rocas. Últimamente no había paseado mucho por allí, pero recordó que tres años antes había reparado por primera vez en aquella formación. Era como una piscina de poca profundidad, con un perfecto fondo arenoso.

Los desperdicios seguían esparcidos por la playa, oscuros, malolientes, sobrevolados por las moscas. Pero la ballena había desaparecido. Era evidente que la acción del oleaje había sido muy reducida, pero aun así era la explicación más fácil, y no había otra.

Después del paseo regresó a su despacho y abrió todas las ventanas antes de empuñar el lápiz para seguir con su trabajo. Cuando Karen llegó a casa, él había terminado una buena parte del tosco diagrama trazajo a partir de los bocetos originales. Cuando lo entregara, Peripheral Data sólo tendría que entregarlo a su departamento gráfico para que lo pulieran.

Richie no les visitó aquella noche, pero se presentó por la mañana. Era sábado y Karen estaba en casa, leyendo en la sala de estar. Invitó al chico a entrar y le ofreció leche y galletas. Luego le sentó ante el televisor para que viera dibujos animados. Era fascinante contemplar la avidez con que Richie consumía la televisión e imitaba las expresiones de la gente que salía en los anuncios. Thomas pensó que el chiquillo estaba memorizando un almacén de emociones. Unas horas después el chiquillo se marchó.

—¿Crees que nos está adoptando? —preguntó Thomas.

—No lo sé, pero es posible. Quizá sólo necesita un par de amigos como nosotros, para establecer contactos humanos, si sus padres no le prestan atención.

—Varmanian cree que podría ser el siguiente que desaparezca.

En cuanto pronunció estas palabras, Thomas lamentó haberlo hecho, pero Karen no reaccionó. Puso sobre la mesa un plato de judías con salchichas y esperó a que estuvieran comiendo para hablar.

—¿Cuándo quieres tener un hijo?

—Dentro de dos semanas, cuando tengamos tres días de fiesta —replicó Thomas.

—No, lo digo en serio.

—Le has tomado cariño a Richie y por eso piensas que deberíamos tener un hijo propio.

—No lo espero de inmediato, sino cuando tengas algo seguro —dijo ella, desviando la vista—. Si sale bien lo de Key Business, a lo mejor puedo pedir excedencia y prepararme para criar a un niño. Pero uno de los dos tiene que disponer de todo su tiempo.

Thomas asintió y tomó un sorbo de té helado. A pesar del tono humorístico en que hablaba, ella lo decía en serio. Era mucho lo que estaba en juego en los próximos meses, mucho más que una simple mejoría de la situación económica. Tal vez su felicidad como pareja. Y eso era una carga dura de sobrellevar. Ser adulto era a veces difícil. Casi deseaba ser como Richie, libre como una gaviota, sin compromisos.

Una línea de nubes oscuras se extendió sobre el océano en cuanto la tarde cedió el paso a la noche.

—Parece que se prepara otra tormenta —le dijo a Karen, la cual escribía a máquina en el dormitorio.

—¿Tan pronto? —preguntó ella en tono de queja.

Thomas se sentó en la cocina y contempló el frente que se aproximaba. La luz cálida y desvaída del sol poniente tiñó su rostro de un tono anaranjado y trazó un cuadrado naranja en la sala de estar, a sus espaldas. El cuadrado había avanzado por encima del nivel del sofá cuando sonó el timbre de la puerta.

Era Gina Hammond y una chiquilla a la que no reconoció. La señora Hammond tenía unos sesenta años, el cabello negro y escaso, y el rostro marchito, siempre con el ceño fruncido y la expresión irritada. Fumaba un cigarrillo, como siempre, y explicó el motivo que la llevaba allí entre nerviosos tartamudeos que azoraban a Thomas mucho más que a ella misma.

—Ésta es mi nieta Julie, señor Harker. —La pequeña, de siete u ocho años, le miró con expresión acusadora—. Julie dice que ha perdido cuatro de sus gatitos, y es así po, po, porque se los dio a su chico para que jugara con ellos y él no se los de, de, devolvió. ¿Sabe dónde están?

—¿Mi chico? No tengo ningún hijo, señora Hammond.

—Tiene un chico llamado Richie —dijo la mujer, mirándole como si fuera un monstruo.

Salió Karen y se apoyó en el marco de la puerta, al lado de Thomas.

—No tenemos hijos, Gina. Richie viene mucho por aquí, pero no tiene nada que ver con nosotros.

—Julie dice que Richie vive aquí… Él mismo se lo di, di, dijo… y se llama Richie Harker. ¿A qué viene to, to, todo esto, si no es hijo de ustedes?

—¡Se llevó mis gatitos! —dijo Julie, y una lágrima se deslizó por su mejilla.

—Si eso es lo que dijo, que somos sus padres, estaba mintiendo —dijo Karen—. No sé por qué lo haría. Viven en el pueblo, más cerca de ustedes que de nosotros.

—¡Se llevó los gatitos a la playa! —gritó Julie—. Yo le vi.

—Estuvo aquí esta mañana —dijo Thomas—, pero no hemos visto esos gatitos.

—¡Me los ha robado!

La pequeña dio rienda suelta al llanto.

—La próxima vez que le vea, le preguntaré qué ha hecho con ellos —prometió Thomas—. Pero no sé dónde vive.

—¿Y su a, a, apellido?

—Tampoco lo sé.

—Todo esto es muy extraño —dijo la señora Hammond, que no parecía convencida—. No me gusta nada que los niños pequeños roben cosas que no les pertenecen.

—Tampoco a nosotros nos gusta, señora Hammond —replicó Karen—. Ya le hemos dicho que hablaremos con él cuando le veamos.

—Muy bien —dijo la mujer.

Les dio las gracias entre dientes y se marchó, seguida de cerca por la lloriqueante Julie.

La tormenta descargó después de la cena. Cayó un fuerte aguacero, y la lluvia pisoteaba el tejado como si el cielo tuviera pies. Se abrió una grieta en el cuarto de baño, por fortuna encima de la bañera, y Thomas rebuscó entre su equipo de calafatear, preparándose para cuando terminara la tormenta y pudiera subir al tejado y tapar la grieta.

Un pequeño cobertizo para guardar herramientas conectaba con la cabaña a través del garaje. Tenía una sola bombilla y una pequeña ventana que llegaba al pecho de Thomas, a través de la cual se veía la noche torrencial. Mientras buscaba la espátula para la masilla y los botes de calafateo, sonó el teléfono en la cocina y Karen respondió. Su voz llegaba como un murmullo bajo el estrépito de la lluvia que golpeaba el tejado del garaje. Thomas estaba colocando los utensilios en una caja de cartón cuando ella asomó la cabeza por la puerta del garaje y le dijo que iba a salir.

—Los Thomson se han quedado sin energía eléctrica —le dijo—. Voy a llevarles unas velas por el camino de la playa. Debería volver dentro de unos minutos, pero es posible que me pidan que les lleve al pueblo en el coche para comprar unas linternas. En ese caso, tardaría alrededor de una hora en volver. ¡No te preocupes por mí!

Thomas salió del cobertizo con la caja.

—Podría ir yo.

—No seas tonto. Así tendrás más tiempo para trabajar en los bocetos. Volveré pronto. Vigila las grietas.

Un instante después, Karen abandonó la casa. Thomas la vio alejarse con el coche y sintió una punzada de preocupación. Se había olvidado de una cosa, un trapo para limpiar la espátula de la masilla. Volvió a encender la luz y entró en el cobertizo a través del garaje.

Algo produjo un ruido al otro lado de la pared. Thomas se agachó y miró por la ventana, frotando el lugar empañado por su aliento. Alguien le miraba…, un rostro pequeño, el cual desapareció en cuanto lo vio.

—¡Richie! —gritó Thomas—. ¡Maldita sea, vuelve aquí!

Enfundado en su impermeable con capucha, Thomas salió al exterior. Mientras corría en pos del muchacho, le pareció que su presencia allí era bastante explicable. No tenía ningún sitio adonde ir cuando abandonó su casa. Había dormido en cualquier parte, quizá en el bosque, y se habría alimentado con lo que podía encontrar entre la basura. Pero ahora llovía, estaba empapado y corría peligro de caer gravemente enfermo a menos que Thomas diera con él. La luz de un relámpago iluminó la playa y vio que el muchacho corría por la arena hacia el sur. Corría con más rapidez de la que parecía posible para un chiquillo de su edad. Thomas corrió tras él, la lluvia azotándole el rostro.

Había recorrido la mitad del camino hacia la casa de los Thomson cuando cesaron los relámpagos y perdió de vista al chiquillo. La oscuridad era profunda, y sólo se veían las luces de su cabaña. Naturalmente, la casa de los Thomson estaba a oscuras. Thomas ya estaba completamente empapado, y el agua le corría por el cuello, como un arroyo que fluía sin cesar. Le molestaba la arena introducida en sus zapatos, y las espinas de los matorrales atravesaban las perneras del pantalón y le irritaban los tobillos. Otro relámpago iluminó el cobertizo de los Thomson y pareció señalarlo.

Allí era donde Richie se alojaba. Sólo había recurrido al bosque cuando la primera tormenta echó la estructura abajo.

Siguió adelante bajo la lluvia ladeada por el viento, hasta llegar a la puerta del cobertizo. Manoseó el pestillo y encontró un cerrojo, tiró de él… y lo arrancó. Alguien había desenroscado los tornillos. Abrió la puerta.

—Richie —llamó hacia el interior—. Vamos, muchacho, no temas. Soy Tom.

El cobertizo estaba seco y en silencio.

—Deberías venir a casa y quedarte con nosotros.

No obtuvo respuesta. Abrió la puerta de par en par y la luz de los rayos le reveló trapos esparcidos por todas partes, amontonados a un lado, montón que parecía un hombre tendido boca arriba cuyo rostro sin facciones miraba a Thomas. Éste se sobresaltó, pero aquello no era más que un montón de trapos. El chico no parecía estar allí. Empezó a cerrar la puerta cuando vio dos pálidos puntos luminosos que danzaban en la oscuridad como libélulas. El corazón pareció detenerse en su pecho y sintió un cosquilleo en la espalda. Un nuevo rayo extendió su manta deslumbrante y envolvió el interior del cobertizo en una fría blancura. Richie estaba de pie en el fondo, mirando a Thomas con una expresión negligente.

Se hizo de nuevo la oscuridad y el muchacho preguntó:

—¿Podría llevarme a algún sitio caliente, Tom?

—Claro que sí —respondió él, tranquilizado—. Ven aquí.

Cogió al muchacho en brazos y le cubrió con su impermeable. Había algo abultado en la espalda de Richie, bajo su camiseta de media manga empapada. Thomas retiró la mano por reflejo. Richie se apartó con la misma rapidez, y Thomas pensó que tenía una especie de joroba o una cicatriz voluminosa y le azoraba que se la notara.

Mientras avanzaban tambaleándose, de regreso a la casa, Thomas se preguntó por qué le había asustado lo primero que vio en el cobertizo y que era tan sólo un montón de trapos.

—Tengo los nervios deshechos —le dijo a Richie.

El muchacho guardó silencio.

Una vez en casa, dejó que Richie se diera una ducha caliente mientras él iba en busca de una vieja chaqueta de lana a cuadros para abrigarle. En el garaje había un pequeño catre y un saco de dormir, y Thomas los llevó a la sala de estar. Richie se puso la chaqueta vieja, se metió en el saco y se durmió casi de inmediato.

Una hora más tarde Karen llegó a casa, cansada y empapada. Thomas se llevó un dedo a los labios e indicó el catre. Ella lo miró boquiabierta y, en cuanto salió de su sorpresa, hizo un gesto de asentimiento.

En su dormitorio, antes de que la fatiga y el sonido de la lluvia les atacaran a la vez, Karen le dijo que los Thomson eran buenas personas.

—Ella es un poco senil y excéntrica, y él es un parlanchín bobalicón, pero me dijo una cosa extraña. Dijo que cuando el cobertizo se vino abajo durante la última tormenta, encontró en su interior un maniquí, envuelto en viejas mantas y vestido con ropas de desecho. Parece ser que estaba hecho de paja y sábanas viejas.

—Qué cosas —dijo vagamente Thomas, demasiado fatigado para preocuparse.

El domingo por la mañana, cuando despertaron, oyeron a Richie que estaba jugando en el exterior.

—Tienes que preguntarle por los gatitos —dijo Karen.

Thomas asintió a regañadientes y se vistió.

Con el amanecer, la tormenta había cesado, dejando un claro cielo matinal. Thomas encontró a Richie hablando con el sheriff, y saludó a éste con un movimiento de la mano y un «hola» que era a la vez un bostezo.

—El sheriff quiere saber si vimos ayer al señor Jones —dijo Richie.

El señor Jones era un viejo que se encargaba de limpiar la playa y al que veían con frecuencia pasando un detector de metales por los alrededores de la cala. Tenía una bolsa siempre llena de chatarra interesante.

—No, no le he visto —dijo Thomas—. ¿Ha desaparecido?

—No es difícil de adivinar, ¿verdad? —respondió Varmanian, con el semblante muy serio—. Estoy empezando a pensar que deberíamos tener pronto un destacamento policial para que vigile esta zona.

—Podría ser una buena idea.

Thomas esperó a que el sheriff se marchara antes de preguntarle a Richie por los gatitos. El muchacho se mostró malhumorado, como si imitara a un niño en algún anuncio comercial.

—Se los devolví a Julie —dijo—. No los llevé a ninguna parte. Ahora ya los tiene.

—Le estás colgando un sambenito sin pensar en cómo…, sin considerar cómo puede cuidar de sí mismo, qué puede hacer. Pero estoy de acuerdo, le hablaré a Varmanian de él y haremos que lo recojan y lo devuelvan a sus padres…

—¿Y si no los tiene? Le dijo a la señora Hammond que nosotros somos sus padres.

—¡Ha de tener padres, o tutores legales en alguna parte! Los huérfanos no andan sueltos por ahí sin que nadie los conozca.

Karen se cruzó de brazos y no dijo nada.

—No es buen asunto que lo devuelvan a su familia, ¿verdad? Lo que deberíamos hacer es pedirle a Varmanian que notifique a sus padres, si es que los tiene, si no se han fugado del pueblo o algo por el estilo, que tendremos a Richie aquí hasta que lo reclamen. Creo que Al podría hacer eso. Si no se presentan, podemos impugnar el derecho que tienen a la custodia de Richie y emprender los procedimientos de adopción.

—No es tan sencillo —dijo Karen, pero los ojos le brillaban—. Las leyes no son tan estereotipadas.

—De acuerdo, pero es el inicio de un plan, ¿no es cierto?

—Supongo que sí.

—Muy bien. —Thomas frunció los labios y meneó la cabeza—. Ésa será una gran responsabilidad. ¿Podríamos cuidar ahora de un niño como Richie?

Karen asintió y Thomas, de improviso, tuvo plena conciencia de lo mucho que su mujer deseaba un hijo. Le hirió un poco ver su anhelo y la humedad en sus ojos. La emoción no lo era todo a la hora de crear una familia: había que pensar en la economía y los aspectos prácticos.

—De acuerdo. Iré a buscarle ahora mismo y se lo diré.

Se calzó, cruzó la verja y se dirigió al sur, hacia el cobertizo de los Thomson. Cuando llegó a la construcción de madera, vio que la puerta había sido equipada con un candado nuevo y el cerrojo estaba bien atornillado. Pudo atisbar el interior a través de una ranura en la madera —al margen de lo que pudiera decirse de Thomson como constructor de embarcaciones, no era muy buen carpintero— y vio que el montón de trapos había desaparecido. Sólo quedaban algunas piezas sueltas. Como había esperado. Richie no estaba dentro.

Karen llamó desde el porche y él miró al norte. Richie corría hacia las rocas en el extremo opuesto de la cala.

—Puedo verle —dijo Thomas al pasar junto a la cabaña—. Volveré en seguida.

Caminó a paso vivo hasta el inicio de las rocas y buscó a Richie. El muchacho estaba de pie sobre una roca, fingiendo que no le veía. Vacilante, sin saber exactamente cómo decirlo. Thomas le dijo lo que iban a hacer. El muchacho le miró desde la roca.

—¿O sea que quieren ser mis padres?

Una ancha sonrisa que mostró todos los dientes se extendió por su rostro. Todo iba a salir bien.

—Eso es lo que creo —dijo Thomas—, si tus padres verdaderos no quieren tenerte.

—Oh, no tengo familia —dijo Richie.

Thomas miró los ojos color de mar y sintió súbitos recelos.

—Entonces es posible que sea más fácil.

—Eh, Tom, he encontrado algo en las rebalsas. ¿Quiere venir a verlo conmigo? ¡Vamos!

Con la vivacidad y la energía de un chiquillo, Richie saltó de la roca y se perdió de vista, como un pájaro que emprende el vuelo.

—¡Richie! —gritó Thomas—. Ahora no tengo tiempo. ¡Espera!

Trepó a la roca con dificultad, pues sus manos y pies no encontraban asidero en la superficie resbaladiza. Una vez arriba observó las rebalsas, que se sucedían a lo largo de unos doscientos cincuenta metros, y llamó al muchacho, irritado.

Richie corría como un cangrejo sobre el terreno desigual. Se volvió y gritó:

—¡En la rebalsa grande! ¡Vamos!

Y, sin esperarle, siguió corriendo.

Tom le siguió, con la vista baja para ver dónde ponía los pies.

—¡No vayas tan de prisa!

Alzó la vista un momento y vio unos bracitos que se agitaban, un rostro vuelto hacia él con la sonrisa congelada por la sorpresa, y el pequeño desapareció. Se oyó un leve grito y un chapoteo.

—¡Richie! —gritó Thomas, con la voz quebrada.

Se había caído a la rebalsa donde estuvo la ballena.

Abandonó toda consideración de su propia seguridad y corrió a través de las rocas; resbaló dos veces y se golpeó las rodillas contra un agudo saliente de granito. Sintió un intenso dolor en las piernas y se le nubló la vista. Maldiciendo, apartándose el pelo que le caía sobre los ojos, se puso en pie y avanzó cojeando sobre los guijarros y la arena hasta el borde de la rebalsa redonda.

Con las manos en el liso borde rocoso, parpadeó y vio que el muchacho flotaba en medio del estanque, boca abajo. Thomas gimió y cerró los ojos, sintiendo vértigo. Flotaba en el aire un olor fétido, premonitorio, y sintió deseos de levantarse y echar a correr. No era eso precisamente lo que debían sentir los rescatadores. Tenía un nudo en el estómago, pero no había tiempo que perder. Saltó al agua de cabeza y tocó el fondo con la frente. La arena era dura y compacta, apelmazada. Se puso en pie. El agua, que le corría por la cabeza y el torso, era viscosa como aceite y le llegaba hasta las caderas; la profundidad iba en aumento a medida que se acercaba al centro, y le llegaría al pecho en el lugar donde Richie flotaba. La salvación del muchacho era cuestión de segundos.

La camisa de Richie se aferraba a su cuerpo, resaltando la extraña protuberancia de su espalda. «Arreglaremos eso —se dijo Thomas—. Dios mío, arreglaremos eso. Permítele vivir y todo saldrá bien».

El agua le golpeó el pecho. Tragó un poco y el sabor a pescado le produjo náuseas. Alargó un brazo para coger el pie del chiquillo más próximo, pero no pudo llegar hasta él. La arena se movió bajo sus pies y perdió el equilibrio, tragando más agua. Se irguió de nuevo, agitó los pies para mantenerse a una altura suficiente por encima de la superficie y no tragar más agua, se pasó una mano por los ojos y vio que los brazos del niño hacían unos movimientos pequeños y sinuosos, como las aletas de un pez. Nadaba y se alejaba de Thomas.

—¡Richie! —gritó.

Sus zapatos de tenis mojados, cuyas punteras golpeaban contra el fondo, parecían hacerlo resonar, como si estuviera hueco. Entonces notó que el fondo se movía, se alzaba ligeramente, hasta que lo pisaba con toda la planta de los pies, se retiraba, con lo que los pies volvían a quedar libres en el agua, y se alzaba de nuevo…

Bajó la vista. La arena, distorsionada por las ondulaciones del agua en la rebalsa, estaba retrocediendo. Thomas braceó, tratando de llegar al borde. Debajo de él no había más que agua negra, como un estanque de petróleo crudo, y en ella algo largo y blanco, insistente. Movió los pies para evitar una nueva inmersión, pero el agua se arremolinaba. Aspiró hondo y cerró la boca. El agua latía, como una campana golpeada por el badajo, tirando de él hacia el fondo, inexorable a pesar del vigor con que él se debatía para mantenerse a flote. Alzó la vista y vio el cielo, de un azul grisáceo por encima de las ondulaciones. Aún tenía una oportunidad. Se quitó los zapatos y vio cómo desaparecían en la espiral del remolino. Sin el peso de los zapatos mojados podría nadar mejor. Giraba con el agua y la superficie era más oscura. Le dolían los pulmones. Apretó los dientes para mantener la boca cerrada. Por un momento pareció avanzar, la superficie parecía más brillante. Pero tres triángulos de bordes difuminados convergieron y ya no pudo engañarse más, la superficie era negra y él tuvo que soltar el aliento, con las manos alzadas y sin tocar nada, girando y sumergiéndose más.

El agua de la rebalsa siguió arremolinada durante unos minutos, y luego quedó quieta. Richie se separó del lado en el que había estado y se izó sobre el borde, fuera del agua. Su piel era pálida, casi lechosa. Habían pasado mucha hambre en los últimos meses, pero ahora estaban casi satisfechos. Las comidas eran más frecuentes y abundantes… pero ¿quién sabía cómo serían los próximos meses? Era mejor aprovecharse de los buenos tiempos. Sacó el maniquí que había ocultado bajo una roca plana y lo arrastró hasta el borde de la rebalsa, lo arrojó al agua y se zambulló a continuación. Por un breve momento sonrió y lo abrazó; se parecía mucho a él, era un señuelo definitivo para asegurarse al máximo. En general, era toda la compañía de forma humana que necesitaba. Colocó los brazos y las piernas del muñeco en una postura natural, extendidos, y ajustó la vieja chaqueta a cuadros de modo que el agua la impulsara en la dirección adecuada. El maniquí se deslizó hasta el centro de la rebalsa y permaneció allí.

Una cinta carnosa y gruesa como su brazo se agitó en el agua, y él se subió la camisa para que le tocara la protuberancia y se fijara en ella. Ése era el mejor momento. Sus miembros se encogieron y el rostro se le hundió, su piel adquirió el color ocre de las rocas, y los ojos se le agrandaron. La energía, el alimento, vibró en su interior y sintió un gran amor por aquella otra parte inteligente de sí mismo, tan adaptable. Era madre y hermano a la vez, y si había veces en las que Richie tenía la sensación de que podría haber una vida más allá de aquello, una existencia como la de la gente a la que imitaba, era sólo porque la imitación era tan buena. En realidad, nunca se marcharía.

No podría irse, pues finalmente se moriría de hambre. Su capacidad digestiva era bastante deficiente.

Se deslizó hasta el borde y permaneció allí quieto, con sólo la cabeza por encima del agua. Esperó.

—¡Tom! —gritó una voz, no muy lejos de allí.

Era Karen.

—¡Señora Harker! —gritó Richie—. ¡Socorro!

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