viernes, 24 de julio de 2020

Oro, de Fernando Bogado

 


Como todo paisaje, el sol traza una línea relativamente pareja sobre el fondo de casitas pobres o coloniales de Ouro Preto demasiado temprano, como si hubiese algo abusivo en el astro, algo inhumano. Las campanas de la multitud de iglesias de la ciudad retumban con más fuerza que el canto de los pájaros, sumándose a este coro infame que despierta a todos por igual, tediosa justicia social de la naturaleza que imparte de manera equitativa la lluvia, el desastre y el amanecer. Alejandro Casciali piensa, apenas amanecido entre el calor que se anuncia y el manotazo ciego buscando el vaso de agua de la última noche, que si hay algo indiferente para ese mundo es el telegrama y su cuaderno. Lo que se escribe, en general, nada tiene que ver con el religioso orden de un universo obsesionado con hacer siempre lo mismo.

El duro primer sorbo apenas distingue el agua de la leve capa de tierra que la acompaña. Las gotas de sudor de su cara lo avejentan: apoya el pie derecho y luego el izquierdo cuidadosamente y va hacia el baño con la esperanza de encontrar otra cara en el reflejo, una más amable. Tarda un rato en acostumbrarse a lo que ve. Un tipo dejado, un poco más tostado que durante los primeros días de su llegada a la ciudad, pero con las mismas arrugas, la misma pelada que dejó de ser incipiente para convertirse en real y unas ojeras enormes. Cadenas montañosas: como si la comparación lo salvase de la pena del tiempo que pasa. Se cepilla como puede los dientes, se moja un poco el mapa desplegado, y se enfoca en desayunar.

Casciali es de costumbres cortas que van adaptándose a los contextos: si esto fuese Buenos Aires, ya estaría saliendo a la calle, mal vestido, a buscar un bar de evidente carácter porteño para pedir un café con leche, dos de grasa y una de manteca. Si hay suerte, un vaso de agua; si algo más allá del conocimiento humano le sonríe, uno de jugo. Y luego el diario, revisar el horóscopo, esperar el resultado de la quiniela a las 11.30 y quizás después, con suerte, pasar un rato por la fábrica familiar a hacer acto de presencia y justificar un sueldo que tiene mucho de acomodo y poco de acción. Pero aquí, le basta con una taza de café Bom Jesus (¿qué otro nombre podría tener en un lugar como este?), alguna empanada de frango guardada en la pequeña heladera y un mamao, su fruta predilecta. Las semillas negras del centro le recuerdan a los balines que usaba de chico para dispararle a las palomas: insiste algo infantil en la fruta, además del sabor y la facilidad con la que se come.

Con todo dispuesto, se queda un rato largo mirando el cuaderno abierto sobre la mesa del desayuno.

Una mosca se posa sobre la cáscara de mamao vacía y va directo desde la mesa a la ventana de la habitación, lo suficientemente amplia como para dejar pasar algo de viento, luz y esa ola de techos bajos que las inclinaciones de los morros dejan ver. Gustavo, a esta hora, lo debe estar puteando. Que el hermano menor se haya hecho cargo del negocio familiar es apenas un leve detalle en la multitud de anécdotas que el Casciali mayor guarda como material para cuando logre terminar su gran obra, esa colección de fragmentos que van apuntalando algún tipo de libro determinante para su generación, para toda la historia de la literatura. Qué pena que ahora mismo lo único que tenga es la irregularidad de un deseo y dos o tres apuntes más o menos respetables e indignos de mostrar como pieza terminada. Pero hay cosas que había que hacer, y la distancia que ahora ha elegido como primera separación formal de su familia, de su improbable trabajo, de la terrible Buenos Aires, es el primer paso obligatorio para poder llamarse a sí mismo un escritor. Gustavo siempre estuvo mucho más preocupado por mantener el legado familiar, y la fábrica textil en San Martín era una difícil herencia de la cual Alejandro nada quería saber. Que los números los haga él, que la plata le quede a él, yo vivo con lo mínimo, con lo justo y necesario. Y así arregló el sueldo ficticio, la presencia evanescente y este lujo particular de faltar tres meses completos para ver si podía terminar algo (con pudor, piensa en la palabra “obra”). Lo distrae un segundo el telegrama, que casi se vuela del cuaderno y va a parar a ese mar proceloso de casitas coloniales. Lo dobla, lo pone en el bolsillo y en un acto reflejo toma el sombrero panameño que deja siempre cerca por si pasan cosas como estas: escapar.

Frente a la mirada cruel de cualquier habitante de las pampas húmedas, la idea de frutillas bañadas en chocolate en un lugar tan predispuesto al calor es una exageración del color local. Por más inclinado que esté un pueblo a las comidas dulces, se sabe que un chocolate al sol sufre los efectos adversos del derretimiento, convirtiéndose en fuente de indigestiones y un largo etcétera que toca tanto a lo estético como a lo meramente intestinal. En su esfuerzo por ser un local más en esos tres meses, Casciali mayor había tomado por costumbre separar al desayuno del temprano almuerzo con unos frutillas con chocolate compradas en alguno de los muchos negocios exageradamente mineiros de Ouro Preto. Su mirada de extranjero convertía a cada cosa que comía en un dato, una forma de ir armándose de rituales que lo muestren como un hombre de la zona o, por lo menos, un gringo afecto a lo brasileño profundo. Alejandro amaba ese mundo tan particular de mentiras mínimas.

Las caminatas de media mañana lo llevaban siempre a la Iglesia de Sao Francisco: solía quedarse un tiempo largo mirando la fachada, dejando que la mente vuele de un lado para el otro mientras se dejaba absorber en la fastuosidad del barroquismo portugués. Aleijadinho. Doblemente ajeno, por morocho y por lisiadito. Casi se parece a su nombre, y eso que Alejandro siempre prefirió ser llamado por el apellido, como una forma de perder la personalidad y hacerse nada. Casciali mayor piensa en los problemas del estilo: ¿el lisiado era preso de una moda o todo lo que se ve en la iglesia es “él”? ¿Está bien decir que esto es “barroco” cuando se hacen tan evidentes los toques personales, cuando la firma es la firma y no un nombre más que se pierde en el tiempo? Devaneos que se interrumpen por el último tarascón a la frutilla final y abre paso al indecoroso acto de lamerse los dedos y arreglarse con la mano sucia los anteojos de sol. El muñón apenas le molesta: todavía recuerda los primeros meses de su nuevo estado de manco, con el picor sobre el miembro fantasma y el gesto vacío de mover el brazo para agarrar algo y quedarse inmóvil, suspendido, absorbido por la falta de extremidad y las vendas mal dispuestas sobre esa porción de nada que ahora era también parte de su cuerpo. La mejor herencia de su primer escape, del viaje falsamente juvenil a Necochea en invierno. Luego, el accidente tonto, las penas del escritor comprometido físicamente, la malgastada voluntad de supervivencia. Herencia. Ya van dos veces que la usa. Justo esa palabra.

Aprovechando, tal vez, su condición de excéntrico, gringo y manco, Casciali supo hacerse los contactos justos para proveerse de todo lo necesario en su estadía. En la primera semana, ubicó el almacén más barato, la loja con libretita de fiado para tardes de cerveza y cigarrillos y el necesario contacto amatorio que haría mucho más llevadero su exilio autoimpuesto. Tira el palito de brochette que ensartaba en filas al postre matutino y va a la casa de Linda, con el estómago en el almuerzo y las ganas de coger de siempre.

De Linda se podía decir que era una postal viviente. Bordeaba el sobrepeso, pero llevaba contenta una de esas bundas locales que hacía las mieles de los poetas mineiros, muchas veces, metidos al vapor de escribir bien acerca de la gente pobre y elevarla a icono del ser brasileño. Alejandro, el lisiadito, entra a su lugar de trabajo sin golpear, aprovechando la circunstancia de la puerta abierta, imponiendo su llegada como un movimiento más de la naturaleza, del sol, de las campanas de la iglesia, de los frentes barroquísimos que le hacen tan bien a esta tierra de metales preciosos y repúblicas universitarias. De una palidez disimulada por ponerse poco protector solar –o la cantidad justa como para zafar, si vamos al caso–, el Casciali mayor encuentra poderosamente atractivo el negro en la piel de Linda: la manera en que el sudor le brilla hace que su exotismo lo haga a él, sólo por eso, más poeta, más particular. Habla un portugués a los golpes, saludando levemente a la recepcionista e indicando que su presencia implicaba la llegada del almuerzo. Por parte de Linda, sólo se podía decir que su vida era por rebote académica. Empleada de Jardim de Alah, una república universitaria, pasaba sus días limpiando el lugar y haciéndolo accesible para la llegada de los muchos estudiantes que se disputaban una habitación en la casa. Linda lo ve y pide permiso para salir a comer. Una foto de Dilma, a lo lejos, cierra la escena: casi parece un chiste, un muerto en su país hace apenas dos días. Se pone la mano en el bolsillo y sale.

El sueño empieza mohoso, lento, arrancando por lo ya conocido. Un loro metido en el centro de la jungla amazónica, aparentemente quieto, pestañeando. El sonido de la naturaleza rebelde de fondo. El loro abre el pico y da la sensación de que ningún sonido sale: un loro que no repite nada o, peor, que repite la naturaleza, que se disimula con el sonido de monos y bichos de fondo y que ahora él, también parte de ese fondo, duplica como en un espejo. Siguiente escena. El loro vuela, el fondo cambia, se hace más luminoso, un sol potente, más blanco que amarillo, enceguece el punto de vista imposible que el Casciali mayor tiene en su sueño. En pleno acto, como un Icaro de plumas verdes, el loro empieza a descender, casi en caída, y de un segundo al otro se transforma en una lagartija que se mueve en el aire, tratando de volver a manejar los vientos y mantenerse a flote. Siguiente escena. La lagartija sobrevive, pero está apoyada sobre las manos varoniles de alguien que no tiene cara. Dice algo pero no se le entiende, como si fuera su voz parte de ese mismo mundo arrollador de sonidos caprichosos del comienzo. Pero algo dice, eso es seguro. Siguiente escena. Las tetas de Linda acercándose más y más. De la robustez de esos morros, Casciali –o el punto de vista– se concentra en los pezones, primero los dos, luego el izquierdo. El centro del pezón está acompañado de pequeñas protuberancias que lo rodean, un auténtico sistema solar de puntos y pieles, una montaña pero también una estrella negra, profunda, y en el centro, otro sistema solar, otras protuberancias, un agujero que es un fondo, una estrella muerta que termina siendo agujero negro. Y luego nada: despierta asustado, de un ronquido, la boca un poco seca de tanto cigarrillo y de la baba seca que se extiende, desde un hilo, a la almohada en donde termina su siesta. Linda está al lado, todavía desnuda. Se fija la hora: dos de la tarde. En media hora tiene que volver a su trabajo. Despierta a Linda un poco asustado y le dice como puede chuveiro y que tiene que volver y otras palabras que mezclan de manera indistinta portugués, español y una cosa que se parece más al inglés que a alguna lengua latina. Linda abre los ojos, comprende lo que puede y va al baño de la pequeña habitación. Los restos del almuerzo todavía están en la mesa, cerca del cuaderno abierto y de otras moscas que parecen atraídas por el feijao sobrante y las cáscaras de mamao de la mañana.

El choque del primer cigarrillo luego de algunos minutos de improvisada siesta le dan dos cosas: la percepción de un aliento asqueroso y concentración en los detalles. Acordarse. La palabra le quedó en la cabeza desde que la aprendió, no podía ser más justa. Después del sueño viene la memoria, como si los pasos de un exacto ejercicio psicoanalítico se cumplieran cada vez que suenan las campanas, cada vez que lo invaden las moscas de la mañana o de la tarde, cada vez que se prende el pucho del acordarse. Medita un segundo en el sueño: deja los loros de lado y se concentra en la mano, en la voz. Calcula que debe ser por lo del tuerto. Pone el pucho en el cenicero de piedra que compró en la feria el segundo día de residencia y busca en el bolsillo el telegrama. Todavía está. Linda canta algo que le suena a bossa nova desde el baño, pero sabe que es su oído de ajeno: todo suena a bossa nova cantado por una brasilera. Qué cosa soñar con sonidos. Está la idea de que todo en el mundo onírico tiende a la imagen, pero para el Casciali mayor no hay nada mejor que tratar de recuperar una voz o una música que sabe soñada. Y no es algo de afuera que de repente se mete en el sueño, como solía pasarle con el despertador cuando era más joven. Es algo diferente: es una música propia del sueño, es un sonido generado casi desde la nada que, a su juicio, podría ser más elocuente que esa imposible cadena de cortometrajes que era cualquier sueño de cualquier hijo de vecino. Linda sale: los rulos cortos en el pelo largo y los ojos bien abiertos lo devuelven a la ternura que tuvo la primera vez que la vio en la calle. La acompaña a la puerta y la sigue mirando mientras baja las escaleras. El olor al sudor de los dos es un tufo amigable ahora que vuelve a estar solo, y que las moscas parecen lanzadas a completar sus anhelos de conquista sobre los restos de comida.

Las primeras dos cervezas, como los primeros dos Dunhill, son los que se disfrutan. El resto es sumarse a algo mecánico, y ahí reside el secreto de estar cómodo donde uno está. Digamos, el secreto del local. Por eso el Casciali mayor mantiene con justeza la misma práctica todos los días, entre las cuatro y las cinco de la tarde. Se sienta en la misma mesa de plástico, pide la primera Skol y deja que la tarde se vaya dando cómodamente y que las campanas de quien sabe qué misa suenen en todo Ouro Preto. Aunque, ahora que lo piensa bien, no sabe si esas campanas se escuchan por la mañana o por la tarde: sólo resta la expectativa de ver si a una determinada hora, algo suena y saca del tedio a este pueblo sumergido en una especie de siesta interminable. Cosa que celebra ahora, por lo menos: nada mejor que este clima manso para un proyecto de escritor en apuros. Casciali se da vuelta para ver a los demás parroquianos: los mismos viejitos de siempre que parecen encantados con esto de compartir una cerveza con él, desde la distancia. Se nota por la manera preferencial en que lo saludan, en que dicen “el argenTIno”, haciendo énfasis en la “TI”, o por el pésame insistente que le dan desde el 27. Un manco y un tuerto, qué pareja. Saca el papel del bolsillo y lo pone debajo del vaso de cerveza, ayudado por los pequeños charquitos que el sudor de la camisinha dejó en la mesa. Piensa en Linda, en que hoy a la noche sería un buen momento para tomar algo, o mejor mañana, para no apurar la cuestión, para que todo suceda en su justo tiempo. No quiere dejar rastros de su existencia cuando se vaya de Ouro Preto dentro de un mes, cosa paradójica si consideramos que anhela que su nombre sea parte de la historia oculta de la literatura, esa que se descubre cada tanto luego de que algún fracasado como él apueste todo a la fama póstuma. Pide otra cerveza y se prende otro Dunhill: la caja blanca le recuerda a la forma de una heladera. Los muertos también pueden congelarse, eso lo aprendió de una película.

Las siete y media de la tarde. O de la noche. No sabe si esa distinción es una pesada herencia porteña o si todavía es válido en Brasil decirle tarde a esta hora tan oscura. Los ruidos de campanas ahora son reemplazados por las voces de jóvenes universitarios compartiendo mentiras a viva voz en la Plaza Tiradentes y en los bares circundantes, ejercicio que se impulsa y se extiende hasta más allá del centro de Ouro Preto. El Casciali mayor, cigarrillo en la mano, trata de apurar un paso doblemente lento en una práctica que es un espectáculo visual inusitado: un paso, dos rápidos, otro paso lento, uno rápido, y así, desacompasado, arrastra su perdida humanidad por las callecitas cuesta arriba y cuesta abajo de su residencia de escritor frustrado. Apenas cruza la puertita de la casita colonial en donde alquiló una pieza, vuelve a recordar las dificultades de apoyarse borracho en las paredes sin una mano. Forzado, arroja el pucho apenas prendido y trata de hacer equilibrio con los hombros hasta llegar a la pieza. Los platos siguen intactos, con el resto de comida, pero sin moscas: vaya uno a saber por qué, pero esta noche en particular las ha ahuyentado. Debe ser por el ballottage del domingo, hay que estar sobrios y preparados. Se ríe. Se encuentra a sí mismo ingenioso.

Apoyada su difícil humanidad en la silla de siempre, acerca el cuaderno y toma la lapicera, sosteniendo con el muñón las hojas del lado izquierdo como para que no se levanten y le impidan escribir. Cosa innecesaria: el cuaderno ha llegado al momento en que, de tanto doblar, es en balde cualquier esfuerzo de ajuste. Ya está acostumbrado. Alejandro se deja ir, supuestamente inspirado, y escribe algo sobre loros, trata de describir los ojos de Linda, la Plaza Tiradentes repleta de jóvenes o el pésame de los viejos en el bar. Su letra manuscrita de borracho es apenas más desastrosa que la de su estado sobrio, y calcula que mañana se pasará el día mirando, como siempre, por algunos minutos en el desayuno, las barbaridades que la borrachera escribió sobre un cuaderno que dista de cualquier tipo de premio, incluso de los arreglados. Da vuelta las páginas y encuentra, pegado al reverso de la tapa, una foto de la escultura de Baruque, uno de los profetas de Aleijadinho. Cuerpo raro. Desproporcionado. Casciali pasa las páginas y trata de leer alguna que otra entrada un poco más coherente, pero sólo haya percepciones sueltas, destrozos literarios, intenciones de genialidad. Le da bronca pensar que todo lo que hace, quizás, sea en balde. Pero así son las cosas: irregulares. Saca el telegrama del bolsillo y lee, como si fuera parte de ese ejercicio de buscar algo para pasar el tiempo hasta que arremeta el sueño. PAPA MURIO TE ESPERAMOS GUSTAVO. Se ríe otra vez. Hubiese sido más práctico mandarle un mail, ahora casi nadie usa los telegramas. Está bien, entiende la urgencia del mensaje y el hecho de que nunca abre su mail, pero de todas maneras: qué falta de decoro. Levanta el plato con un dedo y deja el papel colgando. Le encantaría tener fuerzas para lavar los platos, pero con este calor, con esta noche que se filtra por la ventana, ni ganas.

Casciali mayor se tira rápido a la cama y aguanta el subidón ácido de vómito de cerveza en la boca, bajándolo con un esfuerzo de garganta casi propio de un prócer. Eructa suavecito y deja que el aire se vaya. La cama todavía tiene olor a polvo. Alejandro va cerrando los ojos, lentamente, y entre el sueño y la vigilia empieza a ver un loro que cruza la ventana y se apoya sobre el plato, digamos, sobre el telegrama que ahora es una tirita de papel que se mueve según lo dicte el vientito que viene de afuera. Qué raro, un loro por acá. Cuando cierra los ojos, casi no ve nada, y por dentro espera como si fuera parte de un reloj ancestral el sonido mañanero de las campanas de todas las iglesias y la misma certeza de siempre: otro día que pasa y nada para escribir.

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