viernes, 31 de julio de 2020

La invasión invisible, de Frederic Arnold Kummer, Jr.

 


El enorme vehículo traqueteaba hacia occidente, saltando sobre los baches, mientras su conductor, con el rostro enjuto, evitaba las columnas de refugiados.

Steve Ingram, llevándose los nudosos dedos a sus rojizos cabellos, se volvió hacia el hombre que iba al volante.

—Esto está peor, sir Geoffrey —murmuró—. Estos refugiar dos no tardarán en bloquear la carretera.

—Todo es culpa de los periódicos —repuso sir Geoffrey, meneando la cabeza—. ¡Callar tantos horrores, con la esperanza de evitar el pánico del público! Habrían debido comprender que las exageraciones de las murmuraciones y comentarlos son mucho peor. Es increíble que en pleno siglo XX, podamos pasar unas semanas en la Residencia Wicke, a menos de den kilómetros de Londres, y no nos enteremos siquiera de los terribles sucesos que ocurren en la capital.

Mona Wicke, una joven pálida y esbelta que estaba entre los dos hombres, miró una vez más el arrugado telegrama. Las ya familiares palabras volvieron a presentarse en su cerebro.

Plaga desconocida asola Londres. Situación aguda. Miles muertos ya, otros moribundos. Requerida su presencia en la conferencia de emergencia del Hospital San Lucas, S tarde, hoy, (firmado) Willis.

—¡Oh, querido! —exclamó la muchacha—. ¿Nadie sabe de qué se trata?

—Nadie —contestó sir Geoffrey, con voz ronca—. Por esto me necesitan. La investigación toxicológica puede determinar la causa. Telefoneó a Willis antes de salir. Su descripción de los síntomas es increíble. Piel amarillenta, llagas en todo el cuerpo, el tejido pulmonar destruido, ceguera, y la carne que se consume. ¡Horroroso!

Steve Ingram contemplaba la carretera que se extendía ante ellos. Centenares de personas, con ojos desorbitados, en coche, motocicleta, bicicleta o a pie, llevándose consigo todas sus pertenencias. Multitudes asustadas, aterradas ante la infección, buscando refugio sin saber dónde. Las posadas, las granjas, todas se cerraban a su paso, puesto que eran portadores de la plaga que azotaba a Londres; muchos estaban muertos de hambre, débiles. Eran finas figuras patéticas bajo el cielo gris… A Steve le pareció un mal sueño.

Un mes antes, cuando llegó de vacaciones a Inglaterra, conoció a Mona, y la joven le invitó a pasar la temporada de caza en la «Residencia Wicke». Dos semanas de existencia tranquila, sosegada, doblemente atractiva por la presencia de Mona… y ahora, como descendiendo de un cielo gris, el horror del tercer jinete del Apocalipsis, barriendo toda la civilización con sus huesudos y leprosos dedos. Todavía resultaba imposible creer en tal realidad.

—Supongo que saldrás para América al momento —observó sir Geoffrey, fijos los ojos en el asfalto.

Los dedos de Mona presionaron el hombro de Steve.

—Como químico, señor, deseo ofrecer mis servidos al gobierno británico. Tal vez pueda ayudar en algo…

—¡Buen muchacho! —aprobó sir Geoffrey—. ¡Habrá mucho trabajo, seguro!

Consultó su reloj, frunciendo el ceño y se inclinó más sobre el volante. El coche pareció saltar hacia delante.

Fue por la tarde cuando llegaron a los arrabales de Londres. La carretera se hallaba bloqueada por centenares de fugitivos, algunos cadavéricos, cubiertos sus semblantes con el más horrible de los tenores. Al entrar en la capital, la escena se convirtió en un pandemónium. Por todas partes había miles de personas, tratando de escapar de la misteriosa muerte amarilla. Sir Geoffrey se vio obligado a retrasar la marcha a fin de evitar un accidente. En cierta ocasión, un individuo de ojos desorbitados, con el rostro congestionado por el terror, se izó sobre el guardabarros, suplicando que lo sacasen de la ciudad. Steve se asomó y, cuando el tipo se asió al brazo de Mona, le asestó un puñetazo en la mandíbula. El coche continuó rodando. Por fin, una hora más tarde, se hallaban delante de las puertas del San Lucas.

Sir Geoffrey observó la multitud que se apiñaba a la entrada.

—Será mejor que los dos vengáis conmigo —dijo—. Cerraré el auto y hablaré con un policía. Aquí no hay seguridad, con esta gente desesperada.

Mona se asió al brazo de Steve y ascendieron por la escalinata. En un mundo enloquecido, la protección de este americano alto y pelirrojo, le pareció muy importante.

—No te separes de mí, cariño —le susurró el joven.

El enorme salón de la izquierda estaba lleno de humo. Media docena de hombres con el semblante grave estaban en tomo a la mesa, estudiando un plano de la ciudad.

—¡Ah, sir Geoffrey! —un individuo delgado, de ojos negros, avanzó a su encuentro—. Temimos que el estado de las carreteras los retrasase más. Éste es el señor Vareth-Martin, del Ministerio del interior, el doctor Morton, sir John Alwith, el doctor Fabian, a quien creo ya conoce. Y el doctor Conrad Stengel —indicó un individuo alemán, con gafas, que chupaba incansablemente una pipa apagada—. El descubridor del germen de la poliomielitis y el primer patólogo de Berlín, hasta que la política le obligó a buscar refugio en Inglaterra.

Sir Geoffrey saludó a los demás, sin sonreír.

—Mi hija Mona, caballeros. Y el señor Stephen Ingram, un amigo. Temí que se quedasen fuera.

—Entendido —asintió Vareth-Martin—. Bien, sir Geoffrey, el doctor Willis acaba de ofrecemos un comunicado muy desalentador del comité Médico de Emergencia. Ningún progreso por ahora. Ningún germen aislado, ningún medio de transmisión descubierto, y ningún método para comprobar la extensión del mal. Todos los hospitales están atestados y el número de muertos es alarmante en las zonas atacadas. Además, se han producido alborotos, fuegos, robos y ha cundido el pánico por doquier. Los primeros casos, observados hace unas semanas, fueron en las cercanías de Croydon. Desde entonces, la zona es peligrosa, incluyendo, en forma más o menos circular, Beckeham, Bromley, Wimbledon, Kingston, y extendiéndose más cada día. Aquí nos hallamos en el limite de la zona. Tal vez mañana, el hospital San Lucas esté dentro del distrito atacado; aunque la dirección de la infección no puede ser adivinada de antemano.

Vareth-Martin hizo una pausa, sombrío su arrugado semblante.

—En las dos últimas semanas, miles de refugiados han huido de Londres a los distritos rurales, llevando consigo, tal vez, los gérmenes de la plaga. La industria está en paro y todos los gobiernos extranjeros han prohibido el comercio con nosotros por miedo a que los gérmenes lleguen a sus países. Inglaterra está aislada, enfrentándose con la extinción. Caballeros, en sus manos y en manos de las unidades voluntarias de médicos, se halla el destino del imperio.

Cuando el doctor Vareth-Martin terminó de hablar, el silencio se apoderó de todos los presentes.

El doctor Willis se puso de pie, fruncida la frente y pálido el rostro.

—Caballeros, apenas podemos hacer nada más. Todos hemos sido asignados a ciertas tareas. Sir Geoffrey, claro está, trabajará en él laboratorio. El doctor Stengel llevará a cabo sus investigaciones en su residencia. Yo proseguiré mi labor en la zona como… —tosió y se asió a la mesa para sostenerse— como he hecho estas últimas semanas. Ahora son… —miró su reloj— las seis en punto. Sugiero que suspendamos la sesión.

Todos asintieron. Steve, que había estado contemplando fijamente la piedra labrada que coronaba el ventanal, tocó un brazo de Willis.

—¿Podría ver su reloj? El mío se ha parado…

—Seguro.

Willis le enseñó su reloj de metal, bastante barato.

Steve ajustó las manecillas del suyo. Un momento más tarde, él y Mona se reunieron en la puerta con sir Geoffrey y el doctor Stengel.

—Acompañaré a Stengel a su casa —anunció Wicke—, lo cual significa que tendremos que atravesar la zona peligrosa, pero deseo echarle una ojeada. Steve conducirá. Mona, será mejor que te quedes aquí…

—¡No! —la joven sacudió la cabeza—. ¡Iré con vosotros!

—Bravo, señorita Wicke —aplaudió Stengel, con su voz, curiosamente falta de resuello—, haga que se avergüencen estos cobardes.

Indinándose ceremoniosamente, mantuvo abierta la puerta del salón.

La calle estaba envuelta en niebla. En la puerta del dispensario había una cola de figuras espectrales esperando ser admitidas. A través de la niebla podían oírse sus toses, profundas, desgarradoras, sus débiles voces. Mientras sir Geoffrey, Mona y Stengel penetraban en el coche. Steve se retrasó un instante, contemplando fijamente la piedra gris de la fachada del hospital.

—¿Vienes, Steve? —le gritó sir Geoffrey.

—¡Sí! —repuso Steve.

Con los dedos el joven arañó una juntura del cemento entre los dos bloques, recogiendo un poco de arenilla. Frunciendo el ceño, dio media vuelta y subió al asiento del conductor.

—Directamente hacia la zona —le indicó Stengel—. Hacia Beckenham.

Steve obedeció en silencio. Una idea, idea angustiante, increíble, empezaba a formarse en su cerebro. Se dispuso a mirar fijamente al frente, tratando de componer todas las piezas de aquel extraño rompecabezas.

Ahora las calles estaban más desiertas. Las ambulancias iban por todas partes, y había puestos de socorro de la Cruz Roja en las tiendas y las casas; pero más fantasmagórico que lo demás eran los camiones repletos de cadáveres, camino de los crematorios. Las señales de aviso los saludaron en el lindero de la zona, pero Steve aceleró el coche. Pronto las calles quedaron completamente vacías, como oscuros cañones envueltos por el manto de la tiniebla. Las manos de la muerte, pensó Steve. Miró a Mona y le acarició una mano. En el asiento trasero, el doctor Stengel hablaba con frases cortas.

—Nuevo, invisible… sí, el germen… —hizo una pausa para chupar su pipa apagada—. Transmitido por contacto nicht wahr.

—¿Gérmenes? —Steve meneó la cabeza—. Algo más grande, doctor, y más terrible. Una fuerza extraña, satánica…

—Ach! —rió Stengel—. ¡Siempre aparece lo desconocido! Y pronto no será nada. Habrá sueros, vacunas…

—Quizá. —Steve miró por el retrovisor el rostro afilado y enjuto de sir Geoffrey—. Pero en el hospital, fuera de esta zona, he observado ciertas señales de una descomposición…

Un ruido ahogó su voz. Como en sueños, oyó chillar a Mona. El coche siguió rodando alocadamente, en tanto la niebla cegaba la visión. Un chasquido sordo, el rumor de unos objetos que caen… Después, el olvido.

La primera señal de la recuperación de Steve Ingram fue la voz de Mona. Sacudiendo la cabeza, se incorporó sobre un codo y miró aturdidamente a su alrededor.

—¡Steve! —lo llamó Mona, arrodillada a su lado—. ¿Cómo estás?

—Bien… —murmuró él, tocándose el chichón de la sien. Luego, al ver el coche estropeado, medio enterrado en las ruinas, añadió—: ¿Qué ha sido?

Sir Geoffrey, despeinado y cubierto de polvo, frunció el ceño.

—La cornisa de aquella casa que cayó sobre el auto. Un milagro que no hayamos muerto. ¡Qué extraño! El edificio parece bastante sólido. Parece como si alguien hubiese tratado de… Pero esto es una tontería, claro.

Steve contempló la casa, asintiendo pensativamente.

—¿Dónde está el doctor Stengel? —preguntó luego.

—¿Stengel? —repitió sir Geoffrey—. También es extraño. Le extraje de entre las ruinas. Estaba arañado, contusionado. Lo primero que dijo fue: «¿Dónde está mi pipa?». Naturalmente, yo lo ignoraba. Entonces pareció volverse medio loco. Buscó por entre los cascotes durante cinco minutos, mientras te atendíamos, musitando algo respecto a la pipa. Y después, de repente, se incorporó y echó a correr. Quise detenerlo, pero desapareció entre la niebla. Temo que haya recibido un fuerte golpe en la cabeza. No me gusta que en su estado vaya vagabundeando por las calles.

—Sí, muy extraño —repitió Steve, apretando los dientes y poniéndose de pie.

En aquel momento, sir Geoffrey se agachó y recogió algo del suelo.

—¡La pipa de Stengel! —exclamó—. Tú estabas encima —le contempló un momento y luego se la metió en el bolsillo—. Se la entregaré cuando lo vea.

Steve asintió, aún un poco atontado, y se volvió hacia Mona. La joven se tambaleaba, asida al brazo de su padre.

—Lo siento —murmuró—. Me siento un poco débil…

El joven americano la miró, enarcando las cejas. ¡La ardiente sensación de sus ojos, de sus pulmones…! ¡Tenían que salir de la zona infectada! De repente, por detrás le llegó un rumor, como advertencia, y la casa tembló. Jadeando, Steve giró sobre si mismo. El macizo arco de un puente, a unos dos bloques de distancia, comenzaba a desmoronarse. Sir Geoffrey lanzó un juramento, con los ojos desmesuradamente abiertos. Grandes bloques de granito se desprendían del puente, levantando nubes de polvo. ¡Y de pronto, las vigas se retorcieron, y toda la estructura se vino abajo!

—¡Dios mío! —exclamó Steve, contemplando los remolinos de polvo y viendo como el polvo se mezclaba con la niebla—. ¡Londres se está desmoronando a nuestro alrededor! ¡Tenemos que huir de aquí! ¡Pronto, de prisa!

Él y sir Geoffrey, sosteniendo a Mona, echaron a correr. Para Steve, todo era una incomprensible pesadilla. El rumor de sus pies en medio de aquel silencio, las calles vacías, los ocasionales estruendos de las paredes al derrumbarse, el hedor a carne corrompida, y las cosas, con perfil lobuno, que huían ante su proximidad… Estaban corriendo desde una eternidad. La respiración de sir Geoffrey surgía a borbotones; Mona estaba casi inconsciente, y Steve mareado por el dolor que sentía en la cabeza y la ardiente sensación de sus pulmones, seguía avanzando impulsado sólo por la fuerza de su voluntad. De pronto, unas luces aparecieron entre la niebla, y oyeron el rumor de voces.

—Un puesto de la Cruz Roja —murmuró sir Geoffrey—. El borde de la zona…

Entonces, algo pareció disolverse en el cerebro del americano, y el mundo se convirtió en una sombra infinita…

II

Sir Geoffrey Wicke se apoyó sobre la mesa del laboratorio, sus sanguinolentos ojos llenos de desesperación. Había trabajado durante cinco días, durmiendo brevemente, tratando de aislar el germen de la muerte amarilla. Cinco días febriles, enloquecedores, trasladando su equipo de un lugar a otro, y retrocediendo ante la plaga mortal.

Fatigosamente, sir Geoffrey estudió el mapa del muro. Desde el día de su llegada a Londres, nuevas zonas se habían añadido a la primitiva, como enormes llagas, que se iban extendiendo por la superficie de la capital. Llagas… como las que martirizaban la epidermis de las victimas de la muerte amarilla.

Cerró los ojos, tratando de meditar. Pero los torturados rostros acosaron su cerebro. Semblantes, ciegos, agonizantes, carcomidos, con manchas rojas, con toses espasmódicas, sollozando salvajemente, con voces inhumanas implorando un auxilio que no llegaba… Y el derrumbamiento de los edificios… ¿Qué había detrás de tanto horror? Puentes, suburbanos, grandes residencias… todo cala en ruinas. El día del desastre final para Londres, tal vez para toda Inglaterra, para todo el mundo. Los muertos ascendían ya a casi tres millones.

Arrastrado por una macabra fascinación, se dirigió al ventanal, para atisbar la calle desde allí. Un verdadero infierno, esto era la ciudad. Incendios, como resultado de los cortocircuitos, que iluminaban el cielo con un terrible resplandor. Confusamente, percibió el ruido de las paredes al caer, los ayes de dolor de los pacientes que iban muriendo en el hospital. En el patio se elevaba, como una pira funeraria, un montón de cadáveres, rociados ya con petróleo, para su incineración. Un momento más tarde se incendió la hoguera, con el horrible hedor a carne quemada. Sir Geoffrey sacudió la cabeza, aterrado. ¡Era horrible, irreal! ¡Ver algo semejante en pleno Londres!

Sonaron unos pasos en el corredor y un individuo, con el uniforme de los voluntarios contra la Plaga, penetró en el laboratorio.

—Los informes de hoy, sir Geoffrey —fue hacia el mapa, con un lápiz rojo en la mano—. La zona primera se extiende al oeste. Las zonas segunda y tercera se juntan cerca de Tottenham. La nueva zona cuarta está extendiéndose por el Embankment. La muerte del primer lord del Almirantazgo, el ministro del Exterior, y muchos miembros del Parlamento. San Pablo y el Banco de Inglaterra empiezan a derrumbarse y los archivos del gobierno han sido trasladados a Manchester. Los incendios van en aumento y falta la comida. Ha habido conatos de violencia…

—Está bien, Henly —le interrumpid sir Geoffrey, despidiendo al individuo con la mano, e inclinándose para estudiar un tejido pulmonar colocado en la platina del potente microscopio. Tal vez usando un tinte azulado…

El rumor de pasos volvió a interrumpir al doctor. Impaciente, levantó la vista. Steve Ingram, pálido el rostro, estaba en el umbral.

—¡Steve! —gritó el viejo—. ¡Con esta conmoción, no tienes nada que hacer aquí! Desde aquel día que estuvimos en la zona, no te encuentras bien. Esto me ha dicho Mona. ¡Vete otra vez a la cama!

—¿La cama? —rió Steve, débilmente—. ¿Quedarme en el lecho por una simple conmoción cuando la gente muere a centenares por culpa de esta plaga? Quiero ejecutar mi parte en el combate —se volvió hacia el ventanal, contemplando asombrado el humo que emergía de la zona primera, la más asolada por la plaga—. ¿Qué digo? —gritó de pronto, animosamente—. ¡Usted sabe que no es ninguna plaga, ninguna enfermedad! ¡Es la destrucción! ¡La destrucción de la vida, de la vegetación, de la piedra y el acero! ¡Una fuerza desconocida y extraña, sir Geoffrey, está reduciendo a cenizas esta dudad, convirtiéndola en un estéril desierto! ¡Es la destrucción y la humanidad se siente impotente para impedirla! Si alguien penetrase en las zonas y estudiara las reacciones…

—Inútil —replicó sir Geoffrey—. De las tres últimas expediciones no ha regresado nadie. Es un suicidio penetrar en las zonas. Muchos científicos lo han intentado y lo han pagado con la vida.

—¿También Stengel?

—Nada sé de él desde el día del accidente —Wicke contempló la pipa holandesa colocada sobre la repisa de la chimenea—. ¡Pobre Stengel!

Steve cogió la pipa, examinándola con curiosidad. La cazoleta era muy honda, larga, y el orificio desusadamente ancho, tan grande como una mina de lápiz. Steve recordó la incesante succión de Stengel en aquella pipa, siempre apagada, y su curiosa manera de hablar, como falto de resuello. Contempló también el tabaco chamuscado en lo alto de la cazoleta, y hurgó en el mismo, pensativamente. De pronto se enderezó, con una llamarada de triunfo en sus ojos.

—Sir Geoffrey, ¿dónde vive Stengel?

—¿Eh? —el toxicólogo se tiró de las gulas de su bigote—. Pues en Kenyon Street… creo que en el 641, ¿por qué?

Steve se volvió hacia el mapa de la pared.

—¡Kenyon Street!, ¡justo lo que pensaba! ¡En el centro de la primera zona! Sir Geoffrey… —se echó a reír con amargura—, si alguien pregunta por mí, conteste que he ido a devolverle esta pipa a su dueño.

Y antes de que el doctor pudiera detenerlo, sus pasos se perdieron en dirección a la calle.

Había transcurrido una hora mando Steve Ingram logró llegar al borde de la zona infectada. Tenía el rostro pálido, pero decidido; los bolsillos de su chaqueta estaban muy abultados. Por un momento, miró a su alrededor, con los puestos de socorro de la Cruz Roja, las ambulancias, los camiones, y después se dirigió a Croydon, hundiéndose en el silencio de las desiertas y silenciosas calles de la zona.

Ante él se extendía la desolación. Hileras de casas, algunas aún intactas excepto una cornisa o una ventana rota, y otras simples montones de cascotes y chatarra. En los sitios donde se había hundido el metro, había inmensos hoyos, con cables eléctricos caídos, que chispeaban perversamente, como serpientes gigantes dispuestas al ataque.

Steve se había ya internado algunos bloques por la zona cuando experimentó una sensación apestosa en la boca y la nariz. Hizo alto, sacó dos paquetitos del bolsillo, uno, una pequeña cajita de cartón conteniendo un polvo blanco, y el otro, un rollo de gasa, humedecida. Se estaba aplicando el vendaje con el polvo, cuando oyó pasos a su espalda.

—¡Steve! —le gritó una voz familiar—. ¡No vayas! ¡Es un suicidio!

—¡Mona! —el joven giró en redondo, aterrado ante la palidez del semblante de la muchacha, y la idea de verla en aquel lugar—. ¿Cómo me has encontrado?

—Papá me lo dijo —colocó une mano en su braco—. Nadie puede vivir más de una hora en el centro de esta zona, Steve. ¡Retrocede, mientras estás a tiempo!

—No puedo —tenía una expresión de tenaz obstinación en su semblante—. Si puedo encontrar a Stengel, tal vez me entere de la causa de la muerte amarilla. ¡He de continuar!

—Entonces, iré contigo —anunció la joven, con valentía—. ¡O nadamos o nos hundimos juntos, Steve!

—De acuerdo —asintió él, admirando su coraje—. Y por favor, no pierdas esto, suceda lo que suceda.

Le ató una gasa, embadurnada de polvo, en torno a la cabeza, tapándole la nariz.

—Respira a través del vendaje y no abras la boca.

Mona asintió, viendo curiosamente cómo impregnaba otra venda con los polvos y se la aplicaba a la cabeza. Un momento después estaban yendo hacia el sur, hacia el corazón de la zona infectada.

El cerebro de Mona revivió la accidentada carrera del primer día por aquellas calles. Unas calles sombrías, con la luna velada por la niebla y el humo, con la desolación en tomo. Las horribles figuras tendidas en las aceras, entre las ruinas… amarillentas, en descomposición… negras… meros esqueletos casi.

Una vez, al pasar por delante de una tienda, divisó unas criaturas muy delgadas que se peleaban por unos miseros restos de comida. Unos seres vivos, inhumanos, rojos los ojos por entre el alborotado pelo, transformados sus rasgos por los estragos de la plaga en sus cuerpos. Chillando, pegando, se llevaban la comida a la boca, lo mismo que lobos hambrientos. Durante meses, Mona no logró apartar de su memoria aquella visión, aquellos chillidos, aquellas feroces carcajadas.

Transcurrió casi una hora, y Steve seguía inflexible adelante, examinando los nombres de las calles. A la joven empezaron a dolerle los ojos y a arderle la piel. Dos veces escaparon de la muerte, al derrumbarse unas casas junto a ellos, y en una ocasión estalló una gasolinera, volando los restos encendidos a gran distancia. Pero Steve continuó avanzando.

Mona se tambaleaba de cansando. De pronto, Steve la cogió por el brazo, obligándola a detenerse. Al frente se erguía una casa, a oscuras, pero curiosamente intacta entre los demás edificios casi demolidos por completo.

Deslizándose de una a otra sombra, Steve y Mona se aproximaron al edificio. Al instante, observaron algunos curiosos rasgos. Por una parte, el cemento de las junturas de los ladrillos brillaba como el cristal. Una capa protectora, decidió Steve. Además, las ventanas de la vieja casona estaban completamente atrancadas, selladas. Pero lo que llamó más poderosamente la atención del joven fue la peculiar acción del humo que planeaba sobre el tejado. Pasaban ráfagas, procedente de algún incendio cercano, y al pasar encima de casa se retorcía en una acción repentina. Las nubes de humo parecían como impulsadas por una fuerza poderosa; eran como tenues dragones, retorciéndose en la agonía contra el iluminado cielo. Mona lo contemplaba, intrigada, cuando habló Steve:

—¡Vamos, tenemos que entrar!

Ella lo siguió por la calle, viéndolo deambular breves momentos por entre las ruinas, hasta recoger una barra de hierro. Apalancándola bajo una de las ventanas, logró abrirla, haciendo saltar el marco.

—¡Ahora! —ayudó a Mona a pasar por la abertura—. ¡Silencio!

Un momento después se reunió con ella y cerró de nuevo la ventana, encajándola en lo posible.

El cuarto era pequeño, y solamente iluminado por el resplandor de los incendios del exterior. Aparentemente era un estudio. Steve encendió una cerilla y estudió el montón de papeles de la mesa.

—¡Mira! —exclamó, examinando el cortapapeles, cuya superficie no estaba empañada—. ¡Ahora puedes quitarte la venda! ¡El aire es puro aquí! ¡Y fíjate en estas cartas! Del cuartel general de la destapo en Berlín. Stengel vino a Inglaterra fingiendo buscar asilo político, y por el contrario…

Un chasquido le obligó a volverse hacia la puerta del despacho. El doctor Stengel estaba en el umbral, sonriendo beatíficamente.

III

—Herr Ingram —murmuró Stengel—. Y Fraulein Wicke… Guten abend. ¿A qué feliz casualidad…?

—Hemos venido… a devolverle su pipa. —Steve la sacó de uno de sus bolsillos—. Hace sólo unas horas descubrí por qué no la encendía usted nunca, y en cambio, la chupaba con tanta avidez. Muy ingenioso, doctor Stengel, colocar un filtro en la cazoleta y respirar a través del mismo por la boquilla. Usando el mismo sistema de protección, bicarbonato de sosa común, hemos podido cruzar la zona mortal, sin sufrir el menor percance. Me resultó extraña la manera como usted actuó el día en que perdió la pipa. Claro, temió quedarse en la zona sin el filtro protector. Y también era raro, doctor, que el mismo día que usted le estaba diciendo al Comité de Emergencia hasta qué punto era mortal la plaga, usted emplease la debida protección con este filtro.

—Bien —asintió Stengel—. Ustedes, los americanos, son listos. Lamento tener que destruir esta inteligencia y… —se inclinó ante Mona— su encantadora compañía. ¡Ernst! —llamó alzando la voz.

—¡Quieto! —la mano de Steve fue rápida al bolsillo, surgiendo provista de una pistola—. ¡Stengel, usted vendrá con nosotros! ¡Vaya hacia la ventana y levante las manos!

—Muy dramático —se burló el alemán, mirando por encima de sus gafas—. Pero temo que sea inútil, señor Ingram. Vea…

Un chillido de Mona ahogó el final de la fiase de Stengel. Steve dio media vuelta y captó a medias una enorme y siniestra sombra, oscura, amenazadora. En el mismo instante, el cañón de una pistola se abatió sobre su cráneo y el joven cayó el suelo. Oscuramente, Steve recordó haber sido trasladado por el gigante Ernst a lo largo de varios pasillos, a través de cuartos oscuros, con Mona y el doctor a su lado. Al final se detuvieron delante de una puerta de acero, que estaba abierta. El doctor hizo entrar a Mona y habló con Ernst en alemán. El hombrón asintió, empujó a Steve al interior del cuarto, y cerró la puerta.

—¡Steve! —susurró Mona—. ¿Estás bien?

—Sí, cariño —logró trabajosamente ponerse en pie—. Ha sido un golpe de refilón. Sólo me ha aturdido. Pero tenemos que salir de aquí, ir en busca de sir Geoffrey y contárselo todo. ¡Stengel conoce el secreto de la plaga! ¿No lo entiendes? Llegó a Londres hace seis meses, fingiendo ser un refugiado. Y ahora, con Inglaterra indefensa, Alemania puede exigir Canadá, Egipto, la india… lo que quiera. ¡Y lo conseguirá!

—¿Crees que el doctor Stengel es el responsable de tantos horrores? —se aterró Mona, con incredulidad. Añadió—: ¿Pero cómo?

—No lo sé. ¿Recuerdas que quise ver el reloj del doctor Willis el día que llegamos a Londres? ¿Y que examiné el cemento entre las piedras y los ladrillos? Observé que el níquel del reloj estaba empañado, y el cemento carcomido. No solamente este mortal invento de Stengel es como el tejido humano, sino el acero, el cemento, la arena… ¡como un ácido!

—¡Un ácido! —repitió Mona—. Esto explicaría el color amarillo de las victimas. ¡Pero no existe bastante ácido en todo el mundo para destruir a Londres! ¿De dónde podrían llegar tantas toneladas de material?

—Esto es lo que me ha estado intrigando varios días —confesó Steve—. Pero sea como sea, sólo Stengel conoce el secreto. ¡Tenemos que huir de aquí y hacer que la policía registre esta casa!

Cuadrando la mandíbula, empezó a examinar su prisión. La habitación era pequeña y casi vacía, aparentemente un almacén. Una ventana en un rincón se abría a un patio amurallado; como las demás ventanas de la casa estaba fuertemente atrancada y sellada, y fuera tenía rejas. Steve contempló la ventana con desesperación.

—No hay ninguna esperanza —musitó— a menos que… ¡Mira, Mona, estos barrotes! Deben de estar oxidados, carcomidas, como todo lo que es de hierro…

Sacó de nuevo las vendas y la cajita de bicarbonato del bolsillo, y confeccionó otras máscaras de protección.

Luego, con toda su fuerza, se aplicó a romper el cristal de la ventana.

Tal como pensaba, los barrotes estaban completamente carcomidos. Asió uno fuertemente y tiró de él. Una, dos, tres veces… De repente, la barra cedió, enviándole a él al suelo.

—De acuerdo, me ha gustado la calda —rió—. Y ahora huyamos.

Mona asintió, trepando por la abertura, y deslizándose luego hacia el suelo del patio. Un instante después. Steve estaba a su lado, recorriendo el patio con la vista.

—El muro es demasiado alto para poder escalarlo —mur-muró—. Y no hay ninguna puerta de salida. Probemos aquella puerta que conduce al garaje.

Silenciosamente, evitando los ocasionales trechos iluminados por la luna, anduvieron hacia el garaje. Steve probó la puerta, que estaba abierta, y penetraron dentro. Una sola bombilla les dio a entender que el lugar estaba vado, y las puertas dobles cerradas con un candado. Steve suspiró, desanimado. Toda salida parecía bloqueada. De pronto, sus ojos se fijaron en un pedazo cuadrado de madera, encajado en el piso del garaje. Unido a la madera había una anilla.

¡Una trampilla! Steve se agachó, tirando del anillo. Moviéndose con facilidad sobre sus goznes aceitados, la trampa se abrió. Unos peldaños de piedra, que relucían por la humedad, conducían hacia unas siniestras tinieblas.

—Todo es mejor que aguardar a que nos sorprendan —Steve empezó a descender por la escalera—. Sígueme, cariño.

Los peldaños terminaban a unos tres metros por debajo del garaje. Se encontraron delante de un túnel oscuro que parecía conducir a la casa. Cautelosamente, fueron avanzando por entre la oscuridad, con todos los músculos en tensión, para evitar las posibles trampas o pozos.

—Esto lo usaban para entrar las provisiones —susurró Mona—. Podían descargar un camión en el garaje, por la noche, y trasladar el equipo a los sótanos de la casa, sin ser observados.

—Exacto —asintió Steve—. Y… ¡cuidado! ¡Una luz al frente!

Silenciosamente, recorrieron todo el pasillo. El corazón le latía a Mona furiosamente y jadeaba al respirar. De pronto, el pasillo torció bruscamente a la derecha. Y Steve se paró en seco, la estatua de la inmovilidad.

Ante ellos se extendía una enorme estancia, brillantemente iluminada; por su vasta capacidad, Steve supuso que era un refugio antiaéreo abandonado, construido durante la guerra de 1941, o con anterioridad. La mitad de su espacio estaba ocupado por grandes sacos de papel, como los de cemento. Miles sobre miles, tal vez, amontonados hasta el techo. El resto del sótano contenía una serie de aparatos de cristal, con muchos tubos, y poderoso motor eléctrico. Atareado, vaciando el contenido de los sacos en una enorme esfera de cristal, vieron al gigante Ernest, con su rostro oscuro sonriendo sádicamente.

Steve permaneció en silencio unos instantes, estudiando la situación. El gigantesco alemán poseía una fuerza inaudita. Sin embargo, si lograba pillarlo de sorpresa, tal vez pudiera asestarle un golpe que lo pusiera fuera de combate.

Silenciosamente, avanzó hacia el gigante, mientras Mona, en la boca del túnel, retenía la respiración. Steve se hallaba sólo a medio metro de su rival… a pocos centímetros…

De repente, Ernest, avisado por algún instinto, giró sobre si mismo. Steve, en el mismo momento, se le abalanzó, con los brazos extendidos. El hombrón, perdiendo el equilibrio, cayó hacia atrás. Rápidamente, Steve estuvo encima de aquel cuerpo, asestándole una lluvia de puñetazos al rostro. Sin embargo, las penosas experiencias de los días pasados, habían agotado las fuerzas de Steve. El alemán, recobrándose de su sorpresa inicial, logró incorporarse, y alargó sus musculosos puños hacia la garganta del americano.

Mona, asistía, impotente, al combate. Steve, enrojecido el rostro, desorbitados los ojos, jadeaba… sintiendo oprimida su garganta, mientras Ernest, sonriente, apretaba inexorablemente, más fuerte cada vez… más fuerte…

De pronto, Steve se retorció en un esfuerzo final. Levantó las piernas, apoyado de espaldas en el suelo, y pateó con todas sus fuerzas aquel odioso cuerpo. Su rival, cogido de sorpresa, salió volando al otro lado de la habitación, donde se aplastó contra la pared. Se produjo un golpe sordo cuando su cráneo chocó contra el muro, y cayó inerte al suelo, como un muñeco.

—¡Steve! —gritó Mona, yendo hacia el joven—. ¿Estás…?

—Estoy bien. Un poco de suerte, nada más —Steve recogió un rollo de alambre y aseguró las muñecas y los tobillos del alemán—. ¡Ahora, inspeccionemos esta maquinaria!

El aparato le resultó muy extraño a Mona. Empezaba en un extremo del sótano, donde una gruesa tubería penetraba en la pared, como aspirador de aire. Una poderosa bomba eléctrica, aspiraba el aire del exterior, forzándolo hacia la reluciente esfera de cristal… la misma esfera en la que Ernest había estado vaciando el contenido de los sacos de papel.

Un polvillo gris giraba incesantemente dentro del globo. Del otro lado de la esfera surgía una segunda tubería que se dirigía a una chimenea, desapareciendo hacia arriba. En dicha tubería se vela una válvula que servia para regular la cantidad de humo liberado.

—Muy sencillo —murmuró Steve—. El aire aspirado arrastra el polvo gris dentro del globo de cristal, forzándolo a salir por la tubería de la chimenea. Y las ráfagas de este polvillo se esparcen por todo Londres… ¡Mona, este polvillo gris es la causa de la destrucción invisible de la dudad!

—Pero… —exclamó ella, contemplando como el polvo giraba vertiginosamente dentro de la esfera—. No entiendo…

—Ni yo tampoco —confesó el joven—. Hubiese jurado que era un ácido. Pero aquí no hay ácido de ninguna clase… —quedó un momento en silencio, y de pronto chasqueó los dedos—. ¡Dios mío! ¡No había pensado en esta posibilidad! ¡Una catálisis![3] ¡Hay bastante nitrógeno y oxigeno en el aire para fabricar cantidades ilimitadas de ácido nítrico! Se vicia el aire, así quema los pulmones, destruye el cemento y el acero… ¡y se destruye a Londres! Millones de muertos, casas derrumbadas… y todo por…

—¿Por este polvillo gris? —se admiró Mona—. ¿Es una cantidad relativamente tan pequeña?

—¡No tan pequeña! —replicó Steve—. La reacción se efectúa en la superficie de la partícula catalizadora. Presumiendo un gramo… cuatrocientos cincuenta y cinco centímetros cúbicos… de la substancia dividido en partículas de un radio de una millonésima de centímetro, la área total de la superficie de un gramo serla de unos trescientos metros cuadrados, aproximadamente. ¿Lo entiendes? ¡Quinientos metros cuadrados de superficie productora de ácido, sólo por un gramo! Y aquí hay toneladas de este polvillo, y seguramente otros centros distribuidores en la chitad. Y recuerda que cada decímetro cuadrado de la superficie de la partícula produce ácido indefinidamente, utilizando el aire como aprovisionador inagotable de oxígeno y nitrógeno. ¡Es… colosal!

—Muchas gracias, amigo mío —dijo una burlona voz a sus espaldas.

Steve y Mona dieron media vuelta. Al otro extremo de la habitación estaba Stengel, sonriendo con sarcasmo. En su mano brillaba una pistola.

—Bien, perfecto —rió—. Casi lamento lo que voy a hacer. Pero una vida más o menos no significa nada. ¡Gracias a mí, a mí, Conrad Stengel, la patria poseerá nuevos países, nueva gloria! Con esta nación de idiotas indefensos, nada impedirá nuestra dominación de Europa. «Ja»… tal vez también de América, si la plaga… —volvió a reír— si la plaga se extiende por otros países. ¡Y como sólo vosotros dos conocéis este secreto, estáis condenados a muerte!

Con un brillo fanático en sus pupilas, levantó lentamente la pistola.

Las mejillas de Mona se tornaron grises. Apoyada en la chimenea, sus ojos buscaron los de Steve. Éste tenía las manos a la espalda, como retorciendo algo. La habitación estaba en silencio, salvo el sordo murmullo de la bomba de succión. Stengel se hallaba ahora al lado de la gran esfera de cristal, vacía de polvo, tenso el rostro. Otro momento y…

—Un instante, doctor —la voz de Steve tenía una nota de curiosidad—. Antes de morir me gustaría satisfacer plenamente mi curiosidad. ¿Cómo se logra el proceso?

Stengel sonrió, en un alarde de vanidad.

—Muy sencillo, muchacho, ja, muy sencillo. La energía se obtiene de ciertos rayos de luz, en el extremo violeta del espectro que, inciden talmente, sólo activa el proceso de día. El oxigeno y el nitrógeno de la superficie de las partículas queda absorbido. Por lo tanto, tenemos una energía N2 + 2 O2 → 2 NO2, o peróxido de nitrógeno que, a su vez, se une con la humedad del aire… Oh, las nieblas de Londres son un excelente medio de propagación, y entonces tenemos… 3NO2 + H2O → 2HNO2 + NO. El NO (óxido nítrico) que libera, entra en contacto con el oxigeno del aire para formar HNO2, mientras continúa la reacción con el agua. En cuanto al catalizador, es un compuesto orgánico, de magnesio principalmente, con átomos metálicos muy pesados, de una cadena del carbono, que es…

Steve no le escuchaba ya. Sus ojos se hallaban fijos en el globo de cristal El motor pareció de repente cobrar nueva vida. Mona, muy pálida, escuchaba la vos de Stengel.

—Sencillo, ¿verdad? Por lo tanto, una vez satisfecha esta trágica curiosidad…

Volvió a levantar la pistola una vez más. La expresión de Stengel era fría, severa. Steve se inclinó hacia delante con ansiedad, su rostro bañado en sudor. Parecía estar aguardando algo. Los dedos del doctor se apretaron en torno al gatillo… De repente sonó un chasquido en la esfera de cristal. Stengel volvió la cabeza alarmado.

—¡Mona! —la voz de Steve contenía una nota de prevención. La joven sintió la presión de sus brazos al ser arrastrada al suelo.

En aquel momento, la explosión conmovió la habitación. El globo se rompió en mil fragmentos diminutos, que se diseminaron por el suelo del sótano. Stengel, que estaba junto a la esfera, cayó derribado al suelo, su rostro convertido en una horrible máscara sanguinolenta.

—¡Steve! —gritó Mona, abrazada al joven—. ¿Qué… qué ha sido?

—La presión, sólo la presión del aire —con sus dedos entumecidos estaba palpando el destrozado rostro del doctor—. Con las manos a la espalda cerré la válvula que regulaba el paso del aire por la chimenea. Como el motor seguía en marcha, y no había salida, el cristal de la «cámara de mezcla» tenía que reventar. Y ahora… —Steve se enderezó—, tenemos que examinar los documentos de Stengel y descubrir donde se hallan localizados los demás centros. Los hombres de Scotland, usando mascarillas protectoras podrán penetrar en los mismos, y destruir el flujo catalizador del aire. Luego, trabajando con aparatos antiácidos…

—Londres estará a salvo —finalizó Mona, brillándole los ojos de felicidad.

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